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Sergio Blanco: "Hubo un antes y un después para la cultura con la llegada de la izquierda"

El dramaturgo uruguayo estrena "Cuando pases sobre mi tumba" el 22 de agosto en el Teatro Solís

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05 de agosto de 2019 a las 05:00

Alarma mental. En algún rincón parisino son las 4 de la mañana y, como hace dos meses, un hombre comienza a diluir sangre en polvo de jabalí y toro. Sangre que fue vida, luego tinta y ahora texto. Es 2016 y el dramaturgo Sergio Blanco termina de escribir un espectáculo que estrenará más de dos años después en Uruguay.

El círculo se cierra. La sangre que fue vida, luego tinta y después texto vuelve a la vida, vida que da origen a un debate sobre la muerte.

Así de compleja y sensible es la vara que atraviesa toda la obra de Blanco, que sumará a la fila de sus experimentos escénicos Cuando pases sobre mi tumba, la obra que estrenará el 22 de agosto en el marco del Festival Internacional de Artes Escénicas (Fidae).

Con un elenco encabezado por Alfonso Tort, Gustavo Saffores y Enzo Vogrincic, el uruguayo se para una vez más en la autoficción y narra sus últimos días de vida.Tras organizar su suicidio asistido en una clínica de Ginebra, el autor decide que su cadáver sea entregado a un necrófilo que está internado en un hospital psiquiátrico de Londres. Entre diálogos que van de una vida que no quiere ser vivida a debates sobre un cuerpo cuyo único valor restante es –en apariencia– material, Blanco construye una historia que transita por un tema tan pesado como la muerte, con total liviandad.

“El ojo construye cuando está mirando y crea junto con los actores”, dice el hombre que vive en Francia pero proyecta sus obras a un lado y otro del mapa, invitando al espectador a ser parte de la creación. Actualmente tiene 27 espectáculos en marcha que se interpretan en escenarios del mundo tan diversos como Tokio, Londres y Caracas.

Sergio Blanco (47) es uno de los dramaturgos uruguayos más valorados en la escena local y mundial. Su nombre es evocador de éxitos como Tebas Land, La ira de Narciso, El bramido de Düsseldorf, Ostia y Kassandra. Y cada uno de sus estrenos anticipa un viaje de ida a un producto de calidad.

En su paso por Uruguay –donde se quedará hasta que se estrene Cuando pases sobre mi tumba en el Teatro Solís– Blanco habló con El Observador de su obra, de política y de la muerte. También arremetió contra el cine y afirmó que estamos en tiempos donde el teatro toma el protagonismo, porque es el "siglo de la mirada".

Cuando pases sobre mi tumba, ¿tenía que ser escrito con sangre?

El arte aborda siempre los dos mismos temas: el amor y la muerte. Pero acá quería abordar la muerte desde dos lugares muy particulares, que son el suicidio asistido o la eutanasia y la necrofilia. Entonces, sentí que quería hacerlo de manera orgánica y apuntar así a una escritura que estuviera más ligada al cuerpo, que fuera más experimental. Me gusta y me impongo que cada texto tenga un sistema de escritura distinta. Al principio quise hacerlo con mi propia sangre, pero después era muy complicado de llevar adelante. La escritura fue muy costosa y me llevó dos meses. Suponía escribir a mano y con pluma, por lo que tuve que aprender algunos mecanismos de caligrafía. Fue muy cansador para la mano, los ojos, el cuerpo. Tenía que preparar la sangre todas las mañanas. Empezaba a las 4 porque –por cuestiones de presiones atmosféricas– la sangre, con el día y con la densidad de la luz ambiente, se seca más rápido. Tuve que cubrir mi biblioteca de París con nailon, me sentía más artista plástico que dramaturgo o escritor. Fue cansador, mi cuerpo estaba involucrado de forma distinta.

¿Cómo es zambullirse en un tema tan complejo a partir de la autoficción? ¿Qué tanto hay de usted ahí?

La autoficción juega con el cruce entre relatos verídicos y ficticios. Se trata de mezclarlos, fundirlos uno en el otro. Se termina en algo que no se sabe si es verdad o mentira. Toca la espina dorsal de lo que es el arte. En esa obra hay mucho de mí y mucho de invención. De hecho cuento sobre mi muerte estando vivo.

Desde ese lugar sus obras generan cierto morbo, porque el público se pregunta “¿eso le habrá pasado a Sergio?”

Es lo interesante. Divide esas aguas y produce lo que yo llamo “erotismo de la percepción”, donde hay una especie de striptease en la que al espectador se le van mostrando cosas. ¿Qué es verdad y qué mentira? Se pone al público en un lugar de duda permanente. La autoficción mantiene ese pacto de mentira, que implica zonas turbias donde me desvisto, pero me visto, me muestro, pero no muestro. Por día debo tener cinco o seis correos de personas que me preguntan por esos temas.

