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Trump y su apoyo al príncipe saudí: amigos del horror

Pese a las atrocidades de Bin Salman en Arabia Saudita, que preocupa a grupos de poder en Washington, Trump está decidido a seguir apoyándolo

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24 de noviembre de 2018 a las 05:03

Cuando en la madrugada del 2 de octubre el príncipe saudita Mohamed Bin Salman despachó a un comando de sicarios a Estambul para asesinar, descuartizar y disolver en ácido el cuerpo del periodista Jamal Khashoggi por sus artículos críticos del régimen, no imaginó que con ello desataría una indignación internacional como nunca habría causado nada de lo que Khashoggi pudiera haber escrito en varias vidas.

Ahora hasta sus aliados europeos —antes bien dispuestos a mirar para otro lado ante las atrocidades del régimen saudí— le han dado la espalda y condenan su joven tiranía. Lo único que lo mantiene en el trono de Riad es la voluntad del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, quien se niega a soltarle la mano a su aliado árabe ante el cúmulo de evidencias que lo incriminan y la multitud de voces que piden su cabeza.

Los varios grupos de poder en Washington han llegado a la conclusión de que es imposible sostener a Bin Salman (conocido por sus iniciales MBS) después del macabro homicidio que le dio la vuelta al mundo; y varios congresistas y senadores exigen ahora que la Casa Blanca lo haga responsable de sus actos. Hace unos días la CIA filtró a The Washington Post un informe en el que concluye, basado en fuentes de inteligencia propias, que Bin Salman ordenó el asesinato de Khashoggi. Y cita una conversación telefónica entre el periodista y el hermano de MBS, Khalid Bin Salman, actualmente embajador del reino en Washington, en la que este lo habría persuadido de acudir al Consulado en Estambul donde fue ejecutado.

Las fuentes de la CIA que filtraron la información al Post, y que luego se extendieron en una serie de detalles en sucesivas revelaciones a The New York Times y a The Wall Street Journal, lo hicieron en todos los casos bajo reserva de anonimato. Luego nada más ha trascendido; y la Central con sede en Langley, Virginia, se niega a comentar sobre el informe. Lo que ha puesto otra vez de manifiesto la guerra que existe al interior de Washington entre la CIA y el Departamento de Estado por un lado, y la Casa Blanca y el círculo rojo de Trump por el otro; señaladamente, su yerno Jared Kushner, mano derecha del presidente en temas de Oriente Medio.

Kushner, un joven empresario sin formación académica ni experiencia en política exterior, parece haber concebido una singular síntesis entre los intereses económicos de Estados Unidos en Medio Oriente y los asuntos de seguridad nacional. No que esta síntesis no hubiera guiado siempre las políticas de Washington hacia esa parte del mundo, sino que Kushner lo hace poniendo particular énfasis en las relaciones personales con los líderes de la región. Así, ha trabado estrechos lazos de amistad con el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, y muy especialmente con Bin Salman.

Se sabe que hablan a menudo por teléfono, y que en octubre del año pasado el estadounidense lo visitó en secreto en Riad, donde en una de las veladas se quedaron hasta las cuatro de la mañana hablando de política y planeando estrategias, según publicó en su momento el Post. Incluso The Intercept, el portal dirigido por el periodista Glenn Greenwald y que maneja información clasificada obtenida de filtraciones, llegó a publicar en marzo pasado que en aquella conversación se había mencionado a miembros de la familia real saudí desafectos al poder de Bin Salman que días después terminaron en la famosa purga del Ritz-Carlton de Riad ordenada por el príncipe.

Para nadie en Washington es un secreto que la idea de Kushner es mantener a MBS en Riad a toda costa. Y Trump, que además de escuchar a su yerno también basa las relaciones diplomáticas en el trato personal, parece conforme con esa idea. El martes 20, días después de la filtración de la CIA, el presidente emitió un comunicado “apoyando a Arabia Saudita” en el que afirma: “Lo más probable es que nunca sepamos todo lo sucedido en torno al asesinato de Jamal Khashoggi. En cualquier caso, nuestra relación es con el Reino de Arabia Saudita. Ha sido un gran aliado en nuestra importantísima lucha contra Irán”.

