El centro de atención de millones de pares de ojos que contemplan pantallas de televisores y de computadoras a lo largo y ancho del globo está en las series de Estados Unidos. Tienen el control del marketing y de la llegada a través de diversos canales, de los elencos más taquilleros y de una forma de narrar a la que estamos inevitablemente unidos desde que nos iniciamos viendo cine infantil.
Nos guste o no, la matriz audiovisual “espontánea” que tenemos, por educación, es yanqui. Y es innegable que algunas de las mejores series de televisión que se han filmado hasta ahora provienen de EEUU.
Luego de esta etapa inicial viene la etapa formativa. Y la formación puede provenir de la intuición autodidacta, de la inquietud personal, de los consejos de padres o profesores, de las lecturas de libros y artículos. Ese es el momento de poder romper esa primera barrera inicial y abrir los ojos y la cabeza hacia otros mundos, hacia otros paisajes, hacia otras realidades y sensibilidades y hacia otros problemas.
Desde hace varios años ocurre que fuera de EEUU se está produciendo televisión en forma de serie de alta calidad, con Europa a la cabeza. Tanto es así que varios canales y productores estadounidenses compran estas buenas ideas y las adaptan a su gusto.
Si los países escandinavos pusieron varias joyas en acción, desde el drama político Borgen hasta el thriller El puente, Europa también demuestra que es capaz de producir buen policial, como en el caso de la serie belga Salamander. (Aquí es inevitable que las orillas del Atlántico se acerquen y las tradicionales de una y otra se superpongan, porque las influencias son mutuas).
Salamander, en 12 capítulos y hablada en flamenco (uno de los dos idiomas de Bélgica; el otro es el francés), cuenta la historia de un robo y las enormes consecuencias que este traerá para el resto del argumento.
En el primer capítulo, un grupo de ladrones hace un boquete en la bóveda secreta de un banco privado de Bruselas. Se hacen pasar por obreros y engañan a la Policía. Penetran en la bóveda y roban más de 60 cofres con dinero e información secreta de algunos de los clientes más selectos del banco. Huyen y no se sabe de su paradero.
Lo que se acciona a partir de ese momento es el frío análisis de la situación por parte de los responsables del banco, que lo que menos desean es una investigación que haga pública la delicada situación, ya que entre los clientes robados hay figuras políticas de primer nivel del país, empresarios, deportistas y demás personalidades.
El problema es que el dato se filtra a la Policía y llega a manos del protagonista de la historia, el detective Paul Gerardi, interpretado por el actor flamenco Filip Peeters. Cincuentón y pachorriento, casado y con una hija adolescente, Gerardi es un porfiado desconfiado que enseguida huele algo extraño en la ausencia de investigación a la que lo obligan sus superiores.
La historia comienza a oscurecerse definitivamente cuando Gerardi va hasta el banco e interroga a uno de los encargados que antes de declarar decide suicidarse. Con esa muerte a cuestas, Gerardi decide huir de sus perseguidores, poner a salvo a su familia acosada y al mismo tiempo llegar a conocer la verdad del robo.
La fórmula no es absolutamente original, pero la factura de la serie, ambientada en la capital de una Europa que se debate entre la crisis económica aparente y las inmensas fortunas escondidas tras gruesas bóvedas, es un estilete de cierta crítica social, mientras los policías viven en barrios de casas pequeñas y con autos comunes y corrientes.
Salamander, una serie a tener en cuenta.