5 de diciembre de 2013 19:00 hs

Buller Brewing Company: un pub que hace y vende cerveza artesanal. Frente al Cementerio de la Recoleta, en Buenos Aires. Afuera hay mucho humo porque hay gente fumando. Adentro, contra una ventana, está Fernando Ruiz Díaz, líder de la banda Catupecu Machu desde hace 19 años, único integrante que se mantiene desde aquel lejano 1994.

A Ruiz Díaz le gusta la cerveza del lugar. Recorrer la ciudad en moto. La noche. Mirar el cementerio estático dentro de la noche. Y pensar que como ese es el destino de todos los hombres hay que disfrutar la vida.

“Estar sentado ahí y mirar el cementerio, y pensar: ahí terminamos, así que vamos a disfrutar”, cuenta Ruiz Díaz a El Observador, pero del otro lado del río, en el lobby de un hotel del centro de Montevideo.

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Aspecto: lentes negros, pelo cortado como un oficial alemán de la segunda guerra, musculosa y tatuajes a medida, anillos, cadenas, campera de jean, pantalones ajustados, botas negras militares.

El silogimso de su frase parece bastante simplón, pero suena sincero. Y esconde detrás a un rockero fuera de lo común. Que mira, que le emociona la arquitectura, que le interesa los estilos y es fanático del art decò y del art noveau. El eclecticismo. La superposición de estilos y épocas en el entramado urbano.

Y por lo tanto le interesa Montevideo, una ciudad donde además siente “un cariño muy especial de la gente”. Idolatra tanto Montevideo que hace unos días en un show que hizo Catupecu Machu en Mar del Plata junto a No Te Va Gustar, colgaron dos enormes telones a ambos lados del escenario con el Palacio Barolo de Buenos Aires y el Palacio Salvo de Montevideo, dos edificios gemelos, construídos por Mario Palanti, y usados como signo arquitectónico de una unidad cultural.

“Me interesa mucho la arquitectura, a veces leo más de arquitectura que de música. Lo aplico mucho. En casa estoy haciendo una reforma con ideas mías. Vivo en una casa art decó y me interesa. El art decó tiene esa cosa de la simetría, los ecos arquitectónicos, la repetición, las líneas perfectas. De chico flasheé mucho cuando llegué a Montevideo y vi el puerto y la aduana, que es todo art decó. ¿La razón de esto? Los gustos son misteriosas. Yo estudié ingeniería eléctrica, que no tiene nada que ver”, explica Ruiz Díaz, quien confiesa que le encanta la distribución que tiene la ciudad y cómo mira al río.

“Ustedes ven eso como algo normal, pero no es tan normal”, agrega.

El río, la ciudad y por supuesto, la música. Ruiz Díaz estuvo en Montevideo porque el viernes 13 de diciembre abre junto a la banda uruguaya Snake el Festival Farra, que se desarrollará sobre la Rambla Wilson a la altura de los terraplenes de pasto del club de golf.

¿Con qué se va a encontrar el público el próximo viernes?
“Con felicidad pura, que es lo que hacemos nosotros en el escenario. Acá y donde vayamos vamos a pasarla increíble. Estuvimos un par de veces presentando este disco El mezcal y la cobra acá en Montevideo, que es de 2011. Pero este es un lugar diferente a tocar, por ejemplo, en La Trastienda. Tenemos ganas de hacer la lista de canciones acá, en un recorrido musical por todos los discos en la historia de Catupecu. Puede ser que haya alguna sorpresa, porque somos muy amigos de muchas bandas uruguayas”.

En 2014, Catupecu Machu cumple 20 años de vida. Lo van a festejar con un libro, un disco, un documental y una extensa gira por Europa y las tres Américas.

Como Creedence, como los Carpenters, como Oasis, esta es una banda de hermanos. En 1994, Fernando Ruiz Díaz creó Catupecu a partir de una banda que tenía su hermano Gabriel.

Durante ocho años los Ruiz Díaz (Fernando en guitarra; Gabriel en bajo) fueron la pinza y la tuerca donde se anudaba la fuerza de un power trío (un triángulo que se cerraba en batería con Gabriel Herrlein) cargado de polenta, demasiada polenta.

En 2006, en un accidente de tránsito, Gabriel Ruiz Díaz perdió la movilidad de su cuerpo y debió abandonar la banda. A pesar del shock, a Fernando nunca se le pasó por la cabeza dejar de tocar ni trastocar su vida de rockero. Desde hace nueves meses es padre, pero tampoco esta nueva situación puede alterar su vida. “Mi hija es la inyección más grande de luz que ha tenido mi vida”, reconoce.

¿Te dan ganas de quedarte en tu casa cambiando pañales?
“La verdad que no. No, porque tengo que vivir. Esa es mi vida. Pasó el accidente de Gabi y CM siguió. Si él viera que llegamos a frenar la máquina nos mata. Él está contento con eso”.

En 20 años de carrera el paso del tiempo se superpone en el recuerdo del rockero. Ciudades, provincias, capitales, países. Giras y giras y más giras. “El accidente de Gabi”, que siempre vuelve al diálogo con su sombra oscura.

Con dos décadas y siete discos encima, Ruiz Díaz cree que Catupecu Machu sigue estando vigente. Y lo demuestra con una cifra: miles de fans que, por ejemplo, nunca vieron tocar a su hermano.

Tenés 44 años, ¿no sentís el paso de la edad?
“No. Siempre somos como un grupo nuevo, aunque tenemos 20 años. Creo que tiene que ver con el espíritu de la banda. Para nosotros esto es algo serio. No es fama, minas, falopa. Es serio. Probé todas las drogas de chico, por suerte antes de Catupecu, porque si no me hubiera muerto. Me iba bien con las chicas y esas cosas. Después vino la fama y si no estás un poquito centrado, te vas a la mierda. Terminás como Cobain”.

Fernando Ruiz Díaz. Para más señas, se lo encuentra en Recoleta, del otro lado del río, tomando una cerveza y oteando el cementerio. O el viernes que viene, de este lado, en el Festival Farra en la Rambla Wilson.

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