El “primer año” ya es pasado y el “nuevo gobierno” dejó de ser “nuevo”: la ventana del 2021 muestra un tiempo complejo para el presidente, que pondrá a prueba la popularidad lograda en todo 2020, y le exigirá una acción política en varios frentes a la vez.
Si el primer año es clave para cualquier gobierno, porque es donde cimienta su gestión quinquenal, el segundo es fundamental para afirmar las metas y el camino, para que la sociedad asuma el rumbo, comparta los objetivos y participe del viaje.
En el primer año la gente evalúa el desembarco en la casa de gobierno y el impulso para navegar; se valora cómo se ha tomado el timón y cómo se marca rumbo; pero en el segundo año la nave ya está mar adentro y se precisan certezas de que se va en sentido correcto, y sentir que al pisar tierra la postal será reconfortante.
Lacalle Pou convenció a propios y a ajenos de que estaba maduro para conducir el país, y para eso contó con paciencia popular por dos razones: la primera fue su acción inmediata y comunicación hacia la gente que dio confianza; la segunda fue que el mal había llegado del extranjero. El gobierno transmitió la sensación de que cuidaba a la gente, que la cuidaba del virus con medidas de protocolos, y que cuidaba –en lo posible– a la economía para no congelar todo y quedar asfixiados.
Ahora es otra cosa.
La paciencia tiene sus límites, la fatiga deriva en exigencias, y la gente que la pasa mal, y la pasará mal, es mucha. El empleo se recompuso, pero hay un núcleo duro que queda sin chance de reincorporarse a trabajo formal, el ingreso familiar perdió poder de compra por tercer año seguido, y eso genera presión.
Mientras se precisa una reactivación más rápida de la economía, la pandemia sigue presente y más dura y esa es la prioridad uno.
La última encuesta de Equipos Consultores (del 28 de noviembre al 6 de diciembre) reflejó que el respaldo siguió firme: 60% de aprobación, 20% de desaprobación, 17% de respuestas neutras (ni fu, ni fa), y 3% que no respondió. Eso fue ya cuando el virus se extendía mucho, pero no computó la peor parte del mes, con expansión general, ni tampoco el entrevero sobre gestiones por la vacuna.
El caso de un joven funcionario del MSP que envió un email a Pfizer para decir que a Uruguay no le interesa esa vacuna (al menos así se transmitió) es un sainete que deja mal parado a cualquier gobierno, más cuando pasa el tiempo y no hay anuncios concretos de una contratación cerrada.
Pero no hay encuesta en diciembre, por lo que nos quedaremos con esa última, que fue positiva.
Mientas, como en el videojuego del Super Mario, el presidente ha culminado con éxito el “nivel 1” y ahora debe comenzar el siguiente nivel, que no es más de lo mismo, sino que tiene mayores exigencias y requiere del uso de armas no utilizadas.
En 2020, fuera por decisión propia o por estar concentrado en “las perillas” de la emergencia sanitaria, el presidente rehusó el diálogo con la oposición.
Tampoco pareció utilizar con cierta regularidad la “movida política pícara” para tejer o desarmar alianzas legislativas. No es que no haya hecho eso, lo que obviamente para un político como Lacalle Pou es una tentación permanente, sino que confió bastante en la capacidad de articular entre legisladores de los partidos socios de la multicolor. Ya que esa coordinación parlamentaria marchó bien, se metió poco; salvo cuando tuvo que acallar el alboroto del desafuero a Manini.
Si el presidente lee esta columna, sonreirá pensando que el articulista ni se imagina las veces que levantó el teléfono, o escribió un mensaje de whatsapp, para picardías políticas, pero lo cierto es que si hubiera operado más, tendría aprobado en Diputados la ley de medios y evitado la votación del proyecto de ley antiforestal.
La visita a la casa del expresidente Vázquez en mayo fue un ícono de ambas cuestiones: expresar voluntad de diálogo y hacer una picardía política a la vez.
En el 2021 precisará de ambas acciones: conversar más, operar más.
Diálogo franco, en confianza, como un camino para acuerdos puntuales, sobre la base de “códigos” de respeto y conveniencia mutua. El Frente Amplio representa 40% de la ciudadanía, y aunque la izquierda haya gobernado 15 años sin tomar en cuenta a la oposición, un diálogo con los adversarios jerarquiza al presidente. Encuentros de ese tipo son buenos por sí mismo, y además contribuyen a reforzar la imagen del Uruguay como modelo de democracia.
No se trata de buscar “un gran acuerdo nacional” porque la gente votó quién iba al gobierno y quién a la oposición, sino de escuchar, de conciliar, de recoger ideas, y mantener una comunicación republicana.
Por otra parte, el presidente deberá apelar a “movidas políticas” finas, que combinen más “inteligencia” y acciones preventivas, disuasivas y proactivas.
La coordinación parlamentaria fue buena, pero muchos legisladores oficialistas tienen un desconocimiento de temas, que es preocupante. Desde la Torre tendrán que estar más y mejor informados de lo que pasa en el Palacio; y actuar.
En la ópera de Chaikovski sobre Iolanta, la hija ciega del rey Renato, ella no solo no veía, sino que no era consciente de su ceguera, porque para “protegerla” su padre impedía que le contaran que padecía ese problema, y prefería que ella creyera que todos vivían en la oscuridad. Pero al final el conde Vaudémont advierte a Iolanta sobre la verdad, y le cuenta sobre luces y colores. El rey enfurece, pero luego un médico moro cura a la joven de la ceguera y todo concluye con boda y celebración.
Siempre es mejor saber la verdad, siempre es mejor ver y entender, siempre es mejor estar abierto a la ayuda.