Fútbol > LOS DE ABAJO

Un retiro espiritual, un clásico que lo marcó y la ilusión de subir con Rentistas

Bernardo Long, arquero que defiende a Rentistas, repasó increíbles anécdotas de su carrera 

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02 de diciembre de 2019 a las 05:01

Los jugadores de Deportivo Quito corrían entre la selva, descalzos, sin luz y con bichos que los picaban. A las cinco de la mañana de ese fin de semana de 2015 un hombre –“tipo chamán”, de esos que dicen tener capacidades sobrenaturales– pitaba fuerte y les gritaba a los jugadores que se levanten porque tenían que comenzar con el ritual espiritual que los fortalecería para salir de la zona del descenso. Uno de los que no podía creer lo que estaba haciendo era Bernardo Long, el actual golero de Rentistas que ese semestre jugó en el exterior por primera vez en su carrera.

Tras esa recorrida por el bosque –“lindo, con pila de fauna”– detrás de un guía sueco, los jugadores llegaban a un río y allí tenían que reflexionar. El día comenzaba tan temprano porque a esa hora hasta los peces estaban descansando. Recién después de las tareas de “reforzamiento espiritual” –que buscaba sacar a los jugadores de su zona de confort–, los futbolistas iban a entrenar.

También se hacían rondas alrededor del fuego en las que invocaban a “todos los dioses” y esto generaba problemas con los jugadores ecuatorianos que “son muy cristianos” y que “se daban vuelta y se iban” cuando esto sucedía. La última noche, “para tener abundancia”, los futbolistas tenían que enterrar en la tierra chocolates, flores, frutas, verduras. “Nosotros pedimos cosas, pero tenemos que darle a la madre tierra también”, era la justificación.

A Long lo marcó este recuerdo. “No podía creer que con la situación que estábamos, con la pobreza que teníamos, nos hicieron hacer eso”, cuenta a Referí. Porque su experiencia en ese equipo de Quito no fue buena por los “problemas económicos impresionantes” que padeció.

El golero llegó en julio a Ecuador y en octubre ya se quería volver porque no tenía plata: solo cobró uno de los seis meses que estuvo. Long no podía ni pagarse el apartamento en el que vivía, pero su familia lo convenció de que se quede hasta que termine el semestre.

Deportivo Quito, cuenta, desapareció institucionalmente por no pagarle las deudas a los futbolistas y, como el equipo se quebró, nunca pudo cobrar lo que le debían. “Fue un clavo, pero de todo se aprende”.

Pero, más allá de los problemas económicos, Long no la pasó horrible. Encontró que Quito es una ciudad “espectacular”, pese a ser poco nombrada para el turismo. Además, estaba con Martín Bonjour, con quien había sido compañero en Rampla Juniors. También destaca el buen juego que tenía la liga ecuatoriana y quedó conforme con los buenos partidos que tuvo.

Las marcas de un error

Long se lleva la mano a los pies como si tuviera una pelota imaginaria y recuerda aquel gol que le hizo Cerro en el primer clásico de la Villa que jugaba como titular y que hizo que el buen rendimiento que tuvo en ese partido sea empañado. “La atajo, pero me queda en el pie y (Gonzalo) Mastriani le pega al pie y a la pelota. Jorge Larrionda no cobró nada”, describe.

El golero se fue con una “sensación encontrada” de ese partido porque tuvo un buen rendimiento, pero “quedó la duda” sobre su reacción en el gol. El Observador escribió que hasta el momento del gol, “Long había salvado en varias ocasiones su arco. Si el encuentro estaba 0-0 era en buena medida por las excelentes tapadas del golero rojiverde. Ese partido le dejó la certeza de que estaba “la altura de jugar”, dice.

El coloniense confirmó que los clásicos entre Rampla y Cerro se viven “re apasionados”. Cuenta que los lunes previos al partido ya se sienten los hinchas diciendo que hay que ganar, que contra los albicelestes no se puede perder. Long –que le tiene “pila de cariño” al picapiedra– nunca pudo ganar un clásico con esa camiseta en Primera división.

La anécdota del gol de Mastriani demuestra esa particularidad de los goleros de estar “al borde de la equivocación o de la virtud” y de la “responsabilidad grande” que tienen en la cancha. “Con el paso de los años lo aceptás un poco más, pero cuando sos más chico lo vivís con más tensión”, explica Long que con el paso de los años ha aprendido a no “darse manija” con esas equivocaciones y a “echar para adelante” lo que resta de partido luego de un error.

Long llegó a Rampla desde Atlético Valdense, el equipo en el que se formó en Colonia Valdense y donde debutó con solo 15 años. Él fue a vivir a Montevideo cuando terminó el liceo y comenzó la facultad de Comunicación de la Universidad de la República. “No me gustaba porque buscaba algo más relacionado a lo deportivo. Iba a mi casa y estaba re bajón”, confía.

Su sueño era jugar al fútbol, pero no tenía contacto con gente que estuviera relacionada al deporte: su padre es escribano y su madre peluquera. Al año siguiente dejó la facultad, consiguió para probarse en la Tercera división del picapierda y rápidamente llegó a Primera.

Un susto con buen final

“¿Dónde nos metimos? Mañana agarro las cosas y me voy”, le dijo Long a su padre. Acababan de llegar a Guatemala, donde estaba el nuevo equipo del golero, pero el panorama era extraño. El presidente del Deportivo Guastatoya lo había ido a buscar al aeropuerto, pero para afuera del vehículo solo veía todo oscuro y gente armada, algo común en el interior de ese país de Centroamérica.

–No, tranquilo. Vamos al hotel y mañana conocés a tus compañeros –le respondió su padre que lo acompañó en esa segunda salida al exterior por la incertidumbre que le generaba el nuevo país.

Pero el otro día fue distinto. Long se quedó e hizo un buen año con ese equipo guatemalteco y se conformó con su rendimiento. Se encontró con una ciudad muy calurosa –“muy parecida al Chuy”–, donde hacían “días divinos”.

Esta salida al exterior no tuvo los problemas económicos que padeció en Ecuador o en algunos equipos de Uruguay. Allí siempre cobró al día, podía ahorrar dinero –solo gastaba unos US$ 200 que le permitían vivir bien–, le dieron un apartamento y podía gastar unos $6.000 uruguayos en el supermercado del presidente de club.

Long estuvo un año en Gustatoya, luego pasó al fútbol uruguayo, pero, tras pasar por Racing y Rentistas, volvió a ese país para jugar en Xelajú, de la ciudad de Quetzaltenango, que era más grande y más cara. Esta vez viajó solo.

En estos dos equipos centroamericanos el golero la pasó bien y de ambos de volvió porque él quería por temas personales. De Xelajú tuvo que dejar dos sueldos más una prima para rescindir el contrato.

Entonces volvió a Uruguay con la ilusión de que un equipo de A lo llame, pero no le pasó. Entonces le salió lo de Rentistas, un equipo en el que ya estado un año antes y en el que “había andado bien”. En el bicho colorado está teniendo un buen año, pero falta coronarlo. El equipo busca el tercer ascenso en dos finales ante Villa Española.

Long tiene 30 años y siempre aspira a más. Le gustaría jugar en un equipo grande del futbol sudamericano, “que pelee cosas importantes”. Destaca que siempre ha jugado como titular y que “lo importante es seguir en actividad”. Pero también sabe que en su puesto solo hay lugar para uno. Otra de las particularidades de ser golero.

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