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2 de marzo 2023 - 13:46hs

Puede que algunos de ustedes sepan que esta semana comienza la Cuaresma, un período litúrgico que numerosos cristianos celebran — o durante el que sufren — en vísperas de la Semana Santa. La Cuaresma conmemora los 40 días y 40 noches que Jesús pasó ayunando y siendo tentado por el diablo en el desierto.

Ya que fui criada por un devoto padre católico irlandés y educada en una escuela católica, yo me siento culpable si no observo el período cuaresmal intentando al menos renunciar a algún tipo de placer o vicio terrenal, como se anima a hacer a muchos cristianos junto con los otros dos pilares de la Cuaresma: la oración y la limosna. Y estoy segura de que algunos de ustedes también renunciarán a cosas — chocolate, bebidas alcohólicas o quizás Twitter —, incluso si no tienen antecedentes cristianos o de fe, por razones de autodisciplina, salud o simplemente cordura.

Pero somos un grupo cada vez más reducido. Una encuesta realizada por YouGov esta semana, y compartida con el Financial Times (FT), sugiere que sólo uno de cada 20 residentes británicos renunciará a algo durante la Cuaresma de este año (aunque otra encuesta sugiere que ocho de cada 10 felizmente celebraron el día de panqueca, o Mardi Gras, o el martes de Carnaval esta semana antes de que comenzara la abstinencia). Esta cifra es inferior a la de uno de cada 10 obtenida en 2012, la última vez que la compañía realizó la encuesta. Incluso en EEUU, un país temeroso de Dios, las encuestas sugieren que sólo una de cada seis personas — y menos de la mitad de los católicos estadounidenses — observa la Cuaresma, a pesar de que siete de cada 10 estadounidenses celebran la Pascua en sí (a menudo con el consumo de una gran cantidad de chocolate).

Una proporción algo mayor de personas se fija propósitos para el Año Nuevo — aproximadamente una de cada cinco —, pero éstos suelen centrarse en hacer cosas activamente, como "hacer más ejercicio" o "comer más sano", mientras que en Cuaresma el objetivo explícito es abstenerse de hacer cosas.

En un mundo impulsado por las fuerzas gemelas del consumismo y la productividad, de posibilidades ilimitadas y un agobio sin fin, parece que hemos perdido el arte de — y el sentido del valor de — no hacer cosas. A menudo nos preguntamos "¿qué he logrado hacer hoy?", pero con mucha menos frecuencia nos preguntamos: "¿qué he logrado no hacer hoy?".

Y, sin embargo, es el no hacer algo lo que puede ser más importante, e incluso más poderoso. Aunque levantar pesas por encima de nuestras cabezas o correr por las aceras pueda parecer una empoderante forma de comenzar un programa de pérdida de peso, las investigaciones sugieren que cambiar la dieta — en términos simples, comer menos — es una manera mucho más eficaz de perder kilos que el ejercicio. Invertir algo de dinero en un fondo indexado de bajo riesgo puede ser una buena forma de ahorrar para comprar una casa, pero no perderlo apostando, o renunciando a un lujo, es un método aún mejor.

Y no es sólo en el ámbito del desarrollo personal donde deberíamos considerar darle más valor a la ausencia de cosas. También importa en la política: un líder aburrido y poco inspirador sin ideas nuevas es mejor que un carismático narcisista con diversas ideas peligrosas.

La idea de pensar más en lo que no debemos hacer que en lo que debemos hacer también puede aplicarse a otros ámbitos. En el campo de la diversidad y de la inclusión, por ejemplo, tomar la decisión activa de no excluir a ningún grupo desfavorecido — contratando a ciegas y asegurándose de que la gente no se siente social o culturalmente excluida — pudiera tener más impacto que intentar incluir a todos los grupos asegurándose de ‘marcar todas las casillas’, un esfuerzo que nunca podrá realizarse plenamente dado que hay infinitas maneras de dividir y subdividir a los grupos desfavorecidos.

En nuestra cultura de ‘estar siempre activos’, parece que estamos más enfocados en cómo llenar nuestras agendas que en cómo crear espacio en ellas. No tener cosas que hacer puede dejarnos un vacío que nos incomoda profundamente, así que buscamos cosas para llenarlo con el fin de regular nuestras emociones y evitar sentimientos difíciles. Sin embargo, a la larga, aceptar los sentimientos incómodos puede ser útil, y el aburrimiento debería aceptarse con menos reparos.

Oliver Burkeman, autor de "Cuatro mil semanas: Gestión del tiempo para mortales", va más allá. Él afirma que no sólo debemos decidir en qué queremos tener éxito en la vida, sino también en qué queremos fracasar. "Es inevitable acabar fracasando en algo. Pero el gran beneficio del bajo rendimiento estratégico es que enfocas tu tiempo y energía de forma más efectiva", ha escrito Burkeman.

Me gusta esa idea, aunque como alguien que quiere ser buena en todo, admito que todavía no la he puesto en práctica. Lo que sí he instituido es una lista de "cosas que no se deben hacer". Aunque no te guste observar la Cuaresma, quizás quieras unirte a mí.

Si necesitas inspiración, aquí tienes algunas ideas: intenta no posponer las cosas; no pasar demasiado tiempo en las redes sociales; no acostarte demasiado tarde; no comprar criptomonedas; no decir mentiras y, en general, no comportarte como un idiota. A veces la ausencia de lo malo es más importante que la presencia de lo bueno.

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