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Una novela con ironía y absurdo retrata la aristocracia belga

El crimen del conde Neville, de Amélie Nothomb, demuestra la capacidad de reinventarse de su autora

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26 de febrero de 2018 a las 05:00

Una de las principales virtudes literarias de Amélie Nothomb es su capacidad para reinventarse en cada novela que publica. Aunque siempre habla de las mismas cosas, lo hace a través de libros que son muy distintos entre sí, lo que provoca en el lector la sensación de ya haber leído algo parecido pero nunca igual.

Los ecos de la infancia que se reflejan en el presente, los abismos de la sociedad japonesa, la lucha de las mujeres para hacerse un hueco en la historia, la batalla sin fin por ser trascendente en un mundo frívolo y la distancia que separa a un ser humano de otro, son algunos de sus temas preferidos a los que siempre recubre con un barniz alegre y desenfadado, marca registrada de la casa.

Menos conocido tal vez es su talento para reescribir historias ya contadas, como lo hizo en la estupenda Barba Azul y como lo vuelve a hacer ahora con El crimen del conde Neville, relectura y homenaje a El crimen de lord Arthur Savile, de Oscar Wilde.

Se trata, entonces, de una comedia ligera que, como las del escritor inglés, esconde bajo la superficie más de lo que se muestra a primera vista. La ironía despiadada cae sin cesar sobre una nobleza belga en plena descomposición que ya no sabe cuál es su lugar en el mundo, ni qué hacer con sus tradiciones y costumbres.

Esa aristocracia está representada en la novela por el conde Neville y su familia, que viven en un castillo venido a menos y a punto de ser rematado por los problemas financieros que aquejan al padre, su mujer y sus tres hijos. De este quinteto hay que advertir que solo importan Sérieuse, la menor de los hermanos, y su padre, dos extremos de una misma madeja.

El libro comienza con una anécdota menor que deviene en una brutal profecía mcbethiana, cuando la hija es rescatada del bosque donde decidió pasar la noche por una vidente, que luego de entregársela a su padre le pronostica que en la fiesta que está preparando como despedida del castillo, el conde asesinará a alguien.

Lo que sigue es un retrato despiadado de una clase social en decadencia, a través de imágenes sugestivas, como cuando la autora señala que en los retratos de los antepasados que cuelgan de las paredes del castillo se observa que cada generación es un poco más de flaca que la anterior. Una estirpe para la que el principal problema del mundo es que Venecia se hunde, sin remedio, cada día un poco más.

Dardos de este tipo vuelan constantemente a través de las páginas de esta novela que se vuelve gótica cuando la hija, enterada de la profecía, le pide al padre que la mate a ella, ya que no soporta su propia adolescencia y los cambios que esta le produce a su mente.

A partir de ese momento lo que prima es el absurdo que se manifiesta de mil maneras. El conde, por ejemplo, averigua con un experto las ventajas y desventajas de matar a un desconocido o a un conocido, y recibe la respuesta de que eso no importa, ya que lo que pesa es que el asesinato sea sin motivo alguno, lo que le otorga verdadero glamour al crimen.

Lo bueno es que Nothomb, en pleno despliegue de su arsenal humorístico, se reserva algunas páginas para hablar seriamente sobre el peso del pasado que atormenta al conde Neville y sobre el destino aciago de una clase social acostumbrada a obedecer (sean profecías o tradiciones) que no sabe qué hacer en un mundo que gira cada vez más hacia el individualismo y un nuevo libre albedrío que solo produce angustia en esas criaturas acostumbradas a hacer lo mismo generación tras generación.

El final, previsible y algo abrupto, le juega en contra a la novela porque la transforma en una sátira con moraleja. Pero no evita, en última instancia, que este último trabajo de Amélie Nothomb se disfrute como cualquier otra pieza suya.

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