24 de diciembre de 2018 5:03 hs

Por Leticia Costa Delgado

La mañana del 23 de julio Pía Pierelli (34) se levantó para trabajar como todos los días. Se acercaba el primer año de su presencia en Maban, una zona rural de Sudán del Sur, en el corazón de África.

En un momento, la radio anunció que un grupo llamado “La juventud de Maban” se había levantado contra las ONGs del lugar y avanzaba, con personas armadas, destruyendo los materiales de cada recinto humanitario.

Habían cortado la ruta que unía al pueblo con los cuatro campamentos de refugiados dispuestos en esa zona del país, y llegaban armados a los predios para atacar y romper computadoras, autos y todo equipo técnico que encontraran a su paso.

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“Preparamos pequeños bolsos de evacuación y esperamos. No sabíamos qué íbamos a hacer. No teníamos forma de zafar porque ya habían sido atacadas todas las ONGs, y los escuchábamos, porque es un pueblo chico y se escuchan los gritos”, rememoró mirando la lejanía como si los escuchara de nuevo.

Y llegaron. “Somos una organización católica, trabajamos con la parroquia local. Entonces, algunos miembros de la parroquia, que son gente de la comunidad, se pusieron en la puerta, y, cuando vino esta horda de gente, los convencieron de que trabajábamos muy fuerte con la comunidad local y que éramos una pieza clave, que no nos atacaran. Y ocurrió el milagro de que no nos atacaran”, recordó Pirelli.

“Algo que es diferente a otras zonas de refugiados es que acá, en Sudán del Sur, vienen de una guerra tras otra. Y si bien tienen esa identidad con su tierra y lo que desean es volver y desarrollar su ganadería, su agricultura y ver crecer a su familia del otro lado de la frontera, (la verdad es que) los refugiados no tienen un lugar mejor al que volver ... Siempre han estado en guerra”.

La uruguaya se encuentra en África como voluntaria del Servicio Jesuita para los Refugiados (JRS por su sigla en inglés), una organización internacional católica que ayuda a personas que han sido desplazadas de manera forzosa en 57 países. La integran unos 200 religiosos y más de 1.000 laicos, como ella.

JRS tenía dos predios en Maban al momento del ataque. El segundo no tuvo tanta suerte. Era una escuela con internados donde daban cursos y vivían profesores. Fue desvalijada. Robaron todo, y los profesores tuvieron que salir corriendo en dirección a un monte para protegerse.

La situación tomó notoriedad a nivel internacional porque lo mismo que le pasó al equipo de JRS le pasó a la Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur), a Médicos sin Fronteras, a Cruz Roja y a decena de organizaciones más. Unas 400 personas debieron ser escoltadas por cascos azules y evacuadas de la zona. “Fue una situación bastante horrible, lo peor que me ha tocado vivir acá”, aseguró la joven.

El ataque fue el desenlace de un tiempo de tensión entre las ONGs y el gobierno local, que se oponía a que contrataran personas de otras zonas de Sudán del Sur, entre otras objeciones. Actualmente, después de meses con las actividades reducidas al mínimo imprescindible, las ONGs humanitarias vuelven a retomar su trabajo con normalidad.

Casas de barro, sol y Skype

En una mañana de domingo, Pirelli sacrificó unas horas de su descanso -para ella era la tarde, son 6 horas de diferencia-, para mantener una videollamada. Salió a una suerte de patio de tierra, apoyó la laptop en la parrilla de una bicicleta y la niveló con libros para que la imagen quedara derecha; la conexión se realizó con una antena parabólica.

A su espalda podía verse una casa de barro negro con techo de paja y una cortina verde oficiando de puerta. De vez en cuando, entraba por allí una mujer negra de vestido blanco estampado que le llegaba a los pies, y un hombre de remera roja tomaba un balde al descuido y lo vaciaba tirando el agua lejos. Cada tanto pasaba un perro. Más allá se podía ver algunas casas de ladrillos.

