El olor de las flores inundaba la sala velatoria de Agadu, cuando el cuerpo de Carlos Páez Vilaró estaba casi solo, rodeado de unas pocas personas. Pero pasadas las ocho de la noche el murmullo se hizo cada vez más fuerte. La gente comenzó a acercarse, y unas cincuenta coronas, llegadas de todas partes, rodearon enseguida el féretro.
Una colorida y acongojada despedida
En el velorio de Carlos Páez Vilaró, el colorido de las flores y de su obra contrastaban con el sentimiento de quienes se acercaron a despedirlo