Opinión > EDITORIAL

Una apelación desesperada

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19 de noviembre de 2019 a las 05:01

La apelación a la crisis del 2002 en la campaña electoral agita elementos de una memoria selectiva que apuesta a un discurso anclado en el peor pasado de la historia contemporánea y que condiciona a quien lo utiliza.

El candidato oficialista Daniel Martínez dispara al aire los últimos tiros de su cargador en la recta final de la campaña buscando pegarle a un blanco que parece no encontrar por ningún lado.

A una semana de la segunda vuelta, la superposición de mensajes que emanan del presidenciable del Frente Amplio se caracterizan por la ausencia de un rumbo claro y de una estrategia coherente.

En esa línea le plantea a la población recursos como la promesa de la creación de 90 mil puestos de trabajo, cuando antes había criticado al precandidato Juan Sartori que había prometido 100 mil o, peor aun, agita el fantasma de la terrible crisis del 2002.

“El dogmatismo llevó a Uruguay a la peor crisis en los últimos 60 años, que fue la de 2002. Eso no es chiste, no fue casualidad, o fue que Argentina se cayó. Argentina está peor que en 2001 y sin embargo Uruguay se enteró un poco. No es echar miedo, es que pensamos que sinceramente eso puede volver a pasar por dogmatismo, una falta de visión pragmática y una forma de hacer política que nos preocupa”, sostuvo Martínez.

La crisis del 2002 fue la más dura de la historia reciente. El país colapsó y la gente sufrió como nunca. Fue gracias a la conducción de un político curtido como Jorge Batlle, un ministro de Economía respetado como Alejandro Atchugarry, el apoyo de la hoy denostada coalición de colorados y blancos, la cooperación de algunos sectores del PIT-CNT, el préstamo de George Bush y un sistema político opositor –que incluye al Frente Amplio– que entendió lo grave de la situación que estaba en juego, que Uruguay pudo salir adelante y en pocos años.

Ya en 2004 los índices económicos estaban en alza. Luego llegó la alternancia necesaria en el gobierno con el triunfo de la izquierda, que continuó con el envión que comenzó en los últimos años del gobierno de Batlle.

Con el paso del tiempo resulta evidente que en ese momento Uruguay tenía que unirse para evitar el precipicio. Que no quedaba más remedio que hacerlo. Y lo hizo. Tan bien se consolidó la superación a la uruguaya de la crisis que el propio presidente electo de Argentina, Alberto Fernández, pone en todos lados la salida uruguaya del 2002 como ejemplo a imitar.

Por eso resulta llamativo que Martínez apele al recuerdo del nefasto 2002 para agitar miedos, revolver temores pasados y pronosticar futuros negros ante un eventual triunfo de la coalición multicolor liderada por la fórmula Lacalle Pou-Argimón.

Dentro de sus propias filas y en el movimiento sindical se han desmarcado de este mal augurio, tal como lo han subrayado el vocero de la campaña, Yamandú Orsi, quien enfáticamente sostuvo: “No. El Frente Amplio dejó las bases para que esto no pasara” o hasta el secretario general del PIT-CNT, Fernando Pereyra, quien dijo que no ve las condiciones para que la historia vuelva a repetirse.

La apelación al 2002 suena inverosímil y rebuscado en un Martínez que algún día se presentó ante la ciudadanía con un discurso innovador y articulador para ser presidente.

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