Por Tony Barber
El veneno es un método burdo para reprimir la disidencia en Rusia
El presunto ataque a Alekséi Navalny podría resultar ser un error de cálculo político, pero es poco probable que les resulte contraproducente a los perpetradores
El presunto ataque a Alekséi Navalny podría resultar ser un error de cálculo político, pero es poco probable que les resulte contraproducente a los perpetradores
Por Tony Barber
"Fue peor que un crimen, fue un error" fue el memorable veredicto sobre el secuestro y ejecución por parte de Napoleón Bonaparte del duque de Enghien, un exiliado real, en 1804. Dichas palabras, ya fueran dichas por el estadista francés Charles Maurice de Talleyrand o por el jefe de policía Joseph Fouché, ¿fueron acertadas? Hasta el día de su muerte, en cautiverio en la isla de Santa Elena en el Atlántico sur, Napoleón defendió el asesinato del duque.
El presunto envenenamiento de Alekséi Navalny, el activista opositor más destacado de Rusia, plantea una pregunta similar de una forma diferente. El presunto ataque contra Navalny puede resultar ser un error de cálculo político, si alimenta el descontento popular con el gobierno del presidente Vladimir Putin. Sin embargo, a diferencia de Napoleón, nadie en el Kremlin asume la responsabilidad por el incidente de Navalny, por lo que no tiene sentido esperar una confesión de que se trató de un error.
Los sistemas autoritarios modernos prefieren echarles la culpa de la violencia contra sus críticos a agentes rebeldes de poca monta, o guardar silencio por completo. El asesinato y desmembramiento en 2018 del escritor disidente Jamal Khashoggi en el consulado saudí en Estambul resultó en la condena de ocho personas en un juicio principalmente a puertas cerradas en el reino. Agnes Callamard, relatora especial de la ONU sobre ejecuciones extrajudiciales, describió el proceso judicial saudita como la "antítesis de la justicia".
De la misma forma, el antiguo régimen comunista de Polonia llevó a cuatro policías de seguridad al banquillo de los acusados por el asesinato en 1984 de Jerzy Popieluszko, un sacerdote católico de la oposición. El juicio demostró cómo evitar que las personalidades de alto nivel rindieran cuentas. En Bulgaria, nadie ha comparecido nunca ante un tribunal por el asesinato de Georgi Markov, un periodista disidente quien fue atacado por un asaltante con un paraguas con la punta cubierta de ricina, un veneno letal, en el puente Waterloo de Londres en 1978.
Al igual que Markov, Navalny ofende a los poderes fácticos al exponer sus fechorías. Markov lo hacía en programas transmitidos hacia Bulgaria desde el Servicio Mundial de la BBC y Radio Europa Libre. En marzo de 2017, Navalny publicó un vídeo acusando a Dmitri Medvédev, entonces primer ministro, de una ingente corrupción. Ese año, el vídeo atrajo alrededor de 24 millones de visitas.
El enfoque en la corrupción es un signo de nuestros tiempo. La malversación y el autoenriquecimiento eran características de la era comunista, pero a una magnitud menos extravagante. Los recursos naturales de Rusia y otros Estados no se desviaban para beneficio privado. Había pocas oportunidades para que los miembros del régimen adquirieran propiedades extraordinariamente caras en el extranjero.
El asesinato no es la única opción, ni siquiera la más deseable, a disposición de un sistema represivo que desea castigar a sus oponentes. Para los responsables, lo esencial es demostrar que ningún crítico de la autoridad está a salvo, ni de día ni de noche, ni en el extranjero ni en casa. Petr Verzilov, miembro de Pussy Riot, un grupo de protesta de punk rock ruso, sufrió un misterioso envenenamiento en 2018, pero sobrevivió. Esto sucedió seis años después de que otros tres miembros de Pussy Riot fueran encarcelados por un acto contra Putin en una catedral. Un juez de Moscú lo denunció como vandalismo blasfemo.
Ese caso evocó un célebre juicio en Checoslovaquia en 1976, cuando un tribunal impuso penas de prisión a los músicos de Plastic People of the Universe, un grupo de rock. Estas condenas fueron verdaderamente un error y un crimen. Condujeron a la formación de la Carta 77, el grupo de derechos humanos más importante de Checoslovaquia hasta la caída del comunismo en 1989.
Pero no existe ninguna ley de la historia que manifieste que los abusos de poder deben resultarles contraproducentes a los perpetradores. Si se recupera en el hospital alemán al que fue trasladado el sábado, Navalny lo sabrá mejor que nadie.