En un entorno silencioso, con el sol que se filtraba por los árboles y de a ratos la encandilaba, Pirelli contó lo que la llevó hasta allí.  “Siempre en mí estuvo el deseo de cruzar las fronteras, de ir a trabajar en otro lugar, en un lugar con mucha necesidad. En 2017, cuando estalló la crisis de refugiados, y Naciones Unidas habló de que era el momento de mayor número de refugiados y de desplazados forzosos, que eran como 68 millones, me sentí con la necesidad de ir a dar una mano”.

A través de unos amigos conoció a dos españoles que habían trabajado en JRS y la asesoraron sobre cómo presentarse. Socióloga de formación, trabajaba en el Instituto de Evaluación Educativa (Ineed) y en un Caif. Poco a poco la posibilidad de integrarse se fue volviendo real, lo que la llevó a renunciar a sus trabajos y, siete meses después, aterrizó en Juba (capital de Sudán del Sur), para tomar un avión humanitario hasta Maban, porque no hay carretera directa.

“Maban es un condado, una división administrativa; nosotros vivimos en un pueblo que se llama Bunj”, contó la voluntaria, que recibe un salario menor al de otros trabajadores no voluntarios (no especificó cuánto) y tiene cubiertas las necesidades básicas y los pasajes a Uruguay. “Es zona rural, pero es un pueblito. Lo que le da mucha vitalidad es la cantidad de ONGs que se han instalado aquí y el trabajo de Naciones Unidas, porque en esta área el gobierno de Sudán del Sur le dio tierras a los refugiados de Sudán para que se instalen”.

Cuatro campos de refugiados albergan allí a 140 mil personas; la población local, con sus villas suman otros 60 mil habitantes. Para comprender la cercanía entre el sitio donde se encuentra la uruguaya y el lugar de donde vienen los refugiados, es útil imaginar que se vive en Artigas y 25 kilómetros adentro de Brasil hay una guerra civil. Sudán y Sudán del Sur eran un mismo territorio que se fragmentó, como si Uruguay se dividiera en el Río Negro.

Al momento de la independencia, en 2011, hubo estados del norte cercanos a la frontera que no se sintieron contemplados en los acuerdos de paz y hasta hoy reclaman autonomía para explotar sus recursos naturales y siguen en guerra con el gobierno del norte. Uno de estos estados es Blue Nile (Nilo Azul), a 25 kilómetros de Maban.  “Por la cercanía muchos van y vienen a pelear. Es común que la gente esté armada en los campos y que el movimiento sea libre”, comentó Pirelli. 

Las tareas de la uruguaya allí consisten en dar soporte logístico a la misión y que no falten recursos materiales o humanos para la actividad que desarrolla JRS: formación de docentes en los campos de refugiados, clases de inglés y computación, apoyo a escuelas preescolares; reparto de materiales como jabón (en el pueblo lo venden, pero los refugiados no tienen efectivo) o lonas para las viviendas; espacios de contención y terapia a víctimas de violencia de género y sexual, entre otras. 

“Es un abanico re amplio y se necesitan muchos recursos, desde repuestos para los vehículos, lapiceras, cuadernos, algún mueble, libros de texto que se mandan a imprimir a la capital, o contratar personal. Mi rol es que todo esté en su lugar y a tiempo”, resumió Pirelli. El trabajo también consiste en ayudar y enseñar a resolver problemas sencillos; falta algo o hay un imprevisto y se paralizan por miedo a cometer un error o no saber cómo solucionarlo, comentó. La idea es traspasar una forma de trabajo que les resulte útil para que puedan aplicarla ellos mismos en el futuro.

En un servicio de fisioterapia para niños discapacitados y jóvenes que tiene la organización, Pirelli vio a una mujer de unos 20 años con el cuello fracturado. Las mujeres cargan bidones de 20 o 30 kilos, y a veces llevan dos a la vez; van a buscar agua a puntos donde las ONGs la bombean y la distribuyen. Los hombres suelen ir a pelear o desaparecen días para cuidar vacas o cabras de pastoreo, comentó la voluntaria. 