En La ira de Narciso, por ejemplo, planteó un juego en el que por momentos no se sabía si lo que se veía en escena le pasaba a Gabriel Calderón, a Sergio  Blanco o a uno mismo. ¿La autoficción busca rascar al fondo de esa esencia humana de modo tal que el personaje pueda ser cualquiera?

Esa es la base. Se trata de hablar de uno, pero buscando hablar de los demás. Siempre digo que hay que llegar al caracú de lo que es mi hueso, pero a la búsqueda del caracú de la condición humana. Como dijo Walt Whitman en medio del siglo XIX, “Todo lo que diga de mí, también lo digo de ti, porque cada uno de mis átomos es tan mío como tuyo”. Contraria a las críticas que la relacionan con el egocentrismo, la autoficción busca hablar de temas que nos tocan a todos. Yo siempre les insisto a mis alumnos que hay que hablar de uno en donde están los ecos de los demás. 

Lo más político que se ha dado en los últimos años es el movimiento feminista –con el que adhiero mucho–.

¿Qué posibilidades le ha dado introducirse en la autoficción? Como dramaturgo, pero también en lo personal –que puede funcionar como una suerte de terapia–.

Tiene algo de analítico, una catarsis que uno hace porque trabaja con uno mismo. Más allá de que el espacio terapéutico lo tengo bien habitado hace muchos años. Quizá me ayuda a asumir y reconocer que uno es muchos unos. Se da una multiplicación de hogares. Somos unos y opuestos a la misma vez, como Mr. Hyde y Dr. Jekyll. Y aparece también esa noción de que el yo es algo infinito. La identidad no existe en el fondo y creo que es peligrosa. Políticamente las identidades siempre han sido peligrosas: las bases del fascismo, del nazismo, del estalinismo.

Yo siempre digo que cuando se cierra un cine y se abre un parking es bueno, y no porque esté a favor de los parkings.

¿La ideología atraviesa su creación?

Mucho. Quizá la más fuerte es que mi cuerpo es mi material de trabajo. Justamente, esta obra toca ese tema. Es política en el sentido más metafísico, social y profundo. Lo más político que se ha dado en los últimos años es el movimiento feminista –con el que adhiero mucho–. Esa cuestión de “nos tocan a una, nos tocan a todas” es política pura. Todo es posible con el cuerpo de uno. Por eso yo defiendo esta cuestión de la eutanasia o del suicidio asistido. Como también defiendo un montón de cosas sobre las que, a veces, los discursos religiosos o políticos reaccionarios buscan ejercer control.  Y creo que cada cuerpo tiene que decidirse a sí mismo.

¿Cómo fue trabajar en esta obra temas tan complejos y cómo lo abordó con el elenco?

Tomamos los temas de forma muy liviana y con humor. A los actores les digo en cada ensayo, “alivianemos, que no se vuelva algo denso, saquemos la gravedad, dejemos que estos temas se eleven y ver qué belleza puede haber en ellos”. Por ahí va lo de las flores del mal de las que hablaba (Charles) Baudelaire, porque en el horror puede haber belleza. Soy una persona cómica y divertida, pero en el trabajo soy muy estricto, exijo mucho. No suelo establecer vínculos de simpatía con los actores. Sin embargo, en este proceso busqué sectores de humor. Son tres actores muy cómicos, en particular Tort –que tiene algo casi como un niño–. Utilicé estrategias para distender el lugar de ensayo. Cuando veo que todo se está yendo para un lugar duro o peligroso, trato de elevarlo. Es un equipo numeroso (20) y la muerte quiere decir cosas distintas para todos. Hay personas que nunca vivieron un duelo y otras dos que hace unos meses estaban en un cementerio enterrando seres muy próximos. Entonces, tengo que trabajar con todas esas sensibilidades.

¿Cómo ve el éxito de las artes escénicas dentro de Uruguay y en su proyección hacia el exterior?

Estamos en un momento de muy buen teatro. Están apareciendo muchas escuelas, muchos dramaturgos, están apareciendo productores profesionalizados –a raíz de institutos como el Claeh–. Y la proyección internacional se da principalmente por dos factores.  Hay voluntad política, desde hace algunos años se dijo: “Basta. No solamente podemos exportar carne y fútbol. Tenemos músicos, pintores, bailarines, actores, dramaturgos, científicos, arquitectos”. Por otro lado, tiene que ver con la creación del Instituto Nacional de Artes Escénicas (INAE), que dentro de sus mandatos tiene la internacionalización de las artes escénicas nacionales. Porque no es fácil salir, se necesita el apoyo de un Estado. Y en este momento tenemos el honor de tener un excelente director, que es José Miguel Onaindia.

