Llegó el fin de una campaña electoral insustancial y de poco entusiasmo para elegir este domingo 27 en primera vuelta la fórmula presidencial y los miembros del Poder Legislativo para el próximo período de gobierno.
Llegó el fin de una campaña electoral insustancial y de poco entusiasmo para elegir este domingo 27 en primera vuelta la fórmula presidencial y los miembros del Poder Legislativo para el próximo período de gobierno.
Las campañas siempre despiertan expectativas en el país, aunque en general –por lo menos en las últimas tres elecciones nacionales– suelen dejar un sabor amargo por el bajo nivel del debate.
Pero esta vez llamó aun más la atención por el papel protagónico del chisporroteo político en mensajes para digerir en el diminuto tiempo de un fósforo encendido –principalmente por las redes sociales, pero no únicamente– con el ánimo de denostar al adversario y esquivar las discusiones de fondo acerca de los asuntos públicos en los que objetivamente enfrentamos problemas y que tenemos que resolver si queremos mejorar como sociedad.
Ni el tan esperado debate presidencial entre Daniel Martínez (Frente Amplio) y Luis Lacalle Pou (Partido Nacional) evitó el contenido anodino de una campaña desinflada.
Incluso hasta los momentos más interesantes de la campaña se terminaron desdibujando por una caricaturización de la realidad.
Uruguay no camina por ninguno de los círculos del infierno de Dante, pero estamos muy lejos de disfrutar de un jardín acogedor para todos, una dicotomía falsa, propia de una campaña en la que la verdad de las cosas, que surge de la evidencia y del intercambio razonado, ha quedado obnubilada por ideas dominadas por las emociones, lanzadas por la mirada corta de juntar votos.
Hubo sí algunas discusiones interesantes, pero en general fueron la excepción a la regla de la grisura que dominó el ambiente electoral, pese al estímulo por la irrupción de nuevos liderazgos y nuevas opciones electorales.
La incertidumbre por el resultado electoral parecería que solo enturbió el juego limpio y sincero, y cejó los argumentos.
La ausencia casi total de asuntos importantes como la inserción internacional del país, la voluntad o no de impulsar acuerdos comerciales de libre comercio, la opinión de los postulantes acerca de la orientación que el presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, quiere para el Mercosur, nos habla de una campaña algo pueblerina.
Pero incluso en algunos de los desafíos domésticos hubo sabor a poco o solo expresiones de deseo.
Por ejemplo, la ausencia de ideas acerca de cómo empezar a resolver la arraigada tendencia del deterioro de la relación entre activos y pasivos que representa una hemorragia fiscal imparable en el financiamiento de la seguridad social, una de las caras más amargas del déficit fiscal estructural.
O qué sistema educativo necesitamos no solo para la mejora de la productividad y la creación de empleos potentes, sino también para dar una respuesta seria a la pérdida de puestos de trabajo por el avance de la tecnología.
Es muy probable, según surge del conjunto de las encuestas, de que el resultado electoral de este domingo 27 confirme que habrá balotaje el 24 de noviembre.
Esperamos que, en la eventual campaña de cara a la segunda vuelta, los candidatos protagonicen una contienda de calidad y que la energía puesta en artimañas se utilice para explicar con claridad las reformas clave de la próxima administración y cómo creen que lograrán gobernabilidad en un gobierno en minoría.