2 de octubre de 2015 5:00 hs

La "bajada" del gobernador de Buenos Aires y candidato presidencial oficialista, Daniel Scioli, del promocionado debate presidencial fue objeto de críticas pero de pocas expresiones de sorpresa.

Por un lado, naturalmente, porque el propio Scioli había dejado trascender desde hacía tiempo el escaso entusiasmo que le provocaba el convite. Nadie lo había expresado tan claro como Karina Rabolini, la más autorizada de las voceras sciolistas, quien ante la consulta periodística había dejado en claro la situación real: "No sé si Daniel va a debatir".

Y no mentía la aspirante a primera dama: hasta hace algunas semanas, el debate era tema de análisis en el comité de campaña sciolista, donde se sopesaban los pro y los contra de someterse a una esgrima verbal frente a Mauricio Macri y Sergio Massa ante las cámaras de TV.

Más noticias
El debate está previsto para este domingo con los principales candidatos menos Scioli. Ya en los últimos días, las probabilidades de que quedara una silla vacía en la cita del 4 de octubre se veía venir. Con un lacónico "veremos" ante la pregunta de si cumpliría su promesa, Scioli daba a entender que ya tenía la decisión tomada.

Hay otro motivo por el cual no sorprende la actitud de Scioli: se inscribe dentro de una conducta que, a esta altura, ya puede considerarse una tradición política argentina.

En otras palabras, el que va primero no debate. No lo hizo Carlos Menem en 1989, ni Fernando De la Rúa en 1999, ni Cristina Fernández de Kirchner en sus dos campañas.

Según los parámetros de la cultura local, esa confrontación de ideas que en el resto de los países es una práctica corriente, y en algunos casos hasta obligatoria, aquí resulta casi imposible: solo favorece a los que van detrás del líder.

Cambio de clima

Si todavía quedaba una duda, y si el tema era aún objeto de análisis entre los asesores de Scioli era porque la ventaja que el candidato oficialista le llevaba a Macri no era todavía lo suficientemente grande para garantizar una victoria en primera vuelta.

Además, todavía acusando el golpe de la crisis política por el inoportuno viaje a Italia en plena inundación de la provincia de Buenos Aires, Scioli temía un "voto castigo" por parte de la clase media rural, un sector al que estaba obligado a seducir para sumar los puntos que le garantizarían su triunfo.

En consecuencia, el hecho de que, ahora, la decisión haya sido la de no debatir es bien sintomática: deja en claro que pasó el momento de los peores temores sciolistas. La negativa a discutir con los candidatos que están abajo es la confirmación de que Scioli se siente ganador. Y que, como le ocurrió a sus antecesores, hace una ponderación de costo y beneficio político en la cual saca la conclusión de que en la discusión tiene más para perder que para ganar.

No es casual que la "bajada" haya sido comunicada justo después de la difusión de encuestas que ratifican una ampliación en la ventaja respecto de Macri.

Cierta recuperación en la imagen de Scioli, en coincidencia con el golpe que sufrió el PRO por el "efecto Niembro", hacen que el contexto sea diferente hoy al del momento en que la invitación al debate fue planteada.

En los últimos días trascendieron más de media docena de sondeos con la mira puesta en la primera vuelta.

Con márgenes muy finos, y siempre amparadas en el margen de error que aporta incertidumbre al desenlace del 25 de octubre, el grueso de las consultoras coincide en que Scioli no llegará a los 45 puntos. Sin embargo, todos lo siguen posicionando primero y con una diferencia holgada sobre el segundo, lo cual lo pone al borde de la victoria en primera vuelta.

El componente que se suma y renueva la confianza en el sciolismo es que la intención de votos da señales de "despolarización".

Mauricio Macri, en cambio, lejos de un crecimiento en las encuestas, acusa un estancamiento. Algunos analistas van más allá y afirman que el "Niembro gate" le significó una caída de entre el 2% y 4%.

Pero no sólo los números de las encuestas cambiaron. El escenario del sciolismo difiere mucho del que se vivía hace poco menos de un mes en el que una serie de embates sumaba preocupaciones.

Lejos parece haber quedado la furia que desató en la clase política la denuncia contra Aníbal Fernández por supuestos vínculos con la mafia de la efedrina y la indignación social por lasinundaciones en la Provincia, que dejaron un saldo de diez mil evacuados y cinco personas fallecidas.

Incluso, Scioli parece no haber acusado recibo por el viaje "fuera de timing" a Italia en el peor momento de la catástrofe.

Tampoco el escándalo de las elecciones de Tucumán en el que se vio envuelto el kirchnerismo hizo mella sobre la imagen del motonauta.

¿Una decisión "gratuita"?

Ahora, lo que se debate es si Scioli quedará expuesto a algún costo político por su negativa a debatir. Y, en principio, los analistas creen que no sufrirá daños de importancia.

"Scioli da por perdida a la clase media, que es la que en general mira los debates", argumenta Diego Dillenberger, experto en comunicación política.

Lo cierto es que para los politólogos, Scioli sigue siendo un caso extraño, cuya capacidad de ser "incombustible" en situaciones de crisis lo ha convertido en objeto de revisión de los manuales.

"Él está en el proceso de idealización colectiva donde no hay objetividad. Se trata de una especie de enamoramiento", indica el analista Jorge Giacobbe, quien tiene la teoría de que al gobernador "no le entran las balas".

EO Clips

Te Puede Interesar

Más noticias de Argentina

Más noticias de España

Más noticias de Estados Unidos