25 de julio de 2013 18:55 hs

Dartford es un suburbio londinense sobre el Támesis, como tantos otros. Industrial, neblinoso, con casas de ladrillos que se reflejan sobre el río sucio y gris. Y por las fotos, no parece haber cambiado mucho en los últimos 70 años. Allí nació Mick Jagger el 26 de julio de 1943.

Y vaya si cambió este hijo de un profesor de secundaria y de una peluquera nacida en Australia, que a los 7 años se hizo amigo de otro niño llamado Keith Richards y juntos crecieron escuchando en las noches suburbanas rock y blues en la BBC y en radio Luxemburgo para –oh, exquisita redundancia–, cambiar para siempre la fisonomía del rock and roll.

Los hechos de la vida de Jagger podrían abarcar varios extensos tomos de una biblioteca o una larga película de decenas de horas. De hecho, esos documentales están filmados. Existe uno por cada uno de los períodos de su vida: cuando era un tierno cantante en los principios de los Stones, cuando su banda ya era mítica en 1968 y se le ocurrió la idea de hacer un show circense, o aquella vez en que invadieron Estados Unidos y tocaron en las afueras de San Francisco, hubo un muerto, y quedaron en el centro de la polémica.

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También cuando su banda volvió a rodar (una y otra vez) por Estados Unidos y el mundo. O cuando a un director se le ocurrió seguir a Jagger durante un año para retratar su vida diaria.

Su vida está en imágenes. También está en libros. Y obviamente en discos: en los de su banda, en algunos solistas y en otras colaboraciones. Y su estampa flaca, bocona, de labios carnosos y lengua filosa, también ha estado en la ficción del cine.

Se embarcó en proyectos racionales como irse de la London School of Economics para dedicarse a la música. Hoy no debe haber alumno de la LSE más rico que él.

Y también abordó proyectos locos como irse a la selva peruana para filmar Fitzcarraldo con Werner Herzog, y huyó luego de meses de lluvia, barro y locura. O de protagonizar al bandolero australiano Ned Kelly o participar en la berreta película de ciencia ficción Freejack. Solo por nombrar tres de tantos.

Y en el medio de esos años, miles, millones de anécdotas que envuelven su figura en un halo mítico que ahora cumple 70 años, aunque no pueda haber nada más alejado de un abuelo que Mick Jagger.

Sigue corriendo por el escenario, sigue derramando energía, sigue cantando como si ese mismo tiempo que pasó en su rostro ahora ajado no hubiese transcurrido en su garganta, quizá porque se parece demasiado a su lugar de origen, Dartford. Atlético, con la melena que exhiben los leoninos, arrugado por las eras pero todavía con la mecha encendida.

Su vida familiar también fue un torbellino, tanto como las letras que compuso, como los riffs de guitarra endemoniada de su gemelo brillante, su álter ego, su rival y su hermano. Richards también cumple 70 en diciembre.

Jagger ha pasado por la vida pero la vida ha pasado por él. Siete décadas, siete hijos con tres parejas diferentes, centenas de romances con mujeres famosas (Marianne Faithful, Carly Simon, Anita Pallenberg, Carla Bruni y Angelina Jolie en el top five) y también con hombres (el siempre comentado con Bowie fue el más notorio), en una rara mezcla de descontrol y de profesionalismo (ni la muerte de su padre le canceló un concierto).

Amante del cricket, excéntrico y refinado, demoníaco y angelical, tomador compulsivo de té y drogas duras, vegetariano y carnívoro al mismo tiempo, adorador de la salud y los excesos, hecho caballero por la reina Isabel y complicado con la Justicia en varias ocasiones, Jagger mantiene la actividad con una banda que está viva y coleando, que hace unos meses sacó una nueva canción (Doom and gloom) y que por una milagrosa conjunción de astros suena con la misma energía primitiva, tal como lo demostraron en el último festival de Glastonbury.

Todo esto sobrevuela en la torta que soplará hoy un hombre que desde hace rato es leyenda. Feliz cumpleaños.

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