"Nadie daba un peso al teatro"
¿Siempre se sintió apoyado en Uruguay?
Viví años donde no había ningún apoyo al teatro, eran unos pocos los beneficiados. Hubo un antes y un después para la cultura con la llegada de la izquierda. La cultura dejó de ser el patrimonio para una elite y empezaron a generarse políticas serias de llevarla a todos y en todas sus formas. La creación de fondos concursables, de becas, del INAE y podría seguir la lista. Yo conocí una época muy distinta. ¿Empezar a hacer teatro en los años 90? Nadie daba un peso. Sabemos que los políticos tienen una capacidad para destruir muy grande, pero lanzo el desafío a quién venga de que respete las instituciones que se crearon.
Artistas y creadores de Argentina y Brasil denuncian constantemente el accionar de sus gobiernos. ¿Conoce la situación de cerca?
En Argentina llegaron al gobierno una casta de ineptos y brutos que solamente piensan en la ley del mercado y en que el mundo se maneja por cifras. Y el mundo del arte es el de descifrar. Es terrible en Brasil también. Hay que tomar esos ejemplos como zonas de advertencia de los peligrosos que pueden ser algunos gobiernos.  En Europa hay una tradición de que las instituciones son intocables. Pero eso no quita que en esta especie de moda neoliberal, estos gobiernos que afloran ahora no tengan escrúpulos en echar a tierra teatros, leyes, museos.

Siempre se mostró crítico sobre el cine. ¿Sostiene su postura?

El cine está muriendo, su consumo ha caído un 67% en los últimos cuatro años. Por eso se cierran. Yo siempre digo que cuando se cierra un cine y se abre un parking es bueno, y no porque esté a favor de los parkings. La época del cine ya pasó, que fue en el siglo XX, el de la imagen. Ahora estamos en el siglo de la mirada.

Hubo un antes y un después para la cultura con la llegada de la izquierda. Yo conocí una época muy distinta. ¿Empezar a hacer teatro en los años 90? Nadie daba un peso. 

Y en este siglo de la mirada ¿qué brinda el teatro?

Estamos en un pacto ficcional de mentira, pero sin intermediación tecnológica, con los cuerpos aquí y ahora. Es lo que la gente está necesitando, para salir de los mundos virtuales o de estar encerrada mirando miniseries. El teatro tiene la capacidad de estar compartiendo un momento mientras se produce, es una poesía en directo delante de uno. El teatro propone lo que no puede ningún otro arte, que es lo vivencial. Aquí y ahora produzco una mentira. Eso es lo que permite su supervivencia y su éxito. Nunca se fue a ver teatro tanto como en este momento, está siendo su ciclo.

No obstante, no se puede desconocer que con todos los mecanismos que estamos recibiendo constantemente, se va formateando el ojo y tenemos que estar atentos. Hay que tomar la temperatura del ojo. Yo no puedo desconocer que los espectadores que van hoy a ver mis espectáculos –los que tienen entre 18 y 30 años– están más de 5 o 6 horas en Instagram al día. Es una realidad que tiene que ver con la forma de percibir el mundo y los discursos. Entonces, a la hora de producir un espectáculo –que es el arte de lo auditivo y lo visual–, tengo que trabajar con esas miradas.

De todas formas, ¿el teatro no sigue siendo el entretenimiento preferido de unos pocos?

Ese es otro tema. Siempre nos estamos quejando de que no hay público. Pero siempre vino poca gente al teatro y pasa eso porque no es un arte de multitudes. Tiene que ver con algo de un espacio más reducido. Tienen que tener escala humana, próxima. Antoine Vitez decía que el teatro tiene que ser elitista, pero para todos. Creo que hay que dar a todos la posibilidad de ir al teatro, pero está bien que seamos poquitos, no es para llenar estadios. También hay que romper los mitos. A mucha gente no le gusta el teatro porque nunca fue. Si no empujaste la puerta de un teatro antes de los 17 años, después es muy difícil que lo hagas. Por eso son importantes políticas públicas que lleven a los niños, que después pueden decidir si les gusta o no.

La cita
Cuando pases sobre mi tumba tendrá funciones los días 22, 27, 28 y 29 agosto y 3, 4, 5, 10, 11 y 12 setiembre a las 21 horas. Las entradas están a $600 y se pueden adquirir a través de Tickantel o en la boletería del teatro.
El estreno se da en el marco del Fidae –que se celebra entre el 13 y el 24 de agosto en Uruguay–.
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