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Solo en pueblo Valentín: un médico para 4.000 personas

Cuando surgen emergencias Ramón Soto debe cerrar la policlínica para ir a atender a los pacientes

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10 de octubre de 2018 a las 05:01

Hace 30 años que Ramón Soto, un profesional especializado en medicina comunitaria, desarmó sus valijas en la lejana policlínica del pueblo de Valentín, al norte del país, para convertirse en el único médico de esa localidad, que está a casi 80 kilómetros de la ciudad de Salto. Dice que durante tres décadas cambiaron cantidad de cosas en el campo, aunque una sola se mantuvo intacta: él sigue siendo el único profesional que atiende de forma regular en ese centro de salud, el cual ofrece cobertura sanitaria a los poblados adyacentes que, en total, superan los 4 mil habitantes.

“Cuando las papas queman y llegan los problemas realmente urgentes, el entorno rural te juega en contra. Acá no tenemos médicos ni enfermeros y si yo me voy de la policlínica no hay gente. Pero si yo me quedo, no se atienden los llamados o nadie va hasta el accidente de tránsito que acaba de suceder en la ruta”, detalló Soto, quien también preside la Sociedad Uruguaya de Medicina Rural. Lo más incómodo para él es resolver a qué casa va primero cuando dos vecinos llaman de forma simultánea a solicitar asistencia. “¿A quién le decís que no podés ir?”, se preguntó. 

Si bien Soto reconoce que todos los gobiernos han trazado estrategias para aplacar este inconveniente, también afirma que aún no se ha dado con el remedio adecuado. Para él hace falta una gestión “mucho más profunda” que incluya un abordaje a nivel laboral, educativo y también, por supuesto, dijo, de salud. “Es imposible disminuir la migración del campo a la ciudad, o generar incentivos para que la gente se quede en el campo, si no se ofrecen garantías sanitarias en los poblados rurales. Nadie quiere vivir donde no hay salud”, reafirmó. 

Por suerte la gente de campaña es comprensiva, dijo Soto. “Si llegan a la policlínica y no hay nadie, esperan. Saben que vos sos el único y te tienen paciencia para que vayas a atender lo realmente urgente y luego le dediques sus minutos”. El inconveniente, sostuvo, se da cuando varias situaciones de emergencia se producen de forma simultánea. Algo que tampoco sucede tan a menudo como en las ciudades, advirtió, porque las dinámicas rurales se mueven a ritmos más lentos que los núcleos urbanos, pero, de todas maneras hay veces que confluyen y eso se traduce en una asistencia médica de peor calidad, aseguró.

Acostumbrados a la escasez de recursos  

Lourdes Trindade se trasladó 40 kilómetros este lunes para llevar a su madre, de casi ochenta años, hasta la policlínica de Soto. Llamó por teléfono antes de salir, dijo, para enterarse cómo venía desarrollándose la mañana. “Si está tranquilo viajo. Hay días que toca esperar demasiado y no me queda otra. A mi casa no me voy a volver, así que me quedo aquí hasta que el doctor pueda verme”, aseguró la vecina. 

Trindade sabe que existe el riesgo de llegar al centro de salud y encontrarlo vacío. Comprende, de todos modos, que tarde o temprano, sea la hora que sea, Soto la recibirá en el consultorio y su espera habrá valido la pena. 

Y Soto también sabe que alguien siempre lo está esperando. Tiene asumido que, por más de que su contrato establezca que debe trabajar ocho horas, él está las 24 del día operativo y al servicio todos los días de la semana. “Yo no le puedo decir a un paciente que recorrió 40 kilómetros para verme que se vuelva a su casa porque los números del día ya se repartieron todos, y que otro día, tal vez con más suerte, lo atiendo”, ironizó. 

