Nacional > ENTREVISTA A SOLEDAD DOSSETTI

Todo lo hecho por los desaparecidos hasta ahora “fue simbólico”

Hija de desaparecidos, militante de siempre por “verdad y justicia”, reinvidicó la tarea del abogado Fabio Galiani, echado por el gobierno, y dijo que el otro “no hizo nada”

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21 de septiembre de 2019 a las 05:03

No hay rencor en la voz de Soledad Dossetti, pero la decepción y una indignación calma afloran en sus palabras. Hija de padre y madre desaparecidos, siente una gran frustración por todo lo que ha rodeado los juicios por sus crímenes y la búsqueda de sus restos. Una frustración que comenzó con el regreso a la democracia y se acrecentó en los últimos años. “Yo con el Frente Amplio -dice- tenía una esperanza muy distinta”.

Su última gran decepción fue el manejo del juicio en Roma por el plan Cóndor. Siente la necesidad de contar lo que vivió de cerca y de hacerle justicia al abogado italiano Fabio Galiani, despedido por el gobierno uruguayo tras el fallo de primera instancia.

Dossetti, de 42 años, madre de tres y funcionaria de la sección jurídica de la Intendencia de Montevideo, habla con cierta angustia porque intuye que sus palabras quizás la enemisten con muchos que han sido sus compañeros de militancia durante años. Pero siente que el compromiso con la verdad es más importante.

Su vida bien podría ser una película. Tenía siete meses el 21 de diciembre de 1977 cuando hombres armados secuestraron a sus padres, Ileana y Edmundo, en Buenos Aires. Se los llevaron y desvalijaron la vivienda. A ella la dejaron con el portero, prometiendo venir a buscarla en unos días.

Pasaron cinco días y como nadie venía por ella, los vecinos del edificio la llevaron al juzgado de menores de San Isidro. Allí una jueza ordenó que fuera recibida en una dependencia policial llamada Brigada Femenina de San Justo. Cuando días después su abuela, que vivía en Montevideo, se enteró de lo ocurrido por una carta de los vecinos y viajó a buscarla, la bebé ya no estaba allí. Se la habían dado a una familia. La abuela reclamó, lloró, gritó, hizo un escándalo, fue a hablar con la jueza. Días después le avisaron que su nieta estaba otra vez en la Brigada. Debió esperar varios días para llevársela, hasta que la jueza lo autorizó. Por fin, la recuperó. Soledad se salvó apenas de ser otro bebé desaparecido como tantos que hoy siguen siendo buscados.

“Se ve que me habían dado, pero en un nivel bajo, a alguien relacionado con las propias policías de esa dependencia. Y después se asustaron con que hubiera una jueza en el medio”, conjetura hoy.

A los 19 años, la película de su vida tuvo otro momento estremecedor. Iba por la calle, se paró frente a un kiosco y leyó el título principal de La República: “Yo enterré a Dossetti después que el alférez le sacó la capucha y le metió un tiro entre los ojos”. Era el testimonio de un exsoldado llamado Sergio Pintado Otero, que decía que su padre había sido ejecutado en 1982 y qué él lo había enterrado. 
Pocos días después, el exsoldado, un tío suyo y personal de La República salieron con palas y picos a buscar el enterramiento de su padre: “Pintado dijo que era por Libertad. Pero cuando llegaron dijo que no recordaba, que todo estaba muy cambiado. Y todo quedó en nada”.

¿Cómo conoció a Galiani?

Fue hace seis años. Él vino a Montevideo a entrevistarse con los familiares y gente del Ministerio de Relaciones Exteriores. Tuvimos dos reuniones en la cancillería. Más tarde, Felipe Michelini me llamó para reunirse conmigo y con Galiani en un hotel. Fui. También estaba Martín Ponce de León. Ahí me explicaron cómo había surgido la idea de contratarlo. Lo había conocido Michelini, creo que en un congreso en Estados Unidos. Me hablaron maravillas de él. Y me pidieron que le firmara un poder para que me representara en el juicio en Roma, además de representar a Uruguay. Era una medida práctica: necesitaban que Galiani representara a una persona física que pudiera firmarle escritos y autorizaciones para sacar documentos, de un modo más rápido que el proceso que llevaban esas autorizaciones en el gobierno.

