13 de abril de 2026 15:44 hs

Un tipo llamado Igor Khalatian entró un día a un Starbucks. Entró una mujer. En un cuarto de segundo, según contó él mismo en una entrevista, se quedó sin aire. No le habló. No la vio nunca más. Pero de esa escena, de ese instante, salió una tesis: si el cerebro humano puede decidir en un cuarto de segundo que alguien es tu tipo, entonces una máquina también puede aprenderlo. Con esa idea fundó una app de citas llamada Iris Dating. La entrenó con más de un millón de caras rankeadas. Hoy asegura predecir la atracción física con casi un noventa por ciento de precisión.

Dejá eso ahí por un segundo. Casi un noventa por ciento.

Wired acaba de publicar una nota que leí dos veces. Los agentes de inteligencia artificial, dice, vienen por tu vida amorosa. Iris es solo una de las apps que menciona. Están también Amata, Known, Ditto, Joey AI, Overtone. Algunas ya levantaron millones de dólares en rondas de inversión. La lógica de todas es parecida. Las apps de citas clásicas, Tinder, Hinge, Bumble, te mantienen swipeando para vender suscripciones. Estas nuevas te sacan del swipe y te llevan directo a una cita real. Según ellas, ese es el negocio verdadero.

La más radical del grupo se llama Amata. La fundó un francés, Ludovic Huraux. Funciona así. No hay perfiles. No hay fotos para swipear. No hay chat. Lo único que hay es una IA que hace de tu matchmaker personal. Te entrevista un rato largo. Después, en silencio, va y habla con otras IAs que hacen lo mismo por otros usuarios. Cuando las dos máquinas deciden que dos personas son compatibles, proponen una cena. Vos pagás un token de dieciséis dólares. El chat entre los dos humanos se habilita recién dos horas antes del encuentro. En Nueva York están organizando más de dos mil citas por mes.

Dos mil citas por mes en una sola ciudad.

Si sos de los que piensan que esto es un experimento de Silicon Valley para hipsters con plata, tengo más números. Un reporte de la app Hily de dos mil veinticinco encontró que el ochenta y dos por ciento de los usuarios Gen Z en Estados Unidos ya está usando inteligencia artificial de alguna forma para citas. Para escribir la bio. Para sugerir primeras frases. Para filtrar opciones. El ochenta y dos por ciento. No es una moda. Es el estándar silencioso.

Hay algo de esto que tiene sentido. La gente está agotada. Un paper publicado en Media Psychology el año pasado confirmó una cosa que ya intuíamos. Cuanto más perfiles mirás, peores decisiones tomás. El swipe infinito no te hace más selectivo, te hace más tonto. Lo llaman la hipótesis "more swipes, worse choices". Entonces, claro, aparece la IA ofreciendo salvarte de esa fatiga y suena, por un momento, como una buena idea.

Después vuelvo a la frase de Khalatian. Noventa por ciento de precisión en predecir la atracción.

¿En qué consiste ese entrenamiento de Iris? Cuando te registrás, la app te muestra montones de caras de stock, y vos le decís cuáles te parecen atractivas y cuáles no. Eso construye lo que ellos llaman tu "huella estética". Con esa huella, después, la app te muestra solamente perfiles que calcula que vos vas a encontrar atractivos y que, además, van a encontrarte atractivo a vos. A los perfiles donde no hay match mutuo previsto, los esconde. Es un filtro de belleza bilateral. Literal.

Hay algo en esa frase, la atracción es aprendible por una máquina, que me sigue dando vueltas en la cabeza. Porque si es cierta, entonces todo lo que vino antes del algoritmo queda convertido en ruido. Conocerse despacio. Sorprenderse. Enamorarse de alguien que en teoría no era tu tipo y que en la práctica resultó serlo. Esas historias son exactamente lo que la IA va a filtrar, porque, en la jerga de Silicon Valley, "no convierten". Baja tasa de éxito. Desperdicio computacional.

Hay una palabra que los críticos del fenómeno empezaron a usar y que me parece precisa. Homogeneización. Si todos dejamos que la misma IA nos escriba la bio, todas las bios van a sonar parecidas. Si todos usamos los mismos filtros de compatibilidad, todos vamos a terminar buscando lo mismo. Y las rarezas, las cosas raras y específicas que hacen que una persona sea una persona y no una categoría, son justamente lo primero que el algoritmo elimina. Porque las rarezas no convierten.

