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Vacas gordas y vacas flacas

Los sucesivos gobiernos del Frente Amplio no aplicaron la lección de política económica que nos dejó un israelita del segundo milenio antes de Cristo

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09 de septiembre de 2019 a las 05:04

Los últimos catorce capítulos del primer libro de la Biblia (Génesis 37-50) narran la historia de José, uno de los doce hijos de Jacob. Se trata de un relato de gran belleza religiosa y literaria, pero también merece figurar en la historia de la ciencia económica debido a uno de sus episodios más famosos: el sueño del Faraón de Egipto sobre las siete vacas gordas y las siete vacas flacas (cf. Génesis 41). José interpretó ese sueño así: las siete vacas gordas representaban siete años de abundancia que ocurrirían inmediatamente, y las siete vacas flacas representaban siete años de hambre que sobrevendrían después de los años de abundancia. José aconsejó al Faraón que, durante los años de abundancia, mandara almacenar reservas de alimentos en las ciudades de Egipto para disponer de ellas en los años de hambre. El Faraón apreció la sabiduría de José y lo puso al frente de todo el país de Egipto *. José llevó a cabo eficazmente su plan económico, salvando a Egipto de la hambruna que asoló la región años después.

El patriarca hebreo José, uno de los primeros practicantes de la política económica anticíclica, vivió probablemente hacia el año 1700 AC. Cerca de 4.000 años después, los sucesivos gobiernos del Frente Amplio no supieron aplicar en nuestro país la enseñanza que José dejó casi en el alba de la historia. La evolución del Producto Interno Bruto (PIB) muestra que los primeros dos gobiernos del Frente Amplio gozaron de una bonanza económica pocas veces vista en Uruguay, pero en el tercer gobierno de ese partido la situación económica es mucho menos buena. En efecto, en los diez años del período 2005-2014 la variación anual del PIB osciló entre el 3,2% y el 7,8%. En cambio, en los cuatro años del período 2015-2018 ese indicador osciló entre el 0,4% y el 2,7%. A diez años de vacas gordas han seguido, hasta ahora, cuatro años de vacas flacas. Se podría haber aprovechado los años de bonanza para eliminar el grave déficit fiscal que aflige crónicamente a la economía nacional, pero no se hizo. En los últimos catorce años los ingresos del Estado crecieron mucho, pero el gasto público creció aún más, por lo que el déficit aumentó. El gasto público también creció más que el PIB: en 2005 fue el 29% del PIB, mientras que en 2016 fue el 33% del PIB, aproximadamente. Las malas noticias económicas no se limitan a esas: considérese, por ejemplo, que en los últimos años han desaparecido decenas de miles de empleos.

La economía es una ciencia difícil, pero el sentido común basta para comprender algunos de sus aspectos básicos. Por ejemplo, es fácil ver que si en una familia los gastos mensuales son siempre mayores que sus ingresos mensuales, entonces esa familia tiene un serio problema económico. Probablemente por un tiempo podrá financiar su déficit mensual endeudándose, pero a largo plazo esa vía es insostenible. Tarde o temprano deberá solucionar su déficit, ya sea aumentando sus ingresos, disminuyendo sus gastos o combinando ambas vías. El caso de un Estado soberano con déficit fiscal no es enteramente distinto del caso de esa familia, pero el Estado, además de las tres vías ya señaladas (aumento de ingresos, disminución de gastos, aumento de la deuda), dispone de una cuarta vía para afrontar un déficit: la emisión de moneda. Sin embargo, esta cuarta vía es peligrosa porque genera inflación. Nótese, pues, que solo dos de las cuatro vías mencionadas son soluciones sustentables a largo plazo: el aumento de ingresos y la disminución de gastos.

En el caso del déficit fiscal de nuestro país, parece claro que tres de las cuatro vías son inconvenientes, por lo que queda una sola. La inflación supera año tras año las metas del gobierno y daña sobre todo a los más pobres. La deuda bruta del sector público ha alcanzado un récord: subió de unos US$ 14.000 millones en 2004 a unos US$ 38.000 millones en 2018. Y la vía del aumento de los ingresos del Estado, que implica por lo común un aumento de impuestos, ya ha sido recorrida demasiadas veces. Muchos uruguayos –“los nabos de siempre”, como nos llamó irónicamente el periodista Tomás Linn– estamos cansados de pagar impuestos tan altos y de recibir a cambio servicios públicos de calidad insuficiente. Por lo tanto, es muy claro cuál es la política a seguir en líneas generales por los próximos gobiernos en esta materia: la disminución del gasto público.

* De paso, subrayo que el nombramiento de José como mayordomo de la casa real del Faraón (un cargo permanente y sujeto a sucesión, semejante al de primer ministro) es uno de los precedentes bíblicos principales para entender el célebre episodio de los Evangelios en el que Jesús promete que dará a Pedro las llaves del Reino de los Cielos: dicha promesa equivale al nombramiento de Pedro como primer ministro del Reino de Cristo, la Iglesia. Pero esa es otra historia…

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