¿Por qué usted?

Pudo ser cualquier otro, pero yo tenía un vínculo con Felipe Michelini. Había sido mi profesor en facultad, después habíamos trabajado juntos en un taller de derechos humanos, luego fue mi jefe cuando estuve en comisión en el Ministerio de Educación y Cultura. Teníamos una cierta amistad. Yo confiaba absolutamente en él. Y también tenía un vínculo con Martín, que era GAU como mis padres. Tenía una relación afectiva y de confianza con ellos. Me hablaron maravillas de Galiani, que lo habían contratado porque era un abogado experto en derecho internacional, el mejor de Italia. 

¿Aceptó?

Sí. Y a partir de ahí comenzó mi vínculo en lo legal, aunque no fue una relación particular conmigo. Él vino varias veces a Uruguay y los familiares siempre tuvimos encuentros con él en el Ministerio de Relaciones Exteriores. Él actuaba como el abogado de todos. En el juicio también había otros abogados italianos, que representaban a distintas ONGs, y a los familiares los habían “repartido”: cada uno de ellos representaba a un grupo. Pero Galiani era el único que venía a Montevideo, nos hablaba por videoconferencias, el único que nos daba explicaciones. Para todos, nuestro abogado era él.

También lo vio en Italia.

Tres veces. La primera fui a declarar en el juicio, citada por la fiscalía italiana. La segunda, fui a acompañar a mi abuela, citada como testigo por Galiani. En esos dos viajes, fui con familiares a los que les había tocado otro abogado. Pero en ambas ocasiones, el único que estuvo con nosotros fue Galiani. Él nos fue a buscar al aeropuerto, nos llevó a comer para preparar el juicio, nos reunimos en su despacho. A los otros abogados, recién los vimos en las audiencias. Eran todos desconocidos para nosotros, ya que nunca se habían reunido con los que eran sus clientes o testigos.  

¿Qué impresión le dio Galiani?

Es muy apasionado por lo que hace, detallista y perfeccionista al extremo. Yo no podía creer el conocimiento que tenía de todos los casos. Le decían el nombre de un desaparecido y él sabía todo, como un libro abierto. En las audiencias los demás abogados lo consultaban en forma permanente, incluyendo a Speranzoni, el abogado actual de Uruguay. Al regresar, comenté todo lo que sabía de la dictadura y de los desaparecidos. Era impresionante. Y al principio eso era compartido por todos: Galiani era grandioso y todos lo adoraban. Y todo lo que pedía, se le enviaba: miles y miles de documentos que se iban traduciendo y enviando.

¿Eso cambió?

Al comienzo los pedidos y los testigos eran de la fiscalía. No eran peticiones propias de Galiani. Pero cuando él empezó a pedir pruebas, todo cambió. Empezó a haber una reticencia. Algunos se pusieron en su contra, decían que no era sensible. Que a algunos testigos, que habían estado presos, secuestrados, torturados, los apretaba al momento de declarar. Que insistía.

Se dice que hizo llorar a una testigo.

Sí. Pero él decía que esas personas habían dicho en su despacho cosas que luego no refrendaban en la audiencia. Y él quería que lo dijeran todo. Capaz que había que tomar en cuenta las circunstancia de esas personas, pero él estaba tratando de llegar a la verdad. Los juicios son así. A una persona que fue víctima de una violación le preguntarán cómo fue y tendrá que recordar, revivirlo y seguramente va a llorar. 
En este tema de la sensibilidad, yo vi algo completamente opuesto. En las tres ocasiones que estuve allá, Galiani nos invitó a cenar a su casa, nos presentó a su esposa y a sus hijos, todo el tiempo estaba pendiente de nosotros. Yo lo comentaba acá y me decían; ah, pero con lo que él cobró, como para no irlos a buscar al aeropuerto e invitarlos a cenar. ¡Pero no tenía ninguna obligación! Vivía para el caso, casi ni iba a su casa. Y lo digo sin ningún interés más que llegar a la verdad y a la justicia, dentro de lo poco a lo que se podrá llegar. No tengo ningún vínculo con Galiani, no es mi amigo. Yo no lo recomendé. No lo conocía. Si él hubiera actuado mal, no tendría ningún problema en decirlo. Pero yo vi otra cosa, clara y permanentemente: un profesional dedicado absolutamente al tema, con un conocimiento de causa total, y actuando como un abogado de verdad. Yo trabajo en un ámbito jurídico, rodeada de jueces y abogados. Y él actuó como debía ante casos de secuestros y homicidios, no una investigación histórica. Porque si bien también es un suceso histórico, para los familiares son crímenes que deben ser sometidos a la justicia. Mataron a Ileana y Edmundo. Si mañana a cualquiera le matan a un familiar, va a ir a la comisaría y a la justicia. Es igual.

