Querida Magdalena:
Querida Magdalena:
Sugiere usted que Nietzsche no está realmente interesado en dar un argumento teológico cuando afirma que “Dios ha muerto”. Sino que busca resguardar la libertad del pensamiento humano del sometimiento a falsas autoridades que otorgan falsos derechos de propiedad sobre la verdad. “Dios ha muerto” sería una suerte de advertencia filosófica a un ser humano siempre dispuesto a sucumbir ante esas falsas referencias y a vender su autonomía al bajo precio de la seguridad. Nos desafiaba usted, nietzscheanamente: “¿Seremos alguna vez capaces de vivir sin respuestas totalizadoras, sin los ídolos alternativos? ¿Podremos vivir sin Dios?”
No tengo reparo alguno en seguirla en sus razonamientos y proposiciones. Si fuera posible que “Dios ha muerto”, obviamente no estaríamos ante el Ser-es de Parménides, ni ante el Yo Soy de la zarza ardiendo, ni ante el Creador de Adán en la Capilla Sixtina, ni ante el Padre que nos escucha en el Padrenuestro. Si “Dios ha muerto”, eso a lo que inercialmente llamamos Dios no es más que una imitación, un ídolo, algo más plástico que hojalata. Y hablar de él ya no es hablar de Él.
Pero, ¿qué sucede si, por el contrario, Nietzsche no hubiera descuidado su argumento teológico, sino que este estuviera en el centro de su filosofía? No pretendo poner a Nietzsche entre la espada y la pared: “A ver, ¿dónde ha demostrado usted que Dios ha muerto?” Porque seguramente no lo ha hecho –y no sé de nadie que lo haya intentado. Pero quiero asegurarme de no hacerle decir a Nietzsche lo que nunca quiso decir, ni hacerle negar lo que siempre quiso afirmar.
Traeré aquí el caso análogo de Charles Darwin. Mientras construía su gran teoría evolucionista, está fuera de toda duda que Darwin fue personalmente volviéndose ateo. El origen de las especies, en 1859, es una obra escrita por el intelecto de un hombre ateo. Sin embargo, si nos preguntamos si la teoría darwiniana implica una visión atea del cosmos, deberíamos recordar que el propio Darwin argumentó repetidamente en favor de la compatibilidad entre la evolución natural y la intervención de un Dios creador.
No sería, pues, justo atribuir un propósito ateo (an atheistic purpose) a sus teorías.
Pero el caso de Nietzsche parece distinto. Su pensamiento –contrariamente al de Darwin– sí plantea problemas y soluciones, a partir precisamente de la premisa “Dios ha muerto”, que aflora en varios momentos decisivos de su obra, como un cimiento.
Ahora bien, si “Dios ha muerto” ya no es posible que sea el fundamento de nuestros juicios sobre la bondad o maldad de los actos humanos. ¿Puede, en este contexto (o descontexto), haber un fundamento para la ética, o por el contrario, lo razonable es el relativismo moral, cuando no un cínico nihilismo?
Por supuesto, no quiero decir que cada Woody Allen y cada Sartre, cada relativista o cada nihilista posterior a la publicación de La gaya ciencia sea producto del pensamiento nietzscheano. Pero cuando Nietzsche afirmó la muerte de Dios, su gran legado a la posteridad fue la falta de sentido de la vida humana.
Cuando Dios es asesinado por el hombre, el problema no es qué hacemos con su cadáver, sino cómo conservar cualquier tipo de valores humanos. Afirmar que “Dios ha muerto” no constituye una incomodidad para Dios –Hegel ironizó avant la lettre, al respecto–. El problema son los Auschwitzs e Hiroshimas para el hombre. Y los bracitos de los bebes asomando de los cubos de basura en el callejón de atrás de una clínica abortista.
“Dios ha muerto”, establece la ausencia de verdades absolutas. Y está claro que no es lógico erigir cada verdad en un absoluto. Pero no podemos desconocer la raíz absoluta que existe en cada verdad. Platón nos enseñó que lo relativo de nuestro conocimiento lo es en razón del sujeto que conoce, nunca del objeto que es conocido.
Si la verdad se desvanece, como fin último de nuestro conocimiento, ni la ciencia, ni la Filosofía, ni la Ética quedarán en pie, reducidas a una barata glorificación de la pequeñez humana. Ya me entiende: la épica del antihéroe que avanza a ciegas –againts the odds– asumiendo su ceguera, como si fuera lo único a lo que tiene derecho.
