15 de marzo de 2019 14:30 hs

Simon Kuper

Arthur Finkelstein, un coordinador de campañas políticas estadounidense derechista que falleció en 2017, casi nunca hablaba en público. El hijo homosexual de un taxista de Brooklyn era tan reservado que hacía las reservaciones en los hoteles bajo nombres ficticios.

Prácticamente el único rastro audible que dejó es un discurso pronunciado en 2011 en el oscuro Instituto Cevro de Praga. Vale la pena escucharlo en YouTube porque, en él, Finkelstein predice el futuro político.

La crisis económica, comentó él con un marcado acento de Brooklyn, "parece, al menos por lo que he observado en mis viajes, ser mucho peor de lo que a la mayoría de nosotros nos parece. Existe una verdadera rabia". En todas partes, los objetivos del odio eran las minorías étnicas. En EEUU, él señaló, "la rabia está dirigida hacia los mexicanos. No hacia todos los hispanos; sólo los mexicanos".

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En esa época, dijo, era posible que repentinamente emergieran "políticos de la nada". Dado el desorden económico, predijo Finkelstein, "estamos buscando que los empresarios se conviertan en líderes". ¿Quién en particular? "No sé si alguien aquí está observando a Donald Trump en EEUU, pero es inaudito. Se trata simplemente de pura personalidad". Trump estaba entonces en plena búsqueda del certificado de nacimiento de Barack Obama.

Finkelstein ayudó a crear el populismo. Él asesoró a Nixon, Reagan, Netanyahu y Orbán. Varios de los asesores de campaña de Trump en 2016, en particular Roger Stone, habían estado bajo el tutelaje de Finkelstein.

Hemos pasado años obsesionados con los líderes populistas que vemos en el escenario. El nuevo libro en francés de Giuliano Da Empoli, "Les ingénieurs du chaos" (Los ingenieros del caos), más bien cambia el enfoque hacia lo que sucede detrás del escenario, hacia personas como Finkelstein y otros estrategas populistas. Son ellos quienes (con la ayuda de Rusia) han convertido los genuinos clamores populares en victorias electorales. Su próximo objetivo: las elecciones europeas de mayo. Entonces, ¿cuáles son sus técnicas?

Davide Casaleggio, uno de los cerebros detrás del innovador Movimiento Cinco Estrellas de Italia, dijo una vez que los viejos partidos políticos eran como Blockbuster y que los nuevos eran como Netflix. La mayoría de los partidos tradicionales, al menos hasta 2016, utilizaban técnicas del siglo XX. Hablaban en un lenguaje acartonado y evasivo. Ellos competían por el centro político; escogían líderes que habían pasado décadas ascendiendo a través de la maquinaria partidista; y abandonaron la visión: Da Empoli ha dicho que los progresistas pasaron, en una generación, de "convertir tus sueños en realidad" a "convertir la realidad en tu sueño".

En cambio, las influencias del populismo son del siglo XXI. Trump vino de un programa de telerrealidad. Su "mérito histórico", ha comentado Da Empoli, consistía en comprender que las campañas electorales eran programas de telerrealidad "extremadamente mediocres", "producidos por novatos y llenos de tristes personalidades sin vidas y actores de segundo nivel, como el Clinton equivocado y el Bush equivocado".

Otra influencia populista fue la cultura de los videojuegos. Steve Bannon (quien ha sido más eficaz detrás del escenario que al frente) invirtió brevemente en los videojuegos en 2005. Él perdió dinero, pero descubrió un vasto mundo subterráneo de jóvenes que practicaban una agresión anónima en línea.

Cuando aparecieron los medios sociales, las empresas "startup" populistas rápidamente aprendieron sus técnicas. Al igual que los programas de telerrealidad y los videojuegos, los medios sociales recompensan la participación. Si un meme se vuelve viral — "¡Construye el muro!" —, los populistas lo refinan y lo utilizan ampliamente. Si no se vuelve viral, lo eliminan. Los líderes populistas y sus seguidores en los medios sociales se ‘nutren’ mutuamente en un eterno ciclo.

Es así como los partidos populistas satisfacen la demanda política mientras acumulan datos sobre los votantes. Eso les permite dirigirse a microgrupos con mensajes que nadie más ve. Las campañas electorales se convierten en "guerras entre software", ha escrito Da Empoli. Los partidarios llegan a sentirse participantes en lugar de espectadores.

Los populistas separan la campaña de la gobernanza. Sus líderes son seleccionados no por sus habilidades para gobernar, sino estrictamente por su capacidad para impulsar la participación. Es por eso que muchos de ellos — Beppe Grillo, Boris Johnson, Donald Trump — provienen de las industrias del entretenimiento. Una ruta rápida para impulsar la participación es despertar la rabia. En las palabras  Finkelstein, "El tipo que dice: 'Tengo un plan de siete puntos para arreglar el sistema de pensiones' perderá frente al tipo que dice, ‘¡Sácalos! Deshazte de esa gente'".

Para Finkelstein, más importante que elegir el candidato propio era seleccionar el enemigo adecuado. El enemigo ideal es una persona o grupo que puede ser presentado como la encarnación de una variedad de males. El guión populista dice: no importa cuán plácido y seguro pueda parecer tu país, este enemigo intenta destruir tu forma de vida o incluso matarte.

En 2004, Finkelstein bromeó diciendo: "En términos de los republicanos, Hillary Clinton es una maravillosa candidata a la presidencia". Trabajando para Orbán en 2013, él eligió a George Soros como el enemigo. (Hubo evidentes ecos de Emmanuel Goldstein, el enemigo del partido en el libro "1984" de George Orwell). Finkelstein, aunque era judío, usaba tropos antisemitas en contra de Soros. Él no era racista; simplemente le gustaba ganar.

Los populistas atraen a algunos extremistas. El candidato populista nunca los repudia porque son sus partidarios más acérrimos y lo hacen parecer moderado en comparación. Es por eso que Trump necesitaba a los neonazis de Charlottesville, de la misma manera que Netanyahu necesita al partido Poder Judío.

Ahora los partidos tradicionales están aprendiendo técnicas populistas. Los demócratas estadounidenses han encontrado a su enemigo ideal en Trump, y probablemente evitarán elegir a un enemigo ideal como su candidato para las elecciones de 2020. Por doquier, desde la Marcha de las Mujeres de enero de 2017, los votantes convencionales han pasado de ser espectadores a ser participantes. Y algunos nuevos políticos, en particular Alexandria Ocasio-Cortez, pueden competir con Trump cuando se trata de inspirar la participación. Hasta cierto punto, actualmente todos somos populistas.

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