Galiani también quería citar a militares.

Sí, y estaba muy amargado e indignado, porque -según me relató- en el Ministerio se lo negaron. Le dijeron que no, que no le iban a proporcionar información y no los iban a citar. Que no estaban de acuerdo. Y él, desconsolado, me decía, que no era solo era una petición suya, también lo era de la presidenta del tribunal italiano que le había dicho: un juicio de una dictadura militar, sin testimonios de militares no tiene sentido. Y ahí se quebró el vínculo. Galiani pasó a ser sospechoso. Ya no era el ídolo máximo ni el mejor abogado de Italia. 

Galiani quería que declarara Pintado Otero y sostiene que él sabe dónde está enterrado su padre y otros desaparecidos

Sí. A mí nunca me quedó claro lo de Pintado Otero. En 2006, en el despacho de Eduardo Brenta en la Intendencia de Montevideo, Pintado Otero se reunió con Ruben Valls, el único de los GAU que no cayó en Buenos Aires. Allí Pintado dijo que sabía dónde estaba enterrado mi padre y que la vez anterior había tergiversado las cosas porque lo quería era dinero a cambio de su información. Porque él había sido muy perjudicado por lo que sabía, no tenía ningún recurso económico y tenía miedo de que lo mataran. Quería 300 o 350.000 dólares. Lo más concreto que dijo fue que tanto Elena Quinteros como mi padre están enterrados en el batallón 14, pero que él no iba a decir dónde hasta que se le pagara. Y que sabía dónde estaban más personas. Poco después, en el juicio en Uruguay, yo llevé La República y volví a sacar el tema. Guianze me dijo: ese tipo está loco, mirá si iban a mantener un prisionero tantos años, los mataban antes. Y si lo hubieran dejado vivo, mirá si un alférez se iba a atrever a matarlo. Al principio, creí que tenía razón. Pero este hombre sí declaró en el juicio de Elena Quinteros. Y yo me dije, ¿pero por qué en el de ella lo citan y en el de mi padre no? 

Por supuesto, un investigador como Galiani quiso interrogar a Pintado Otero

Sí, y le pidió a Guianze el modo de ubicarlo. Y Guianze, que tenía acceso a mucha cosa, le dijo que no tenía su número y que no sabía cómo conseguirlo. Todos sabemos que eso en Uruguay se consigue. Tanto es así, que Galiani lo consiguió desde Italia.  Y así hubo muchas otras cosas, según el relato de Galiani, porque yo no estaba presente. Pero él me las relató en el momento, no después. Pintado Otero le dijo a Galiani que él sabe dónde están varios desaparecidos y que él fue el quien le dijo a Javier Miranda los datos de dónde estaba su padre. Galiani lo llamó a Javier y le preguntó si era así. Y Javier le respondió que no recordaba quién había sido. Y esta respuesta inverosímil fue otro signo de que a Galiani se le estaban cerrando todas las puertas. Y se las cerraban porque él investigaba como hace un abogado, al que se le paga para resolver un crimen.

“Galiani estaba muy amargado e indignado, porque –según me relató– en el ministerio le dijeron que no le iban a proporcionar información (sobre los militares) y no los iban a citar”

¿Galiani le avisó al gobierno uruguayo de que Pintado Otero dice tener esos datos?

