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Se equivocaron nuevamente las encuestas electorales en EE.UU.: lecciones para las proyecciones electorales en Uruguay.

Adrián Fernández explica por qué este hecho puede repercutir en nuestro país y cómo debemos afrontarlo 

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08 de diciembre de 2020 a las 05:04

Por Adrián Fernández *

Las encuestas electorales en EE.UU. se han convertido en la punching ball preferida a la hora de las evaluaciones post-electorales. Frente al fracaso de los pronósticos en la elección que pierde Hillary Clinton en 2016, a primera vista las encuestadoras se habían redimido este año 2020, pero un examen más detallado arroja importantes errores. Al igual que en 2016, el mayor problema no estuvo en la proyección del voto nacional, sino en las estimaciones del voto presidencial en los estados claves, los swing states. En ello probablemente han jugado un papel importante los llamados “errores no muestrales”, particularmente la no respuesta a las encuestas.

El caso tiene interés para Uruguay, ya que varios de los fenómenos que se están observando en EE.UU. ya ocurren en otras partes del mundo y también en nuestro país.

El voto popular

En los resultados finales de la elección presidencial, la proporción fue de 52,3% para Biden y 47,7% para Trump. Las particularidades del sistema estadounidense han llevado a que la victoria de Biden resulte mucho más contundente: en el Colegio Electoral, Biden obtiene 306 electores y Trump 232. El sistema de asignación de votos es tal que, en la casi totalidad de estados, se le asignan todos sus electores al candidato ganador.

Ello tiene una muy importante consecuencia, y es que focaliza los esfuerzos y la atención en un puñado de estados, donde las intenciones de voto son parejas, y el resultado del estado puede cambiar respecto de la elección pasada. Estos son los llamados swing states. Los cinco estados que “cambiaron de manos” (pasaron de republicanos a demócratas, respecto de 2016) acumularon una diferencia a favor de Biden de 280 mil votos. Es decir, si bien Biden gana con 4,6% de ventaja en el voto total nacional, hubiera bastado con que Trump mejorara en estados claves en un 0,2% del total para ser elegido presidente. Las encuestadoras no estuvieron ni cerca de alertar sobre esta situación. Se pronosticaron ventajas para Biden entre 3 y 10 puntos porcentuales, en tres de los cinco estados cambiantes, y en la realidad ganó por un punto o menos.

¿Por qué el mal desempeño de las encuestas? Más allá de las dificultades de pronosticar el ganador cuando en la realidad las intenciones de voto son muy parejas, lo que refiere en general a los márgenes de error muestrales (y que son los informados en las Fichas Técnicas de las encuestas) el problema principal se presenta en los errores “no muestrales”, como los sesgos en la no respuesta.

De tímidos y desconfiados

Un estudio del Pew Research Center informaba en 2019 que la tasa de respuesta en sus encuestas telefónicas se ubicaba en 6%, al igual que con otras empresas de encuestas de EE.UU. Evidencia anecdótica para Uruguay permite pensar que en las elecciones de 2019 se observaron tasas de respuestas comparables a las estadounidenses.

Si bien el estudio del Pew concluye que no hay una relación clara entre no respuesta y precisión en las estimaciones, otra evidencia muestra que los problemas de las encuestas en 2016 y, probablemente en 2020, se explicarían por estos “sesgos”, presumiblemente por menor respuesta de los partidarios de Trump en las encuestas.

¿En qué consiste el sesgo? En que los partidarios de uno de los candidatos tienden a no responder a las encuestas en mayor proporción que los partidarios del otro candidato. En ese sentido, mucho se ha escrito sobre la existencia de los votantes “tímidos” de Trump (lo que en estas latitudes llamamos “vergonzantes”), aquellos que no revelan su preferencia frente al encuestador. También se ha planteado la desconfianza en las instituciones públicas, en la prensa, en las grandes cadenas de televisión, etc., como un elemento de resistencia a contestar las encuestas. Estos votantes “desconfiados”, antes presentes en ambos partidos, hoy se concentran en el republicano.

En cualquier caso, estos sesgos de no respuesta no resultan de fácil solución, y las encuestadoras hacen poco para enfrentarlos.

Lecciones aprendidas

Los errores y las debilidades identificados en EE.UU. pueden contribuir a extraer lecciones valiosas para mejorar las prácticas y el uso de las encuestas en Uruguay. Pero lo más importante, como se plantea en un interesante artículo de Nate Silver, el creador de Five Thirty Eight es que los distintos actores deben tomar un baño de realismo.

Como primera lección, las encuestadoras tienen que mejorar la información a sus usuarios. Ya no alcanza con las “fichas técnicas” que informan sólo sobre una parte de los procedimientos, los ligados directamente a los errores muestrales. Hoy en día es necesario conocer con más detalle otros aspectos del trabajo realizado, especialmente los relacionados a la no respuesta y a los intentos de corrección.

También hay una lista de deberes para los consumidores: es necesario compatibilizar las expectativas con las prestaciones que razonablemente las encuestas pueden proporcionar. Y en ese sentido, la mala noticia es que las perspectivas no son de mejora, por lo menos en EE.UU. Desde el punto de vista tecnológico, no se visualizan nuevos procedimientos que ayuden a aumentar las tasas de respuesta. Mucha esperanza se ha puesto en la utilización de las redes sociales, pero todavía no han jugado un papel relevante como instrumentos de encuesta. Por otro lado, continuará la desconfianza y la posibilidad de sesgos, sin importar el método de recolección de la información.

Como segundo punto, los usuarios también tienen responsabilidad en construir confianza alrededor de las encuestas. Es necesario evaluarlas por sus méritos en términos de procedimientos. Y cerrar filas cuando se intente, desde cualquier sector, armar campañas para su descrédito, lo que sólo conduce a la pérdida de confianza en ellas como instrumento.

Más allá de los cambios y mejoras que es razonable exigir, las encuestas electorales son en esencia mecanismos imperfectos para medir las preferencias de los votantes, pero no disponemos de otros mejores. Tengamos cuidado de no tirar al bebé junto con el agua sucia.

 

*  Adrián Fernández | Economista | Profesor en la Facultad de Ciencias Económicas (UdelaR) | Investigador del CINVE | Hasta el 31 de octubre pasado, Director en el Banco Mundial nominado por el Gobierno de Uruguay y otros cinco países sudamericanos

Las opiniones vertidas en este artículo reflejan exclusivamente la opinión del autor, sin comprometer a las instituciones mencionadas.

** Entrada escrita para el Blog SUMA de CINVE www.suma.org.uy

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