Hugo Chávez es una verruga en la frente de Latinoamérica. Desde 1999, fue imposible evitar verlo y sentirlo. Así de molesto para quienes lo rechazaban; hipnotizador para el resto.
En su última visita a Montevideo, el 30 de marzo de 2011, dio un discurso de una hora en el salón de actos de Facultad de Medicina y, al salir, le apretó la mano a cada uno de los estudiantes que trabajaron en la seguridad del encuentro. Para Martín, un consejero de la Asociación de Estudiantes de Medicina que se crió soñando con el Che, fue una epifanía. Le llamó la atención su altura y fortaleza física: 1,81 centímetros de mestizaje caribeño. El hombre decidido a tomar la posta de Fidel Castro logró convertirse en el referente mundial de la izquierda latinoamericana del siglo XXI y luego partió el corazón a esos estudiantes.
Pero llegó al poder en 1999, cuatro décadas después de que la revolución enamorara a medio continente. Y no pudo disfrutar del romanticismo de los 60. Los maratónicos discursos que Fidel daba cuando la televisión recién era una novedad, fueron retomados por Chávez en la era Twitter. La ideología era la misma, pero los tiempos eran otros. Como Fidel, cansó, incluso, a la izquierda. “Cuando pase Chávez” no habrá “construido ningún socialismo”, dijo el presidente José Mujica en una entrevista con CNN.
El periodista Enrique Andrés Pretil escribió: “Para bien o para mal, Chávez revolucionó Venezuela. Cambió la carta magna, el nombre del país, la bandera, el escudo y hasta el huso horario”.
A los 18 años ingresó a la carrera militar y a los 34 participó, como integrante del Movimiento Bolivariano Revolucionario, del Caracazo, una protesta contra la crisis social y económica provocada por el gobierno de Carlos Andrés Pérez. Tres años más tarde, protagonizó un fallido intento de golpe para derrocar al presidente y terminó entre rejas. Recibió el indulto y apostó por la vía democrática, donde arrasó. Desde 1999 fue tres veces reelecto. No su partido, sino él. Chávez fue un líder tan personalista como carismático. “Chávez ya no soy yo, Chávez somos todos”, dijo en uno de sus últimos discursos. Desde su programa televisivo Aló, presidente le habló al pueblo de forma directa, sin intermediarios, y relató sus hazañas como si fueran cuentos para niños, con la ternura de un padre y la dureza de un militar. “Mientras yo tenga vida y salud cuenten con que en esta etapa voy a ser sumamente duro con mi propia gente”, dijo en noviembre de 2012 al hacer una autocrítica de su gobierno. “¡Operación eficiencia o nada!”, gritó.
Es que estaba viendo cómo se disparó la inflación en su país. También vio cómo la oposición se vio obligada a correrse hacia el centro y prometer justicia social. La trató, de todas maneras, de “gusana del imperio”.
Ni siquiera cuando enfermó, en 2011, cedió su lugar. Mientras el candidato de la oposición, Henrique Capriles, lo mostraba como “un caballo cansado”, Chávez enfrentó la campaña electoral y logró su última victoria en las urnas. Después, cuando ya no pudo hablar más, su séquito juró, hasta el último día, que el comandante gobernaba desde el hospital de La Habana.
Tuvo en su capacidad retórica y el dinero que entregó a los más débiles, en “misiones bolivarianas”, sus fortalezas. Los venezolanos más pobres probaron el petróleo sobre el que paseaban su miseria y se lo agradecieron con votos y devoción. Del otro lado, los medios críticos a su gestión sufrieron la intolerancia del revolucionario que los clausuró sin que le temblara el pulso. Con la misma irreverencia, creció en el mapa mundial y se abrazó a líderes petroleros árabes, desde Muammar Gadafi a Mahmoud Ahmadineyad. Se animó a decirle “diablo” al expresidente de Estados Unidos, George W. Bush en plena ONU. Tejió interminables teorías conspirativas en su contra y cubrió de misticismo su figura, hasta el extremo que hoy nadie sabe qué tipo de cáncer le arrebató la vida.
“¿Por qué no te callas?”, le pidió un día, harto de sus interminables anécdotas personales, el rey de España, Juan Carlos I. Minutos después de que ayer callara para siempre, los rumores de que murió en Cuba y no en Venezuela irrumpieron en portales internacionales. Dejó la dosis de pasión y misterio suficiente para convertirse en mito y para que el rey de España escuche hasta su muerte voces que lo nombren.