Ahora el costado oscuro. Hace un mes, la agencia AFP investigó una plataforma llamada MoltMatch. Está construida sobre OpenClaw, ese agente autónomo del que ya escribí. En MoltMatch, los usuarios conectan sus agentes de IA y dejan que esos agentes armen perfiles, escriban bios, busquen matches por su cuenta. La AFP revisó los perfiles más populares. Uno de ellos, "June Wu", tenía nueve matches activos. Las fotos pertenecían a una modelo real de Malasia llamada June Chong. Chong nunca usó una app de citas en su vida. Las fotos las sacó alguien de internet. Un agente de IA armó el perfil. Otros agentes estaban ligando con ese perfil. Todo por su cuenta. Cuando el periodista de AFP le mostró a Chong lo que estaba pasando, la respuesta textual de ella fue "really shocking".

Entonces pensemos la cadena completa. Arriba del todo están las apps clásicas, que ya sabemos cómo funcionan. En el medio aparecen los nuevos agentes tipo Amata o Iris, que prometen sacarnos del swipe y llevarnos al mundo real. Y en el piso de abajo, más profundo, están los agentes autónomos que ya empezaron a armar perfiles por su cuenta, muchas veces con fotos robadas, y a buscar otros agentes para matchear. Humanos arriba. Agentes en el medio. Agentes en el subsuelo conversando entre ellos. Y el porcentaje de personas reales en la ecuación baja cada mes.

Lo que me hace ruido de todo esto va a sonar sentimental, pero lo voy a decir igual. El amor nunca fue eficiente. Y creo que nunca quiso serlo. Los mejores amores de mi vida vinieron desordenados, en momentos horribles, con gente que no cabía en ningún filtro. Las mejores amistades también. Si le hubiera pasado mi perfil a un agente de IA, probablemente me habría ahorrado alguna decepción. Pero también me habría perdido lo que más me importa haber vivido. Y eso, ningún modelo predictivo lo puede medir. No porque sea místico. Porque no está en los datos hasta que pasa.

Huraux, el fundador de Amata, dijo una frase en una entrevista que me sigue dando vueltas. "No te enamorás en el mundo digital. Te enamorás en el mundo real." Es cierto. Pero la ironía es que él mismo está construyendo un bosque cada vez más denso de capas digitales para que vos puedas volver a lo analógico. Como si la ruta al mundo real pasara obligatoriamente por más inteligencia artificial. Cuando a lo mejor, la ruta al mundo real es simplemente salir a la calle y hablarle a alguien.

Hay un dato que aparece en una encuesta de Mashable de noviembre del año pasado y que merece su propia columna aparte. El cuarenta y tres por ciento de los usuarios encuestados dijo que se sentiría "traicionado" si descubriera que la otra persona usó mucha IA para escribirle. Traicionado. Es una palabra fuerte. La están usando para referirse a un chat de Hinge. Lo que dice ese dato, me parece, es bastante simple. La gente quiere que del otro lado haya alguien real. Aunque ese alguien sea más torpe. Más lento. Menos ingenioso. Aunque se quede sin saber qué poner después de "hola". Lo quieren real igual.

El riesgo verdadero de esta nueva ola de apps no tiene que ver con la privacidad, que ya se discutió mil veces. Tiene que ver con algo más básico y más raro de nombrar. Que terminemos terciarizando el momento más humano que hay, esa incomodidad específica de estar frente a alguien que te interesa y no saber qué decir. Que mandes un "tengo ganas de verte" escrito por una IA. Que del otro lado lo lea otro agente. Que dos humanos lleguen a una primera cita habiendo tenido cero conversaciones reales entre ellos. Que todo el trabajo lo hayan hecho dos máquinas hablando entre sí mientras vos dormías.

Eso ya es una feature. Amata lo ofrece así.

Y acá es donde me tengo que quedar callado un segundo, porque yo escribí cinco libros sobre tecnología, doy charlas sobre algoritmos, trabajo con inteligencia artificial todos los días. No soy un tipo que tenga miedo del futuro ni que piense que todo lo pasado fue mejor. Pero hay algo en esta etapa específica que me frena. Algo que me hace acordarme de que hay zonas donde la eficiencia no es una virtud. Son un síntoma.

Te dejo una pregunta y prefiero no contestártela yo. Si mañana aparece un agente capaz de elegir a la madre o al padre de tus hijos con un noventa por ciento de precisión, basado en métricas de compatibilidad que vos ni siquiera entendés del todo, ¿se lo dejarías hacer? ¿O habría algo adentro tuyo que diría que esto, exactamente esto, no?

Sospecho que la respuesta a esa pregunta está cambiando más rápido de lo que queremos reconocer. Y sospecho también que el día que mayoritariamente digamos que sí, algo importante va a haber terminado de romperse. No con estrépito. En silencio. Con una notificación de match.

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