27 de junio 2021 - 5:03hs

A Sudamérica le va muy mal en la lucha con la pandemia del covid- 19, tanto en número de contagios (número cuya confiabilidad es relativa pues depende del número de tests realizados y hay países que testean poco) como en número de fallecidos (dato más fiable aunque puede haber también estadísticas que no recojan todos los casos). Sudamérica tiene la peor proporción acumulada de muertos por millón de habitantes, cuatro veces la media mundial y mayor que la de los Estados Unidos y la Unión Europea. Y también está mucho peor con casos de contagios confirmados en los últimos siete días. 

Uruguay viene mal en ambas mediciones pero con una clara tendencia a la mejora. Y todo depende de la velocidad de vacunación y de que no aparezca alguna nueva variante.
También la economía de Sudamérica ha sufrido mucho el efecto económico de la pandemia y le costará llegar a los niveles anteriores. En una región que venía con problemas, la pandemia y las formas de reaccionar de los gobiernos han expuesto más claramente si cabe las deficiencias de infraestructura, de sistemas médicos sólidos, de una red social de contención. 

Ello ha sido notado por la prensa mundial, tanto anglosajona como de habla hispana, y el continente ha quedado marcado como un lugar poco confiable. Le va a costar recuperarse. Incluso aquellos países del Pacifico, como Chile, Colombia y Perú, que venían creciendo a buen ritmo y cuyas economías tenían éxito, han sufrido la pandemia con muy escasa capacidad de respuesta. Y el costo de la respuesta, salvo el caso de Chile que estaba poco endeudado, será pagado con mucho esfuerzo en el futuro.

Pero todo esto es algo que venía del pasado. Detrás de los problemas de América Latina “está la desigualdad económica, la desigualdad estructural, y lo peor: no existe movilidad social. Es prácticamente imposible que un hijo de obrero llegue a gerente de empresa. Hay ámbitos de exclusión que fomentan el auge del populismo. Las diferencias de clase. De raza. Y entonces llega un momento en el que escasean los recursos y todos los problemas afloran”, según el director del Instituto Iberoamericano de la Universidad de Salamanca, Francisco Sánchez.

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No por casualidad cinco de los diez países a América del Sur han cambiado en los últimos diez años su constitución mediante el mecanismo de la convocatoria de una Asamblea Constituyente que equivale, en la práctica, a redactar un nuevo pacto social desde cero. En ese grupo están los países del eje bolivariano (Venezuela, el Ecuador del Rafael Correa y Bolivia) y ahora se agregó Chile y muy posiblemente Perú, si se cumplen las promesas de Pedro Castillo. Y no son seis porque en Argentina al kirchnerismo le faltó muy poquito para establecer la reelección indefinida del presidente. 

El común de denominador de estas reformas constitucionales es el establecimiento de mecanismos de refuerzo de las atribuciones del Ejecutivo, el debilitamiento de la separación de poderes y de la independencia de la Justicia, ataques sistemáticos a la libertad de expresión, reelección indefinida del presidente, algo ideal para caudillos autoritarios y populistas, así como un refuerzo de la intervención del Estado en la economía. En resumen, una reducción de las garantías del sistema republicano de gobierno y un aumento del grado de populismo de los presidentes que impulsan estas reformas.

Pero por alguna razón, a diferencia de lo que ocurría en los años de 1970, ya no se hace mediante golpes militares como el de Velasco Alvarado en Perú sino por elecciones democráticas limpias. Incluso es significativo que el peruano Ollanta Humala, cuando se presentó a presidente con apoyo de Hugo Chávez fracasó en el intento y en cambio lo consiguió cuando se deshizo de la protección del chavismo. Hoy en día, un candidato mucho más extremista que Humala, como Pedro Castillo, gana las elecciones aunque sea por un pelo.

Es decir, detrás del crecimiento económico hay un descontento social que facilita el surgimiento de estos caudillos, cuyos dictados son seguidos casi sin chistar por una buena parte de la población, ya sea por miedo a represalias o por estar de acuerdo con ellos. Esto debe ser un llamado de atención para quienes cifran el éxito de los países solo en la bonanza económica, que muchas veces es producto de condiciones favorables de los precios de las materias primas. Y, por lo tanto, no tiene raíces firmes y sustentables en el tiempo.

De ahí la importancia de aprender de estas lecciones y comprender que es vital una profunda reforma educativa que permita a la población labrarse su propio destino y dejar de ser dependiente del asistencialismo populista. Es algo que deben asumir y aplicar las elites gobernantes y empresariales, quienes más responsabilidad tienen a la hora de forjar políticas y planes de educación. De lo contrario, América del Sur seguirá siendo el continente del futuro, con un potencial que nunca se lleva a la realidad.

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