Sí. Me relató que le envió una carta al secretario de la Presidencia, Miguel Ángel Toma. Yo también pregunté en el grupo de WhatsApp que teníamos: ¿qué pasa con esto que dice Pintado Otero? Guianze me respondió otra vez que lo que dice no tiene valor porque está loco. Respondí que es probable que así sea, pero que me gustaría que eso lo determinara un juez, con la asistencia de un perito, de un psiquiatra. Me dijo que confiara en lo que me decía. Pero una persona con una formación jurídica no puede determinar si alguien está mal psiquiátricamente.

“Galiani llegó hasta donde nadie había llegado. Y yo, al vivir todo eso, volví para atrás y sentí que todo lo anterior había sido histórico- simbólico”

¿Galiani la interrogó a usted en Italia?

Sí, y me hizo notar algo que nunca había notado en los dos juicios anteriores, en Uruguay y en Argentina. En Uruguay fue en 2007, en el juicio del “segundo vuelo”. Fui a declarar. Entré en un box, donde había una receptora que me tomó declaración. Yo conté la historia del secuestro en Buenos Aires. El juez vino, nos saludó, muy amable, pero no hubo interrogatorio. Yo me fui satisfecha. Y el resultado fue bueno, en cierta forma, porque hubo condenas. La fiscal era Guianze, de quien yo tenía en muy alta estima, porque era a través de ella que accedíamos a la justicia después de tantos años. Era como una heroína. Pero no hubo un interrogatorio, ni una sola pregunta.
Cuando nos citaron por el juicio argentino, fuimos a declarar al consulado. Otra vez contamos toda la historia, por videoconferencia. La cónsul fue amorosa, nos dio un abrazo. Pero otra vez, sin ninguna pregunta.
En Italia en la audiencia me encontré frente a Galiani, a quien apenas conocía, y por primera vez me interrogaron. Fue una sorpresa muy grande. Yo repetí lo de siempre: “personas armadas vestidas de particular que dijeron ser policías” llegaron al edificio, le dijeron al portero que los acompañara hasta el apartamento de mis padres. Mis padres abrieron y ellos entraron. También conté como mis abuelos se enteraron de todo a través de una carta de un vecino. Y Galiani, anotando, me preguntó una cosa tan básica, pero que nadie me había preguntado nunca: “¿Nombre del portero y del vecino?”
Yo no sabía el del portero, pero sí el del vecino: Fausto Humberto Bucchi.
Galiani me preguntó si ellos no habían declarado en Uruguay y en Argentina. Le dije que no y él no lo podía creer. ¿Pero ellos vieron todo, vieron sus caras y nunca han declarado? No salía de su asombro. Entonces comenzó a buscarlos. Ubicó a Bucchi, logró que fuera ingresado como testigo y llevado a declarar a Roma. Y su testimonio fue mucho más preciso y detallado del que yo sabía. Él estuvo mucho rato sentado en el palier del edificio viendo a los que hacían el procedimiento, habló con ellos, vio bajar a mis padres. Gracias a su testimonio se supo que junto a mis padres secuestraron a Alfredo Bosco, que también estaba en el apartamento. Cuando Galiani supo que Bucchi había estado largo rato con los secuestradores, le acercó una carpeta con fotos de aquellos años de una cantidad de oficiales que pudieron ser parte del operativo. Bucchi dijo que podría reconocer al jefe, que fue con quien más había hablado. Y empezó a mirar las fotos y al final dijo que había reconocido al jefe. Era la foto de Tabaré Daners, que había sido comandante del Fusna. Galiani le preguntó si estaba seguro y dijo que sí. Le preguntó cómo podía estarlo, después de tantos años. Bucchi dijo que era un episodio que había marcado su vida, que nunca había vivido nada tan dramático, y que jamás iba a olvidar.
Galiani llegó hasta donde nadie había llegado. Y yo, al vivir todo eso, volví para atrás y sentí que todo lo anterior había sido histórico- simbólico. En cambio, Galiani tenía un ansia muy grande de aclarar esos asesinatos. Y sabía bien cómo hacerlo. Averiguó más y consiguió más pruebas de las que nadie había conseguido nunca. Hizo una investigación criminal, no histórica.

Pero perdió.

