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Sergio Guarteche: “Acorralada por la delincuencia, la policía se puede prostituir”

Guarteche dijo que si hoy no se les da respaldo a los funcionarios policiales, los delincuentes “arremeterán luego contra todo lo que sea o represente autoridad

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09 de febrero de 2020 a las 05:00

Sergio Guarteche fue policía desde 1971 a 2018. Se retiró como jefe de Policía de Durazno. Antes dirigió la Jefatura de Canelones y la Policía Comunitaria. Ya retirado, fue asesor de José Amorín Batlle en las elecciones internas de junio. Fue responsable de la Gestión 
de Calidad del Ministerio del Interior. Hoy está convencido de que los ataques a la policía se corresponden con el mismo proceso que antes vivieron países como Guatemala, Honduras y El Salvador.

¿Qué análisis hace de la ola de ataques a la policía?

Hay que tomar en cuenta lecciones aprendidas de otros países, como México y los de Centroamérica. Con esos antecedentes, la actual coyuntura de agresiones a miembros de la fuerza policial debería ponernos en alerta sobre el impacto en la moral de sus integrantes y sus potenciales reacciones ante la falta de respuesta de las autoridades en la defensa de su integridad física, emocional y espiritual.

¿A qué se refiere en concreto?

La realidad de Centroamérica nos advierte que las fuerzas policiales atacadas y acorraladas por el crimen organizado y la delincuencia común y ante la falta de garantías jurídicas y respuestas profesionales de las autoridades se pueden prostituir. Ante la disyuntiva de servir y ser ajusticiados junto a sus familias, muchos policías optan por acompañar el proceso de deterioro institucional.

¿Qué quiere decir que “se pueden prostituir”?

El miedo, la desprotección, la frustración profesional y el descrédito hacia las autoridades que deberían protegerlos llevó a muchos policías de América Central a prostituirse, o sea a ponerse al servicio del crimen organizado. ¿Cómo lo hacen? Liberando zonas, custodiando cargamentos de drogas y armas, custodiando pistas y plantaciones de droga, pasando información calificada y reservada. La policía entonces pasa a ser una organización infiltrada y corrupta.

Las malas decisiones de las autoridades carentes de visión y negligentes coadyuvaron a esa debacle organizacional. En México, integrantes de los grupos especiales del ejército fueron infiltrados y corrompidos y comenzaron a custodiar plantaciones y cargamentos de drogas y armas. Se constituyeron en el brazo armado de los carteles hasta que se dieron cuenta de su poder y formaron su propio cartel llamado Los Z, todos soldados profesionales corruptos. En mi humilde opinión son cuestiones a tener muy en cuenta para no padecer tales realidades en nuestro querido país.

¿Qué hay que hacer para evitar que la policía se prostituya?

Primero tener en cuenta las lecciones aprendidas de otros países y de su proceso de deterioro. Hoy muchos de nuestros policías viven en contextos críticos, rodeados de delincuentes, muchas veces amenazados, ellos y sus familias. El policía del Instituto Nacional de Rehabilitación está bajo una presión constante por parte de la delincuencia y eso va vulnerando su investidura, aunque no lo quiera. Por eso, el apoyo institucional es fundamental. Debería existir un programa de seguimiento de la salud mental, física y moral del policía, consciente de los riesgos a lo que está expuesto. Se debe protegerlo para que no ingrese al proceso de deterioro personal e institucional. 

La ola de ataques a los agentes parece no tener fin. Se han ensayado muchas explicaciones a este fenómeno. Desde que es una reacción de los narcos ante el cambio de gobierno y un eventual endurecimiento de la acción represiva, a que los policías son atacados para vender sus armas en Brasil. ¿Usted a qué adjudica esta ola de ataques?

El exdirector nacional Julio Guarteche, mi hermano, les advirtió en su momento: “No pongan a los delincuentes extranjeros juntos con los nuestros, porque les enseñarán las perversidades de sus países”. Se ignoró ese consejo profesional y hoy estamos pagando las consecuencias. No hace falta ser muy inteligente para saber de dónde salió la idea de atacar a la policía: del propio sistema carcelario, de la universidad del delito que a diario se especializa y perfecciona. Los delincuentes, al contrario de las autoridades, no ignoran las lecciones aprendidas de otros países y las incorporan a su repertorio.

Se especula con que el crimen organizado está detrás de los ataques, pero, si analizamos el perfil de los detenidos, vemos que son delincuentes comunes, en muchos casos menores de edad dedicados a la rapiña, el hurto, el copamiento y sin lugar a dudas los integrantes de las pequeñas bocas que se disputan territorio y mercado en sus barrios.

Como ya ocurrió en los países del Triángulo Norte, que conforman Guatemala, Honduras y El Salvador, a estas personas no solo las impulsa la obtención de las armas y chalecos de los uniformados, sino que además se quiere demostrar quién manda en la calle, desacreditando y humillando en cada ataque la figura del policía, quien representa al Estado. ¡Y cuidado! Si hoy no se le brindan garantías y respaldo a la policía, la delincuencia arremeterá luego contra todo lo que sea o represente autoridad.

“Acá no se quiere reconocer ni aceptar que estamos en un proceso de deterioro similar al de los países del Triángulo Norte” (Guatemala, Honduras y El Salvador) 

¿Por ejemplo?

La experiencia en otros países indica que comienzan por atacar a los policías, y luego pasan a fiscales, jueces y periodistas. Pero acá no se quiere reconocer ni aceptar que estamos en un proceso de deterioro social similar al de los países del Triángulo Norte, e ignorar los hechos solo da lugar a su crecimiento.

Esta falta de visión, experiencia y negligencia de las autoridades ha permitido que la descomposición social se agrave y hoy tenemos 200 mil personas dedicadas a delinquir, viviendo una subcultura de violencia que quieren imponer a la sociedad en su conjunto, el antivalor como norma de guía de sus vidas, la autoexclusión como coraza ante la cultura y la integración social. Son 200 mil personas que desprecian la vida y ven al ciudadano común como un gil, como lo expresa su lenguaje diario. Pensando de ese modo, no es raro que permanentemente conviertan a ese “gil” en su víctima. 

A todo esto hay que sumarle otros factores, como el fácil acceso a las drogas, las armas y el alcohol. Son tres elementos que contribuyen a tener generaciones perdidas que atentan a diario contra la sociedad.

Usted dice que las autoridades pecan por falta de visión y negligencia. Estamos ante un cambio de gobierno. ¿Qué deberían hacer las autoridades entrantes para combatir este fenómeno?

Si analizamos los cinco países más seguros del mundo, que son Islandia, Noruega, Suiza, Suecia y Dinamarca, encontramos un denominador común: todos han apostado al cuidado ético de su población y han invertido inteligentemente en “seguridad humana” para no tener que gastar y padecer en la seguridad pública.

¿Qué quiere decir invertir en “seguridad humana”?

Invertir en educación, en cultura, trabajo, vivienda, salud. “Seguridad humana” es cuidar todos esos ámbitos de la vida de los ciudadanos. Es dar oportunidades para un desarrollo de las personas. Invirtiendo en estos aspectos, luego no hay que gastar y gastar en seguridad pública y cárceles. 

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