1 de abril de 2018 5:00 hs
La democracia es siempre frágil, o al menos así deberíamos considerarla quienes hemos conocido directamente lo que es una dictadura y vivimos en esta América Latina tan propensa a dictaduras de derecha e izquierda. Por esa y por muchas razones más no cabe más que celebrar calurosamente la llegada del libro La llamada de la tribu, del cada vez más gigantesco Mario Vargas Llosa, que a medida que pasan los años mantiene la prosa prístina y se acerca más al ensayo y la reflexión política y filosófica.

El libro es una autobiografía intelectual, un repaso por los autores que lo han fascinado desde un punto de vista filosófico y político y por lo tanto nos ayuda a leer a través de su mirada a autores que muchas veces oímos mencionar pero no siempre tenemos oportunidad de leer en primera mano y en toda la extensión de sus libros.

Al mismo tiempo que es un libro de crítica literaria, es un manifiesto en defensa de la libertad, ese bien tan preciado que los Maduro, los Putin, los Trump amenazan de continuo y sueñan con doblegar para tener más fácilmente el manejo absoluto del poder a su antojo.
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En contraste con los insaciables del poder, el libro permite recorrer la vida y la obra de una serie de insaciables del conocimiento. Así desfilan ante el lector las vidas y las ideas de Adam Smith, José Ortega y Gasset, Frederich von Hayek, Karl Popper, Raymond Aron, Isaiah Berlin y Jean Francois Revel. El factor común es la defensa de la libertad, de la democracia, la renuncia a todo dogmatismo y la oposición a la tribalización de la sociedad. El impulso primitivo a anular el pensamiento crítico en pos de una lógica de grupos enfrentados a otros grupos.

El ensayo de Vargas Llosa permite además leer su propio pensamiento. Así al destacar el pragmatismo de Adam Smith, que admitía aranceles y trabas cuando protecciones temporarias lo requerían, apunta que "esa tolerancia que mostraba Smith para el adversario es quizás el más admirable de los rasgos de la doctrina liberal: aceptar que ella podría estar en el error y el adversario tener razón. Un gobierno liberal debe enfrenar a la realidad social e histórica de manera flexible, sin creer que se puede encasillar a todas las sociedades en un solo esquema teórico.

Es inevitable pensar en Uruguay al leerlo.

En parte el esfuerzo permanente que el escritor peruano apunta a desnudar las caricaturas a las que el liberalismo es frecuentemente sometido por sus enemigos. "No somos anarquistas y no queremos suprimir el Estado, queremos un Estado fuerte y eficaz que no significa un Estado grande, empeñado en hacer cosas que la sociedad civil puede hacer mejor que él en un régimen de libre competencia. El Estado debe asegurar la libertad, el orden público, el respeto a la ley, la igualdad de oportunidades".

Es inevitable pensar en Uruguay al leerlo. Desde la advertencia a los excesos del Estado a el énfasis en la importancia social de un sistema educativo eficaz que garantice la igualdad de oportunidades y "que asegure en cada generación un punto de partida común, que permita luego las legítimas diferencias de ingreso de acuerdo al talento, el esfuerzo y al servicio que cada ciudadano presta a la comunidad".
Las referencias a América Latina en ese sentido son ineludibles. "En sociedades tan desiguales como las del tercer mundo, los hijos de las familias más prósperas gozan de oportunidades infitinitamente mayores que los de las familias pobres para tener éxito en la vida".

Particularmente destacable es el análisis de la obra del austríaco Karl Popper, el filósofo de la ciencia, el conocimiento y de la historia, cuyo libro La sociedad abierta y sus enemigos Vargas Llosa considera junto a Camino de servidumbre de Hayek sus dos libros de cabecera.

El vienés que ayudó a refinar el método científico propuso que lo importante para que el progreso sea posible, para que el conocimiento del mundo y de la vida ses enriquezca, es que las verdades reinantes estén, siempre, sujetas a críticas, expuestas a pruebas, verificaciones y retos que las confirmen o remplacen por otras, más próximas a esa verdad definitiva y total (inalcanzable y acaso inexistente). Autor de una demoledora crítica a lo que llamó "historicismo" la pretensión de que la historia humana tiene un destino prefijado por leyes inmutables.

La llamada de la tribu permite además el acercamiento a la obra de autores menos conocidos en castellano como el letón Isaiah Berlin, un liberal receloso del laissez faire, la total ausencia de regulaciones quien decía no podía dejar de criticar la irrestricta libertad económica que "llenó de niños las minas de carbón".

El libro cierra con la obra del francés Jean Francois Revel y su advertencia sobre las fragilidades de la democracia, cuyos peores enemigos no son externos sino cierta clase intelectual siempre dispuesta a justificar el fracaso de gobiernos autoritarios y a atacar a la libertad como principio.

Merece ser leído de un tirón, algo a lo que la fluidez de escritura de Vargas Llosa siempre invita. Pero a esa calidad de estilo, agrega una lucidez que parece no parar nunca de crecer. Al menos para quien escribe, que coincide con él en que "la doctrina liberal es el símbolo de la cultura democrática –la de la tolerancia, el pluralismo, los derechos humanos, la soberanía individual y la legalidad– el busque insignia de la civilización."

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