Sí, porque el tribunal consideró que la prueba -miles de hojas y decenas de testigos- no había sido suficiente. Pero el segundo tribunal, el de segunda instancia, superior y con más experiencia, se basó en la misma prueba y allí se ganó. Hay que explicar que en una segunda instancia no se llevan todos los documentos otra vez, ni vuelven a declarar los testigos. El fallo de segunda instancia, que fue favorable, se basó en un 99,99% en las pruebas presentadas en la primera. Dicen: Galiani perdió. Sí, perdió en primera instancia. Y también perdieron Speranzoni y todos los otros abogados. Y cuando se ganó en segunda instancia, ¿fue por esos dos o tres documentos que agregaron, que no dicen nada importante? No. Se ganó con la misma prueba. El tribunal de segunda instancia consideró que la prueba presentada era más que suficiente y condenó a cadena perpetua. Es aprovecharse de la ignorancia de la gente común decir que en primera instancia se perdió porque Galiani era malo y que en segunda instancia se ganó porque el nuevo abogado es brillante. Este segundo no hizo nada. ¡Uruguay ni siquiera apeló!

¿Cómo le cayó la derrota en primera instancia?

Me amargué mucho. Me enteré en lugar de trabajo y comenté: acá se acabó todo. Es imposible. Nunca va a haber verdad y justicia. Llamé a mi abuela y le dije que habíamos perdido. Y ella me respondió: “bueno, ¡pero nosotros vamos a seguir hasta el final!”. 

“Es aprovecharse de la ignorancia de la gente común decir que en primera instancia se perdió porque Galiani era malo y que en segunda instancia se ganó porque el nuevo abogado es brillante”

¿Cómo vivió el proceso de apelación?

Los familiares teníamos un grupo de WhatsApp llamado “Plan Cóndor”, donde también estaban personas vinculadas a los derechos humanos: Felipe Michelini, Javier Miranda, Ponce de León, Guianze. Todos habíamos quedado mal y preocupados. Y entonces se produjo la desaparición de esos políticos y referentes. No decían nada. ¿Se está haciendo algo por la apelación? Y nadie sabía nada. En un determinado momento yo pregunté puntualmente: “Javier, ¿qué pasa?”; “Felipe, ¿qué pasa?”. No tuve ninguna respuesta. Guianze tampoco.

¿Qué pasó luego?

Justo volví a Italia en un viaje particular, con mi familia. Galiani me pidió para reunirse conmigo, con mucha insistencia. Yo iba a estar tres noches en Roma y quería estar con mi familia, pero no me gustaba decirle que no a una persona que había tenido tantas atenciones con todos los familiares. Nos reunimos. Y él me mostró una carta del gobierno uruguayo, con la cual lo despedían. Y me mostró otra, de Almagro, en la que le decía que sabía que lo habían despedido, que lo lamentaba, y que él era testigo de todo su trabajo y de lo bien que lo había hecho. Era lo único que más o menos lo consolaba.
Yo le dije, Fabio, se viene la apelación y nadie dice nada. Él me respondió: yo no voy a decir que me cesaron. Ellos tienen que informarlo. ¡Lo habían cesado sin comunicárnoslo a los familiares! Yo me sentí muy indignada. Porque ellos me pusieron un abogado porque se les antojó y luego, cuando lo cesaron, no fueron capaces de avisarme. Me pareció irrespetuoso. Desprolijo. Galiani me preguntó; visto que los plazos se van, ¿tú querés que apelemos? Yo le dije que no podía pagarle. Me respondió que él ya había cobrado por el trabajo y que lo había asumido para llevarlo al final. Que no iba a cobrar. 

¿Aceptó y apeló?

Sí, pero al volver a Uruguay no dije nada porque él me pidió que no lo hiciera. Y seguí insistiendo en el chat. ¿Qué pasa? ¿No vamos a apelar? ¿Javier? ¿Felipe? Nada. Un día recibí una llamada del Ministerio de Relaciones Exteriores, de una funcionaria que estaba en el tema: “Soledad, me parte el alma esta situación, no sé por qué se está procediendo así. Si vos decís que yo te llamé, puedo perder mi trabajo, pero te quiero decir que a Galiani lo despidieron y que no se está haciendo la apelación”. Así terminó todo. Uruguay no apeló y ahora dicen “ganamos”. Me parece una real injusticia y una falta a la verdad total. Están jugando con el desconocimiento de la gente.  Toma dijo: él perdió, nosotros ganamos. Y no todo el mundo tiene la capacidad de analizar qué es cierto y qué no. Es muy injusto con el trabajo de Galiani. 

