No es fácil comprender la atracción fatal que provocan los libros de Paulo Coelho. El autor ha vendido más de cien millones de ejemplares de la treintena de volúmenes que produjo y en su prosa la sutileza está siempre ausente. Sus metáforas se remiten a la tradición más pura de la cursilería universal. Su filosofía se reduce a una máxima todopoderosa: tú puedes, si quieres.
El manuscrito encontrado en Accra enarbola estas banderas hasta el límite de la exasperación. El libro ni siquiera pretende tener un argumento. Hay una introducción con un estilo seudo-borgeano en la que el autor explica que hubo una vez unos evangelios apócrifos y cuenta esa historia.
Cerca de donde fueron hallados esos evangelios, un arqueólogo inglés encontró otros manuscritos. Coelho conoció al hijo de ese arqueólogo y éste le mandó los textos, a lo que el escritor brasileño decidió publicarlos. Son consejos de vida dados por Copta, un sabio griego, en la ciudad de Jerusalén, sitiada por los cruzados en 1099.
Es evidente que Coelho no pretende que nadie se crea esa historia, sino que es solo un pretexto para empezar a dar lecciones en 19 capítulos.
Vive la vida
“¿Puede una hoja, cuando cae del árbol en invierno, sentirse derrotada por el frío?”, se pregunta Copta en el capítulo inicial. El sabio reflexiona que “solo es derrotado quien desiste. Todos los demás son vencedores”.
Después le preguntan sobre la soledad, pero resulta que la soledad es el complemento del amor y entonces, no te preocupes. Acto seguido alguien le dice que se siente inútil y el sabio lo convence de que “nada es inútil a los ojos de Dios”, y que “las pequeñas cosas son responsables de los grandes cambios”.
“Tengo miedo de cambiar”, le dicen al sabio. Y este replica, en síntesis, que “todo cambia”, y también hace una advertencia. “Observen la rutina: esta mata antes de tiempo”.
Cuando le hablan de la belleza, el sabio aprovecha para desmitificar una creencia en boga en Jerusalén en 1099 y que fuera retomada por Hollywood unos nueve siglos después: aquello de que no importa la belleza exterior sino la belleza interior. El sabio dice que “no hay nada más falso” y que la belleza exterior es muy importante.
Pronto el lector se entera de que la belleza exterior es un reflejo de la interior y de que los ojos son un complejo sistema de espejos, que no solo reflejan el alma propia sino también el alma del que los mira. Parece un poco confuso pero la moraleja es clara: sé tu mismo y ama todo lo que puedas.
Alguien todavía se atreve a preguntarle al sabio qué dirección seguir y este dice: "Sigue adelante teniendo como único guía al entusiasmo y respetando el misterio de la vida: su camino es bello y su carga es ligera".
Una mujer le dice que el amor le es esquivo y el sabio opta por contestar: “El mayor objetivo de la vida es amar. El resto es silencio”.
El tono y el ritmo del libro son inalterables. Tal vez el atractivo de un ejercicio como este tenga que ver con el carácter de Copta, un hombre que, como el propio Coelho, tiene el aplomo de quienes ignoran la duda.
Tal vez esa certidumbre sea contagiosa, convincente, para quienes se sienten en tinieblas y necesitan orientación.
Puede que las sentencias de este millonario incansable conmuevan algún alma confundida. Para mí su encanto es un misterio.