22 de diciembre de 2013 8:39 hs

La noticia pasó sin pena ni gloria como tantas otras, relegada a algún espacio de poca importancia, impresa en la fugacidad de las páginas de un diario porteño. La historia que narraba era, según los habituales criterios periodísticos, no demasiado atractiva para los lectores: la de una competencia de malambo en Laborde, una localidad de poco menos de 6.000 habitantes de la provincia de Córdoba. Pero la argentina Leila Guerriero, premio de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano en 2010 y una de las más destacadas representantes del periodismo narrativo en el continente, no la dejó pasar.

“Considerados un cuerpo de elite dentro de las danzas folclóricas, los campeones caminan por las calles de Laborde con el respeto que despertaban los héroes deportivos de la antigua Grecia”, leyó Guerriero en La Nación y decidió partir en enero de 2011 a ver de qué se trataba esa competencia misteriosa. Lo que allí encontró la dejó aún más sorprendida: jóvenes de todo el país, de contextos humildes y en base a un gran sacrificio, se estrenaban durante un año con “la preparación física y psicológica de un atleta” (puesto que durante el baile alcanzan una velocidad que demanda una exigencia parecida a la de un corredor de 100 metros llanos) para poder viajar hasta Laborde y zapatear los cinco minutos que requiere la competición de malambo mayor.

Pese a la poca difusión del Festival Nacional de Malambo de Laborde (algo que los organizadores prefieren conservar así), se trata del certamen de esta danza más importante del país. Pero lo más llamativo del evento es el pacto tácito por el cual los campeones no pueden volver a presentarse en otra competencia en esa misma categoría. La cúspide es, al mismo tiempo, el fin.

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¿Qué es lo que lleva a esos jóvenes a sacrificarse por una gloria que implica en el mismo acto la renuncia? De esa pregunta, de ese tratar comprender, surge el último libro de Guerriero Una historia sencilla. Así como en 2005 con Los suicidas del fin del mundo, la periodista intentó rastrear la causa detrás de la muerte por mano propia de decenas de jóvenes en un pueblo patagónico o como ha hecho en sus crónicas y perfiles compilados en Frutos extraños y Plano americano, en su último trabajo Guerriero parte de una pregunta vectora para descubrirle al lector un mundo ajeno que, sin embargo, resulta tremendamente cercano. Tan cercano como pueden serlo los sentimientos, los sueños y frustraciones que mueven a las personas.

Como en sus escritos anteriores, Guerriero vuelve a deslumbrar con su prosa periodística pero literaria, clara y concisa, a la vez poética, y con su gran capacidad de mirar con extrañeza lo cotidiano y de cotidianizar lo extraordinario. De esta forma, la argentina amplía el área de interés más allá de un gueto de admiradores del folclore y la acerca a cualquier lector.

Pero Una historia sencilla es también la historia de un hombre sencillo, Rodolfo González Alcántara, un bailarín que fascinó a Guerriero cuando lo vio sobre el escenario y al que le siguió los pasos durante dos años. La vida de González Alcántara habla de superación, como puede hacerlo una película como Rocky o cualquiera por el estilo, pero la diferencia es que al tiempo que Guerriero no se conforma con la cáscara, tampoco se amedrenta para contar una realidad que aunque se parezca al cliché ficcional, es simplemente eso, realidad.

“¿Nos interesa leer historias de la gente como Rodolfo? ¿Gente que cree que la familia es algo bueno, que la bondad y Dios existen? ¿Nos interesa la pobreza cuando no es miseria extrema, cuando no rima con violencia, cuando está exenta de la brutalidad con que nos gusta verla –leerla– revestida?”, se pregunta Guerriero en Una historia sencilla y la respuesta es un libro que contesta rotundamente que sí, que sí interesa.

Interesa entender por qué todavía hay jóvenes que ansían más que nada en el mundo representar dentro y fuera del escenario los atributos del gaucho, ese ser desterrado y combatido sobre el cual paradójicamente se construyó (en el sentido literal de este verbo) la identidad argentina. Interesa saber por qué en tiempos sesgados por el vértigo y la globalización estos bailarines ensalzan la tradición como un valor máximo. Por qué encima del escenario esos hombres se convierten en gigantes, mientras el zapateo de sus pies transmite el sufrimiento de los cuerpos, los colores de la tierra, las luchas del pasado, el sacrificio de familias capaces de endeudarse y dormir en un ómnibus bajo un calor abrasador para acompañar a sus hijos en el intento de cumplir un sueño.

“La universidad va a estar siempre, pero la posibilidad de ganar en Laborde no”, dice un excampeón de la competición que abandonó los estudios solo por tener la posibilidad de ganar un certamen de danza en un ignoto pueblo argentino. El logro de Guerriero no solo es acercar esta historia, sino a través de su contagiosa curiosidad, hacer que el lector comprenda, se emocione y quiera saber más.

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