El Observador | Ricardo Galarza

Por  Ricardo Galarza

Internacionales
2 de abril 2021 - 20:00hs

El secretario de Estado Antony Blinken (hombre del establishment de política exterior que ha trabajado varios años para el hoy presidente Joe Biden y que en los círculos diplomáticos de Washington era conocido como “el alter ego de Biden”) anda desde que asumió el cargo en una montaña rusa geopolítica a través del planeta.

En los escasos 70 días que lleva en su despacho de Foggy Bottom, el nuevo jefe de la diplomacia norteamericana ha lanzado una política inesperadamente agresiva hacia China, buscando reunir el apoyo de sus aliados en la región Asia-Pacífico y en Europa; ha amenazado a Rusia por una supuesta injerencia en la política interna de Estados Unidos; ha increpado duramente al gobierno de Alemania por la construcción de un gasoducto que le une precisamente con Rusia; les ha reclamado a los cancilleres del E3 (Alemania, Francia y Reino Unido), firmantes del interrumpido acuerdo nuclear con Irán, que se sumen a Washington en exigirle a Teherán que “dé el primer paso” para volver a la mesa de negociaciones…

Por si todo esto fuera poco, en lo que a oídos de sus colegas europeos sonó como un mal eco de las advertencias que solía lanzar el expresidente Donald Trump, Blinken les dijo sin ambages a los cancilleres de la OTAN que esperaba que sus gobiernos “pusieran su parte” en la financiación de la alianza atlántica. De ese modo, afirmó, “nuestros aliados podrán tener también su parte en las decisiones”, como recordándoles que ahora paga Washington y se hace lo que dice Washington.

Y por si acaso no hubiera sido lo suficientemente explícito, les aclaró que “para mantener el apoyo de Estados Unidos, la alianza debe servir a los intereses de Estados Unidos”.

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Más que el alter ego de Biden, este muchacho parece el alter ego de Trump. Dígase que, criado en el seno de una familia diplomática, educado en París y luego en Harvard y Columbia, Blinken tiene otros modales. Pero en lo sustantivo, parece haber retomado donde dejó el Departamento de Estado de Mike Pompeo, puesto quinta y prendido el turbo.

Pero hay más. Como para demostrar que juega en todo el tablero, Blinken ha mantenido contacto con Juan Guaidó en Venezuela, condenado el régimen de Nicolás Maduro y pedido la liberación de la expresidenta interina boliviana Janine Áñez. Esto, desde luego, en aras de marcar presencia en la región, previendo que se avecina un cargado calendario electoral, con elecciones en Perú, Ecuador, Chile y otros países; lo cual -unido a un posible regreso de Lula en Brasil- podría propiciar también un retorno a los gobiernos de izquierda en América Latina que rindan otra vez irrelevante la influencia de Washington en favor del poder blando de Pekín.

Como digo, la disputa es ya en todo el tablero. Y Blinken no solo tiene un cheque en blanco de Biden para actuar en el mundo, sino también el beneplácito del establishment y de los grandes medios para ir en contra de China.

La era de la cooperación con los chinos parece haber terminado para siempre. Y los mismos que antes le pegaban a Trump, ahora le reconocen haber “diagnosticado correctamente el problema” de China (un “talking point” que se repite más o menos inalterado en los editoriales y páginas de opinión de la gran prensa). Incluso se pueden leer en análisis de The New York Times alusiones a cuestiones como la trampa de Tucídides, de lo cual ya no estamos tan seguros en esta tribuna que sea impensable; sobre todo habida cuenta de los recientes despliegues navales de EE.UU. y sus aliados en el Mar Meridional de China, con el peligro que ello conlleva.

Pero la bomba en la relación con el gigante asiático la tiró estos días el propio Blinken. No contento con haber protagonizado en Alaska, junto a sus pares del gobierno chino, una cumbre más fría y áspera que la propia tundra que los acogía, el norteamericano ha acusado a Pekín de cometer “genocidio” contra la población uigur de Xinjiang.

Esto ha enfurecido al gobierno de Pekín, que ha retrucado con varios argumentos de tipo ‘tu quoque’ que van desde las violaciones a los derechos de la población afroamericana, hasta la crisis fronteriza, pasando por el asesinato de George Floyd, la deficiente respuesta de Washington a la pandemia, y suma y sigue.

Pero ayer el gobierno Biden dobló la apuesta. En un informe sobre derechos humanos, dejó sentado que en Xinjiang el gobierno chino había cometido “genocidio y crímenes de lesa humanidad”.

De acuerdo a algunos informes de prensa y a un par de investigaciones independientes, parece bastante claro que ha habido groseras violaciones a los derechos humanos de la población uigur en Xinjiang, que hay allí detenciones masivas y un estado de vigilancia condenable. Pero de ahí a declararlo genocidio parece, cuando menos, apresurado.

Como apresurado parece el paso del secretario de Estado para plantarle cara a China y a Rusia mientras incomoda y compromete aliados en Europa y el Sudeste Asiático.

A su tiempo, Pekín reafirma lazos con Rusia y demuestra que puede incidir también en el tablero del gran Medio Oriente –del que se había mantenido mayormente al margen- al firmar con Irán un acuerdo estratégico de largo aliento.

De modo que yo le diría al secretario Blinken, y en general al gobierno Biden, que en temas de geopolítica, en particular en lo tocante a China, se vaya suave por las piedras.

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