El médico entiende que los cargos de alta dedicación para los puestos rurales serían una buena respuesta para esta situación. “Estaría en línea con lo que buscamos para empezar a regular la actividad en el campo”, dijo y agregó que, además, sería necesario reforzar los recursos humanos que se distribuyen entre los entornos rurales. “No se podrá reforzar absolutamente todas las policlínicas, está claro, porque eso también podría llegar a ser ineficiente, pero sí hay que fijarse cuáles son las más estratégicas y dotar de más personal”. 

La dicotomía del campo y la ciudad 

Soto señaló que 75% del total de los médicos se encuentran únicamente en Montevideo. El otro 20% se ubica al sur del Río Negro y el 5% restante se distribuye al norte del país, pero mayormente en las ciudades. Solo un 1% del personal médico reside en los entornos rurales del interior del país. 

“Es por esto que el médico rural roza la esclavitud. Estás solo y trabajás todo el día. Y como tenemos un lazo fuerte con los pacientes, no nos permite negar la asistencia cuando nos tocan la puerta. Aparte, ellos son también los que te dan una mano cuando tú mismo necesitas ayuda”, indicó Soto. Uno de los puntos positivos que destaca es, justamente, la cercanía con la que se construye el vínculo médico-paciente. 

“Uno siempre escucha que en Montevideo los pacientes se quejan de la frialdad y por eso también son usuarios mucho más intolerantes a los imprevistos o las complicaciones que pueda tener un médico. Eso acá por suerte no pasa. A pesar de las carencias, los usuarios se suelen sentir muy amparados”, remarcó Soto. 

Estos son aspectos que hacen la diferencia entre la gestión de la asistencia que se da en Montevideo, por ejemplo, y en el interior. Y para este médico es importante reconocerlo si se quieren buscar soluciones efectivas. “Muchas cosas se organizan desde una perspectiva muy urbana, y eso es un error. Acá las dinámicas son diferentes, los tratos son otros. Yo mismo, que tengo 30 años de trayectoria, no me animaría a ir a atender a la capital del país”, distinguió Soto. 

Es necesario, dijo el médico, que se tomen medidas valorando las particularidades de los entornos rurales para dar respuestas acertadas. Lo que sí debe primar, insistió, es el refuerzo a nivel de recursos humanos porque con el despoblamiento profesional se pone en jaque la universalización de una medicina de calidad. 

Faltan especialistas 

Con el correr del tiempo Soto reconoció que hubo un avance a nivel de médicos especialistas. Hace 30 años no había ninguno y hoy, afortunadamente, hay médicos itinerantes, como pediatras o cardiólogos, que pasan un día por la policlínica. Pero aún no es suficiente. 

“El servicio que más nos hace falta ahora es el de salud mental. No hay psiquiatras ni mucho menos equipos interdisciplinarios”, detalló el médico y puntualizó que únicamente asiste un psicólogo un día a la semana durante “seis o siete horas”. “Realmente no se puede hacer mucho”, reconoció. 

Soto tuvo que abandonar una tarea comunitaria que hacía en los liceos rurales de la zona. Suspendió los talleres que dictaba en los centros educativos, Para no dejar sin atención a la policlínica. Él se dedicaba a enseñarles a los adolescentes aspectos vinculados a la salud sexual, al consumo de alcohol y drogas e, incluso, también sobre siniestralidad en el tránsito. “La hora pico de la policlínica es a la mañana y los talleres coincidían en el horario. Es otro ejemplo de que es imposible estar en todos lados. Fue una lástima porque las actividades eran muy valiosas”, opinó el médico. 

Hace 30 años cuando Soto recién empezaba a ejercer la medicina en el poblado de Valentín, miraba por la ventana de la policlínica y lo único que vía pasar eran caballos, o alguna bicicleta. Hoy le pone contento ver también motos y autos, porque eso lo traduce en oportunidades, en la posibilidad que tendrán sus pacientes de acceder a otros centros de salud si tienen un problema y no encuentran asistencia en su policlínica. Pero también le entristece reconocer que dejar eso a la suerte del usuario es alejarse de la asistencia de calidad a la que debería apuntar el país. 

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