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Una sociedad de falsos títulos

Los sindicatos de la educación existen solamente para defender los derechos laborales de sus trabajadores y esto con limitaciones, por tratarse de una función esencial del Estado

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05 de septiembre de 2017 a las 01:33

Como se debería recordar, cuando Stalin aplicó el marxismo en la Unión Soviética sobre la que imponía la más feroz dictadura de la historia, se encontró con que los niños y los jóvenes no digerían las nuevas ideas porque la educación que les daban sus familias “reaccionarias” se oponía a la indoctrinación a que el sistema pretendía someterlos. La solución que encontró fue la de separar a los niños y púberes de sus padres, ponerlos bajo la custodia del Estado y allí formarlos a su antojo. De paso, asesinó a un buen número de padres que se resistían a esa medida y que eran denunciados por sus propios hijos como opositores al régimen.

El estrepitoso fracaso del ideario económico marxista y su dictadura inherente a todo sistema de planificación central, pareció dar por terminada la discusión sobre cuáles eran los caminos económicos y políticos válidos para las sociedades modernas. El comunismo totalitario, antidemocrático, había caído. Reinaría ahora la democracia capitalista, con nombres y variantes adaptados a cada sociedad, aunque esencialmente de una misma vertiente.

Pero el marxismo es resiliente. O para más precisión, los marxistas son resilientes. Es que el placer de sentirse capacitado para tomar las decisiones de vida de cada individuo, disponer de sus recursos, determinar a quién ayudar y a quién fundir, no estar sometido a ningún control, no ser penado por ningún error o falla –siempre culpa de algún vago enemigo– y ocuparse minuciosamente de fijar todos los precios y volúmenes de producción de todos los productos cada día, resulta un afrodisíaco poderosísimo.

Entonces desempolvaron los libros e ideas de un pensador y periodista calabrés, Antonio Gramsci, que, en vez de los formatos estalinistas, proponía en esencia copar la democracia cooptando al periodismo, la cultura y la educación. Una vez obtenida la deformación conceptual y la deseducación o una educación deformada y precaria, sería fácil para el marxismo acceder al poder dentro de un sistema democrático, para cambiarlo luego a gusto y paladar. Todos los baches serían llenados por la variante sociológica del materialismo dialéctico que hoy se conoce como relato o posverdad.

Este introito es para fundamentar por qué el trotskismo, brazo de combate del marxismo de hoy, trata primero de secuestrar y luego sabotear la educación en todo lugar donde se lo permiten. Es fundamental, siguiendo la línea gramscista, que la sociedad no sea educada, para así debilitar la condición sine qua non de la democracia. Es necesario el populismo y los reclamos absurdos, la incapacidad intelectual y laboral que provoca la ignorancia, a la vez que desestimular cualquier idea de ahorro, progreso económico individual o esfuerzo adicional para conseguir una mejor situación personal.

Por eso resulta tan preocupante cuando un gobierno, un Estado o una sociedad –o todos ellos– permitan que los gremios paralicen la educación, la condicionen, la deterioren con cualquier medida o la desvirtúen. Un país inteligente no debería esperar eventualidad alguna para declarar la esencialidad de la educación. Debe tener una esencialidad constitucional.

Mucho más grave es cuando esos sindicatos, casualmente siempre de inspiración o subordinación trotskista, deciden que están capacitados para opinar sobre horarios, currículos, métodos de enseñanza, planes de estudio, sistemas de evaluación y exámenes, repetición, retención, calificaciones, grados de inclusión y excelencia, mecanismos de financiamiento, y contenidos, que deben ser exclusivas e irrenunciables atribuciones de los gobiernos y legisladores elegidos democráticamente, a través de las instituciones especializadas.

Los sindicatos de la educación existen solamente para defender los derechos laborales de sus trabajadores y esto con limitaciones, por tratarse de una función esencial del Estado. Limitaciones aún mayores que las de cualquier sindicato de albañiles, futbolistas o ejecutivos bancarios, que no están habilitados para cambiar las reglas del arte, del fútbol o de la tasa de redescuento.

La ocupación de la educación que hacen los gremios está en camino de hacer que los títulos de la enseñanza sean todos considerados falsos. Meros formularios burocráticos en los que nadie cree. Y eso vale para la enseñanza primaria, liceal o superior. Las pocas evaluaciones que se hacen –y las muchas que no toleran hacer los gremios– muestran que los títulos y diplomas significan cada vez menos. Se nota cuando las empresas seleccionan personal de cierta importancia o ejecutivos y profesionales de todo tipo. Lo que era una característica única y diferencial positiva, se ha diluido en el manoseo gremial y en el sabotaje y presión sistemáticos –dentro del gobierno y en la calle– del sindicalismo y el marxismo en todas sus formas a cualquier mejora o corrección que se intente.

Ni siquiera tiene sentido clamar la importancia de la educación en el mundo laboral. Basta hablar de su importancia para la dignidad humana. Y en un escenario de ética en fuga, la influencia de la formación profesional en el fortalecimiento de los valores éticos. Una sociedad en que una vasta mayoría de niños y jóvenes tiene tales deficiencias educativas, no tiene futuro.

No se trata de propugnar el enciclopedismo, sino de lograr que los niños al terminar la primaria tengan un mínimo de conocimientos elementales. Que al terminar el liceo tengan una mínima formación que no tienen. Que al obtener un título terciario o universitario ese título garantice su capacitación, mérito y formación. Lo que cada vez ocurre menos.

En Argentina, que suele exportar sus estupideces a Uruguay, se vive ya en plenitud este drama. La educación pública es un relato más. Los títulos del Estado no tienen valor, y lo que certifican es falso. Y curiosamente, los únicos que pueden tener acceso a una educación razonable son los que pueden pagar el sistema privado. Justamente todo lo opuesto a lo deseable. No se trata de aumentar presupuestos, que sólo sirve para seguir repartiendo sueldos sin logro alguno.

Se trata de impedir que los gremios metan la mano –o la garra mortal– en la educación. De desarrollar una política educativa recurriendo a los verdaderos expertos nacionales e internacionales en el encuadre que los legisladores determinen. Y ello incluye los mecanismos presupuestarios y de formatos económicos. Suecia, que el marxismo suele usar de ejemplo para todo, tiene un sistema de educación con manejo privado financiado con fondos del Estado, chartered schools, obviamente execrado por el trotskismo gremial docente vernáculo.

Es que lo que más teme el marxismo resiliente es que se inculque en los estudiantes la idea del mérito, de la excelencia, del premio al esfuerzo, de que a mejor resultado mejor nota, de que para obtener un diploma, un certificado, un título o un grado, es necesario un esfuerzo previo cumpliendo una serie de metas. La educación de excelencia es enemiga del marxismo y todos sus derivados. Como no engañan a nadie, como en tantos otros aspectos, la sociedad sabe que un título o un diploma así obtenido no vale nada. Es esencialmente falso. En ese contexto, el vicepresidente Sendic más que un infractor es un precursor.

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