Las últimas semanas han sido pródigas en frases que incluían la palabra “bomba” en referencia a la economía que Cristina Kirchner le legará a su sucesor.
Es una situación inquietante, primero porque a lo largo de la historia económica argentina han estallado varias bombas que han dejado profundos traumas, cuya persistencia puede verse en la desconfianza crónica hacia los bancos o en el rechazo a la moneda nacional a la hora de ahorrar o de vender un apartamento.
Pero además, porque quienes levantan sus voces de alerta hacen paralelismos históricos con momentos de triste memoria, como el Plan Bonex de diciembre de 1989, por el cual se les pagó con títulos públicos a 10 años a quienes tenían sus ahorros –australes, por aquella época– depositados en los bancos.
Un repaso a las advertencias de los economistas es suficiente como para poner nervioso hasta al inversor más optimista de la city.
Uno de los más explícitos fue Agustín Monteverde, para quien el Banco Central de la República Argentina (BCRA) estaría quebrado si se autoevaluara con el mismo criterio que utiliza para monitorear la solvencia del sistema financiero.
Desde su punto de vista, el Banco Central apunta, dentro de sus activos, una deuda a cobrar por más de A$ 600.000 millones –unos US$ 47.355 millones al tipo de cambio paralelo– que difícilmente pueda hacerse efectiva. Ocurre que ese dinero fue prestado a un deudor con fama de mal pagador: el propio Estado argentino.
“El deudor es un manifiesto insolvente –su gasto anual es 26% más alto que sus ingresos– y sus proyecciones de caja no contemplan la devolución de esos fondos”, apunta Monteverde.
Y agrega que, mientras cuenta con ese activo difícil de cobrar, por el otro lado tiene un pasivo que ha crecido a toda velocidad: una masa de Lebacs (letras) emitidas para sacar pesos argentinos del mercado y que ahora deberán ser devueltos.
Hablando en plata, unos A$ 285.000 millones de capital e intereses anuales por A$ 85.000 millones. Esto equivale a unos 7 puntos del PIB de Argentina.
En la misma línea opinó un expresidente del Banco Central, Alfonso Prat Gay, quien comparó el celo de los inspectores para escrutar los números del Citibank versus la laxitud de la autoridad monetaria al evaluarse a sí misma.
“Si el Central usara esos mismos criterios para auditar lo que tiene dentro de su balance, estaría virtualmente quebrado”, advirtió Prat Gay.
Se oye el tic-tac
A primera vista, puede parecer rara esta alarma, sobre todo si se tiene en cuenta que el gobierno argentino se jacta del bajo nivel de endeudamiento.
Pero la preocupación viene por el lado de un déficit oculto, que no se refleja en las cifras fiscales ni en los intereses de la deuda externa, sino en los números en rojo del Banco Central, y que tiene un potencial explosivo en el mediano plazo.
Así lo describió Diana Mondino, experta financiera y docente de la Ucema, en una entrevista con Ámbito Financiero: “Con el nivel actual de emisión, la inflación debería ser superior si no fuera por el endeudamiento del BCRA, que está haciendo ‘tic tac’”.
La inquietante referencia al sonido del reloj en conteo regresivo es una alusión a la dificultad que habrá el año próximo para hacer frente a los vencimientos de las Lebac.
Otro que se mostró preocupado por un eventual festival de bonos fue el economista Carlos Melconian, para quien lo mejor que podría ocurrir es que el sistema financiero estuviera más enfocado en prestarle a los privados que al sector público.
“En el fondo, las Lebacs son la contracara de los depósitos de la gente. No sea cosa que armemos una pelota de Lebacs de tal magnitud que después tengamos problemas”, manifestó en una entrevista televisiva.
El fantasma del Plan Bonex
En síntesis, lo que más inquieta a los economistas es el uso del Banco Central como “financiador serial” del gasto público. Cuando ese rol se cumple por la vía de emisión de dinero para asistir al Tesoro, el resultado es más pesos circulando en la calle, y entonces el riesgo es el aumento en la inflación, y suele verse en el corto plazo.
En cambio, cuando el BCRA le da pesos al Tesoro pero luego “pasa la aspiradora” por la vía de emitir letras a cambio de dinero, el efecto es distinto. En los hechos, implica que hay una transferencia de crédito desde el sector privado al público, dado que esos pesos que los bancos le dan al BCRA dejan de ser utilizados para financiar la inversión y el consumo.
En este caso hay una consecuencia positiva de corto plazo, que es el alivio de la inflación, pero al alto costo de enfriar la economía. Es lo que se estuvo observando en los últimos meses. Pero, además, hay un costo difícil de observar pero potencialmente devastador: la acumulación de deuda por parte del Banco Central, dado que la emisión de esas letras no es gratis, ya que en algún momento habrá que pagarlas, y con un interés –actualmente en 26%–. Es lo que los economistas llaman “déficit cuasi-fiscal”, algo que el país ya ha vivido en otros tiempos, con una experiencia particularmente traumática en la década de 1980.
Cuando esa deuda alcanza niveles demasiado altos, se puede transformar en una verdadera “bomba inflacionaria”, dado que en algún momento se debe emitir dinero para cancelar esas obligaciones, con lo cual se termina sincerando, con un efecto retardado, toda la emisión que se había realizado anteriormente sin un efecto inflacionario inmediato. Para los que tienen más de 50 años, aquella experiencia dejó un imborrable recuerdo, ya que fue lo que derivó en el Plan Bonex, de diciembre de 1989, por el cual se pagó con bonos a los ahorristas que tenían dinero depositado en plazos fijos.
Había sido una medida desesperada que sinceraba el deterioro patrimonial del Central en aquel contexto de inflación galopante y tasas de interés de tres dígitos. Llegó un momento en el cual los bancos tenían tantos “papelitos” emitidos por el BCRA que se les hacía complicado responder a las demandas de liquidez de los ahorristas. Es claro que el momento actual no es comparable con los años ‘80, cuando campeaba la hiperinflación. Sin embargo, el punto de los analistas es que, aunque los números no son tan dramáticos, la dirección es inexorablemente hacia una zona de problemas.
El analista José Luis Espert recomienda mirar de cerca la relación entre el stock de Lebacs y los depósitos de los ahorristas en los plazos fijos. Apunta que actualmente la deuda está en un 91% de los depósitos, un ratio que considera demasiado elevado.
En todo caso, los argentinos podrán empezar a entretenerse con nuevos índices de riesgo país. Ahora que el gobierno logró anestesiar al dólar, habrá que empezar a seguir de cerca el ratio Lebacs/reservas. Y, a partir de allí, elaborar teorías sobre qué tan fuerte se escucha el tic-tac.