Pero ¿no era esta precisamente la situación de aquellos hombres encadenados en la antigua caverna? ¿La visión que Platón nos quiso ayudar a superar?
Estimado Leslie:
En Introducción al cristianismo, Joseph Ratzinger refiere a una leyenda tomada de la obra de Martín Buber, filósofo y teólogo judío de la primera mitad del pasado siglo. La historia es sobre un hombre ilustrado que refutaba los argumentos a favor de la existencia de Dios. Luego de mofarse de los testimonios de los rabinos, fue a visitar a un líder espiritual jasídico a quien encontró paseando en su habitación con un libro en la mano y sumido en una profunda meditación. El Jasid no prestó atención a la llegada del incrédulo ilustrado, pero al rato lo miró ligeramente y le dijo: “Quizá sea verdad”. El descreído hizo todos los esfuerzos posibles para refutar la sentencia del maestro jasídico, pero aquel “quizá” retumbaba en sus oídos impidiéndole contestar.
La moraleja de la historia es que, aunque ubicados en las orillas opuestas de la fe y el descreimiento, el creyente y el incrédulo se encuentran, sin embargo, reunidos en la falta de certezas irrefutables. Porque quizá sea verdad que Dios existe pero, también, quizá sea verdad que no. No hay manera de evadir la incertidumbre fundamental. En palabras de Ratzinger: “tanto el creyente como el no creyente participan, cada uno a su modo, en la duda y en la fe, siempre y cuando no se oculten a si mismos y a la verdad de su ser”.
Dios es el gran misterio con el cual debemos aprender a convivir: ese “quizá” que nos arrastra a la duda y nos despabila con un baño de humildad. Porque, al final, todos lo sabemos bien: nuestra condicionada humanidad nos impide negar o afirmar, de manera rotunda y definitiva, la existencia de la divinitas. Parafraseando de nuevo a Ratzinger: “nadie puede sustraerse al dilema del ser humano”.
En la entraña de este dilema está nuestra inevitable libertad, la de vernos obligados a elegir entre la fe o la incredulidad sabiendo que siempre, cualquiera sea nuestra apuesta, quizá estemos equivocados.
Mas el dilema es más vasto y complejo aún porque, con o sin Dios, aún debemos elegir entre la inviolabilidad de la vida humana o Auschwitz. Porque, privados de toda evidencia, no basta con creer o no creer en Dios para garantizarnos un mundo donde el bien se imponga sobre el mal. En nombre de Dios hemos realizado obras encomiables, pero en su nombre hemos cometido, también, crímenes atroces. Pero para bien o para mal, la responsabilidad es siempre nuestra y de nadie más. Y más nos vale asumirla si no deseamos actuar de mala fe.
Así, si sugiero que Nietzsche (a diferencia del incrédulo ilustrado de la leyenda de Buber) no estaba interesado en el argumento teológico contra la existencia de Dios, es porque el “quizá” que enciende la duda circula a lo largo y ancho de todo su pensamiento. Como buen filósofo, Nietzsche luchó por no guardarse ninguna pregunta en su corazón y, por eso, su obra es un eco continuo de aquel “Quizá sea verdad”. Como el maestro jasídico, Nietzsche nos saca de la zona de confort para arrojarnos al “océano de la nada” donde persiste la pregunta.
Pero el problema es cuando, como al incrédulo ilustrado, la duda nos paraliza dejándonos sin respuesta. Y nos apresuramos a identificarla con el nihilismo y el relativismo moral, sin reparar en el hecho de que, en recintos donde nada o todo vale, no entra jamás una pizca de perplejidad. Nietzsche proclama la falta de certezas absolutas, es verdad, pero esto de ningún modo implica la imposibilidad de conservar valores humanos. Sólo que ellos dependerán de nuestra voluntad para examinarlos y elegirlos. Ahora, ya sea en la fe o en la incredulidad, nos vemos obligados a obrar en nombre propio.
El desafío no es fácil. Porque el dilema nos exige responder la pregunta por el sentido de la vida con el “quizá” retumbando en nuestros oídos sin parar. Por eso a veces me pregunto si somos realmente capaces de vivir sin Dios. Y si no es una reacción humana, demasiado humana, la de aferrarse a respuestas totalizadoras…
En cuanto a Platón, es cierto que enseñó a distinguir la opinión de la verdad. Pero mientras los hombres ciegos e ignorantes opinan –muy firmes y convencidos– dentro de la oscura caverna, el filósofo avanza lleno de dudas para contemplar el Sol “con dificultad”, alumbrado por la posibilidad de que “Quizá sea verdad”.