 

Niñas vendidas por vacas

Consultada sobre qué fue lo que más le impactó de este año Pirelli se refirió al lugar que ocupan las mujeres y los niños en la sociedad.  “No van a la escuela (o van menos aún que los niños) y a los 13 o 14 años son obligadas a casarse. Acá los matrimonios se arreglan y se paga una dote, entonces, son un recurso económico de la familia porque reciben vacas o dinero, depende de la tribu”, describió.

En cuanto a los niños, los hombres tienen muchos más porque son polígamos, y si bien se ve que los quieren y representan mucho para todos, dijo Pirelli, “no hay una preocupación por su educación, su salud o su buena alimentación. Tienen niños, pero ellos van a ser importantes cuando crezcan y sean adultos y sean capaces de sostener a la generación más anciana, (son) como la seguridad social de la familia”.

“Está siendo una experiencia importante, en el sentido de ampliarme la perspectiva del mundo, no solo por la vivencia que tienen los refugiados, la vulnerabilidad y la incertidumbre que los rodea, sino la perspectiva que me abre conocer personas de muchas nacionalidades queriendo aportar desde cada lugar. Creo que mi mundo es más amplio después de estar acá y también me doy cuenta que el trabajo que queda por hacer es inmenso y tengo que tratar de trabajar mejor la frustración de saber que no se puede abarcar todo y que los resultados no llegan tan rápido como uno quisiera".

De allí surge también esa imagen típica de las filmaciones de África, donde se ven muchos niños juntos. “Los ves, hay miles, andan en bandadas entre ellos sin hacer mucho. Algunos quizás asistan a la escuela, pero no todos los días y de tal hora a tal hora; ves entrar y salir niños todo el tiempo de la escuela”. Además, la formación de los docentes es mínima, contó la voluntaria.

Mirando hacia adelante, Pirelli tiene previsto quedarse otro año allí y cree que después volverá a Uruguay -extraña cosas sencillas como bañarse en una ducha y no con una jarra, o comer fruta, que prácticamente no hay-. Uno de los desafíos para este tiempo, concluyó, es aprender a dominar la frustración y saber que muchos cambios demorarán en llegar y dependen de una transformación cultural mucho más profunda que lo que puede lograrse en algunos meses de trabajo. 

Dos guerras civiles y dos estados
Desde que logró la independencia de Gran Bretaña, en 1956, Sudán se vio envuelto en dos guerras civiles como consecuencia de enfrentamientos étnicos y religioso entre el norte, islámico y árabe, y el sur, cristiano y formado por comunidades negras. 
Sudán se dividió en dos estados el 9 de julio de 2011, en aplicación de un referéndum celebrado en enero del mismo año en el que el 98% de la población votó por la independencia del sur del país.
En 2013, Sudán del Sur, recién independizado, se hundió en una guerra civil cuando el presidente Salva Kiir acusó a su vicepresidente Riek Machar de fomentar un golpe de Estado. El conflicto causó decenas de miles de muertos y más de dos millones de desplazados que salieron del país y se refugiaron en Uganda, Kenia y otros países de la región. Aún no se sabe cuál será su destino, si retornarán o no.
Este año, en setiembre se firmó un acuerdo entre Kiir y Machar, en el que se comprometieron a dar fin a la guerra civil. Anteriormente habían firmado otros acuerdos que luego no respetaron.
Mientras tanto, tres territorios que pertenecen a Sudan (norte) y cuyos combatientes lucharon con el sur por su independencia, siguen en guerra con Jartum, la capital del norte, porque no se vieron contemplados en los tratados entre ambos países y tienen recursos naturales valiosos sobre los que reclaman mayor autonomía. Entre los miles de desplazados de esa guerra, 140.000 viven en cuatro campos de refugiados ubicados del lado de Sudán del Sur. Su destino también es incierto. 

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