¿Por qué dice que todo alrededor de los desaparecidos es simbólico?

Siento que se lo ve como algo histórico, no como casos criminales concretos. Y al final todo es simbólico. Vamos a pedir la extradición de Tróccoli, pero se vencieron los plazos. Vamos a contratar a un abogado. Un italiano al que Uruguay le importa un bledo porque jamás en su vida lo pisó, y que va a hacer lo que se hizo siempre: un juicio, muy general, para decir que horrible que fueron las dictaduras de América Latina. Pero resultó que el hombre no era así. El hombre trabajaba de verdad y tenía una experiencia de años resolviendo homicidios. Entonces comenzaron los problemas con Galiani. Se dice hagamos los libros de historia y digamos qué horrible que fue lo pasó con los desaparecidos, y digamos que hay algunos militares presos. Pero si no estuvieran presos acá estarían presos en Argentina en cárceles de cuarta como cualquier preso común. Estar presos acá es un beneficio que se les dio, ya sea en Domingo Arena o en sus casas. No seamos tan inocentes. ¡Ahora justo apareció un cuerpo! Hace siete años que no aparecía uno. Y este estaba a apenas 50 metros del cuerpo de Fernando Miranda. ¿Tendremos que esperar cinco años más para que aparezca otro? Todo ha sido así. ¡Y la comisión que creó Vázquez y ahora disolvió, con la señora de la comunidad afrodescendiente! ¿Ella iba a investigar donde están los desaparecidos? Faltó que pusieran alguien de la comunidad LGBT. ¿Por qué no pusieron un investigador, un antropólogo, un detective, un historiador o un periodista? ¿Qué éxito iba a tener esa buena gente? ¿Qué hacían en la comisión? ¿Se sentaban a esperar que alguien viniera a hacer una confesión? ¿Cuántas confesiones recibieron? Entonces digo que todo es simbólico. Galiani fue el primero que se lo tomó en serio como lo que siempre debió ser: una investigación criminal. Y lo echaron. 

La carilla de la Comisión para la Paz
La Comisión para la Paz fue una más del rosario de frustraciones padecidas por Soledad Dossetti y su abuela.
“Estuvimos meses preparando el material para llevarles. Les llevamos un bibliorato enorme, todo organizadísimo, completísimo, con todo lo que teníamos, las declaraciones de Adriana Chamorro de punta a punta y millones de cosas. Todo lo que teníamos”.
Chamorro es una argentina que estuvo detenida en el centro clandestino conocido como El Pozo de Banfield y sobrevivió. Allí fue testigo de la presencia de muchos uruguayos que fueron sacados juntos para un traslado, supuestamente en avión, con destino preciso desconocido, entre los días 15 y 16 de mayo de 1978. Uno de ellos era Edmundo Dossetti.
“Un día nos llaman para decirnos que tenían nuestro informe y nos dieron día y hora para que fuéramos a Presidencia. Pasamos unos nervios pensando qué iba a decir el informe. Pensaba cómo se lo tomarían mis abuelos cuando nos dijeran que los habían tirado vivos desde un avión o lo que haya sido. Le dije a mi abuela que se vistiera bien elegante. Cuando llegamos estaban todos los familiares. Todos teníamos la misma hora. Entramos y nos dan a cada uno un sobre manila con una hoja enganchada. Yo miré el sobre y vi que estaba vacío. Disculpe, mi sobre vino vacío, dije. Y me respondieron que el informe era esa hoja. Todo el informe era esa carilla que estaba engrampada. Y lo que decía era un resumen mínimo, lo minimísimo de todo lo que nosotros les habíamos dado. Eso fue lo que trabajaron por años. Y mucha gente piensa que ya se hizo la investigación de los desaparecidos. Y que ya nos dieron los datos a  los familiares. Así fue siempre todo”.
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