Astuto y fiel a su estilo, por otro lado les redobló la apuesta a los de la CIA: preguntado acerca del informe filtrado por la agencia, Trump dijo que era aún “prematuro” y que en los próximos días le estarían haciendo llegar un “reporte completo” de inteligencia. Y con su mejor cara de póquer, remató que el nuevo informe “dirá quién fue” (que cometió el crimen de Khashoggi).

Con esto descolocó a todo el mundo en Washington. Los agentes ya no se atrevieron a declarar sobre la existencia del supuesto nuevo informe; solo uno de ellos volvió a salir bajo anonimato para decirle al Post que no había tal reporte. Voceros del Consejo de Seguridad Nacional se negaron a comentar a los medios que les preguntaron al respecto, y todos los legisladores de las comisiones de inteligencia del Senado y de la Cámara Baja consultados dijeron no tener la menor idea del informe al que Trump aludía.

Queda claro, pues, que la intención del presidente es salvar a MBS. La pregunta es hasta cuándo podrá seguirlo haciendo.

La idea en la comunidad de inteligencia y, en general, en círculos políticos de Washington es favorecer otra línea sucesoria dentro de la Casa de Saúd para desplazar a Bin Salman. Nadie está proponiendo otra cosa que Arabia Saudita siga siendo una monarquía absoluta y una teocracia donde impera la sharía y una brutal represión interna. Tal vez solo una que como aliado no los avergüence tanto.  

Y aun si prevaleciera la voluntad de Trump, tampoco sería la primera vez que Estados Unidos respalde a Arabia Saudita en un trance de esta naturaleza. La última fue después de los atentados del 11 de setiembre de 2001, cuando se supo que 15 de los yihadistas que aquella fatídica mañana se habían cobrado la vida de miles de estadounidenses eran saudíes, y la indignación contra el reino se extendió de costa a costa como reguero de pólvora.

En realidad, han sido incontables las veces que Washington ha estado dispuesto a hacer caso omiso de las barbaridades del régimen saudí con tal de que el petróleo siguiera fluyendo, los negocios siguieran dando dividendos y Riad siguiera apoyando su política global. Del mismo modo, ahora Trump cita en defensa de Bin Salman, además de su condición de aliado en contra de Teherán, el hecho de que el príncipe se ha comprometido a comprarle armas por un valor de US$ 100 mil millones, o que invertirá US$ 450 mil millones en Estados Unidos.

Esa ha sido siempre la tónica de las relaciones bilaterales desde que el presidente Franklin Delano Roosevelt, recién salido de la Conferencia de Yalta en 1945, recibió al rey Abdulaziz Ibn Saúd a bordo del buque de guerra USS Quincy sobre las aguas del Canal de Suez: trato personal con el monarca, petróleo, negocios, armas y apoyo a las políticas de Washington. 

Primero el reino fue un importante aliado contra la expansión soviética en el marco de la guerra fría; luego y en paralelo, se convirtió en un dique de contención contra el panarabismo encabezado por el líder egipcio Gamal Abdel Nasser y, por último, contra el Irán de los Ayatolas y el avance del chiísmo. Pero tan importante como todo eso ha sido su valor estratégico como válvula reguladora del crudo, de los precios del crudo, de la estabilidad de los pozos petrolíferos y los embarques desde el Golfo Pérsico; y desde luego, por sus negocios e inversiones en las potencias occidentales.  

De modo que lo mismo que de Estados Unidos, puede decirse del Reino Unido, de Francia, de Alemania y hasta de España. Como la reciente ignominia del gobierno de Pedro Sánchez, quien en setiembre, tras haber suspendido su ministra de Defensa la venta de 400 bombas a Riad (después de la masacre de 40 niños yemeníes en un ómnibus escolar), el presidente cedió al chantaje de Bin Salman de que este suspendería en represalia la compra de cinco corbetas a los astilleros españoles. Sánchez le enmendó la plana a su ministra, envió las bombas a Arabia Saudita y tuvo el descaro de decir que no había encontrado “ninguna razón para no hacerlo”.

Esa ha sido siempre la historia del reino saudí: comprar impunidad con dinero y petróleo; a pesar de que lo que más ha exportado en su historia no ha sido crudo ni inversiones, sino terrorismo, fundamentalismo y muerte. No hay muchas razones para creer que eso vaya cambiar en el corto plazo, con Bin Salman o sin él. 

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