Después de ver la película Filadelfia o la más reciente Dallas Buyers Club, leer Salón de belleza sirve para rebatir una vez más aquella idea tan arraigada como falsa de que una imagen vale más que mil palabras. Lo que en esas películas se diluye y se pierde en la observación de las actuaciones y la mano del director, en tal o cual plano, o en esa música particular que remarca una escena, no sucede en esta sólida novela de Mario Bellatin, que es como un golpe directo a la boca del estómago.
En esta obra –publicada originalmente en 1994– no hay un solo nombre propio, ni un lugar concreto, ni nada que se interponga entre el lector y la historia. La brevedad del texto también ayuda a que no haya espacio para digresiones o largos planos secuencia. Como los ejemplos citados, aunque sin nombrarlo en el caso de Bellatin, el eje del libro es el sida, enfermedad de la que hoy se habla mucho menos que antes y que ya no figura en las campañas televisivas de concientización.
Lo que hoy parece un tema superado era en los noventa el pan de cada día. Y es en esa época y aun un poco antes, cuando se vieron los mayores horrores, que no eran las muertes en cadena, sino la discriminación más feroz que se haya visto, la impotencia colectiva ante lo incurable y hasta el temor al fin de la humanidad dadas las características del contagio y su proyección geométrica.
De todo ello habla el autor a través del narrador protagonista, un peluquero homosexual que decide transformar su local comercial en un moridero, un lugar adonde los enfermos van a pasar sus últimos meses de vida. Al mismo tiempo, como alegoría, reflejo paralelo o espejismo, se dedica a criar peces de diversas especies, que viven, se canibalizan y mueren al mismo tiempo que los pacientes.
Los "portadores del mal", por su parte, no tienen voz ni voto. No hay diálogos en la novela, ni ninguno realiza alguna acción concreta, salvo morirse o aullar de dolor de vez en cuando. Entre otras cosas, porque ya han dejado de ser para convertirse en otra cosa, en entidades que esperan en el limbo el pasaje al otro lado.
La comunidad (el Estado) tampoco figura, salvo cuando se expresa el rechazo de los hospitales a recibir esos pacientes, la policía que se dedica a usar gratis cada noche los servicios de los travestis de la ciudad o algún médico que se arrima al lugar para luego desaparecer rápidamente.
El clima se vuelve entonces sumamente opresivo, como si todo sucediera realmente dentro de una de las peceras que tiene el protagonista. Se trata de morir en compañía y no solo, debajo de un puente, a merced de todo. El caso del muchacho adinerado que es abandonado por su familia es un ejemplo de desdicha absoluta y al mismo tiempo la justificación del peluquero para cada una de sus acciones, a cual más loca.
Es espectacular la descripción de los baños turcos a los que va el peluquero para tener sexo, la escena donde la peluquería es atacada por una horda de ciudadanos que no quieren un lugar así en el barrio o cuando comienza a eliminar los espejos otrora fundamentales para la peluquería y ahora transformados en atroces construcciones borgianas para los enfermos y él mismo.
Hay que resaltar también la habilidad del autor para no caer nunca en el terreno de la lágrima fácil, en no conmoverse en adjetivos a pesar de que está profundamente consustanciado con la historia que narra. Porque importa mucho que sea una novela dura pero no triste, cruel pero no maliciosa, concreta pero universal.
Salón de belleza conserva intacta la fuerza de antaño.
Ficha
Salón de belleza
Editorial: Alfaguara
De: Mario Bellatin
Páginas: 91
precio: US$ 10 (solo e-book)