Opinión > OPINIÓN

Viejas glorias

Viejas glorias, que supieron alimentar la prensa de noticias económicas, se juntaron a celebrar un cumpleaños y allí recordaron negocios de otros tiempos 

Tiempo de lectura: -'

18 de julio de 2019 a las 05:04

Hace unos días, un ya antiguo amigo mío, con el que compartí no pocas aventuras  y desventuras profesionales en los años 90, tuvo la idea de celebrar su cumpleaños en el Yacht Club Argentino del puerto de Buenos Aires. Cualquiera que haya llegado en barco a este puerto, recordará el precioso edificio Art déco, y sobre todo su impresionante faro que parece sacado de la película Metrópolis, de Fritz Lang. 

En fin, se reunió allí un grupo interesante de viejas glorias (algunas más viejas, algunas más glorias), que en otro tiempo había sabido alimentar de noticias las páginas de la prensa económica y de negocios. Apenas el malbec, de paladar intenso, había regado nuestras copas que –movidos por un previsible patrón que habría hecho reír a cualquier psicólogo titulado o no– nos pusimos a evocar aquellos negocios de otros tiempos, a los que cada uno debía el cuarto de hora, o quizás los meros tres minutos, de efímera fama. Aquello parecía un reality que llevara por nombre: “Yo también hice un deal de US$ 1 billón”.

Es interesante señalar que nadie necesitó mentir, ni exagerar –fuera del dramatismo necesario para convertir un hecho plano y casi burocrático en una hazaña épica–. Todo lo que se recordaba, de verdad había sucedido. Pero al mismo tiempo resultaba notable la insistencia, la fijación en el pasado, no por lo que tenía de billones, sino por lo que tenía de pasado.

El paso de los años tiene muchísimas cosas buenas –entre ellas, aunque este es un asunto que dejo para un próximo artículo, la posibilidad de transformar conscientemente a una persona normal en alguien del todo extraordinario– pero también un par de trampas que no siempre es posible evitar.

La segunda (quizás no en orden de importancia) es la tendencia a alimentar cierta autocompasión. No una autocompasión caricaturesca, de manual, sino una apenas perceptible, como decía aquella canción de Sui Generis. Quien ya no tiene dieciocho, y a lo mejor tampoco diecinueve años, y ha pagado un poco o un mucho su tributo al fracaso; quien (como decía Machado) ha andado muchos caminos y abierto muchas veredas, con frecuencia siente que la vida no le ha hecho del todo justicia. Es lo suficientemente digno como para no permitir que ese sentimiento lo obsesione, pero también lo suficientemente cobarde para mantenerlo vivo, aunque atado a algún seto mal podado de células muertas. Y, de noche, al apagar la luz, alguna vez lo saca a pasear, eso sí, bajo condición de anonimato y de lentes oscuros, no vaya nadie a pensar que son amigos.  Creo que en eso pensaba María Elena Walsh cuando cantaba: Todo cansa, todo pasa, / y uno se arrepiente de estar en su casa, /y de pronto se asoma a un rincón, / a mirar con lástima su corazón. Ahí está todo: el amor a sí mismo, la disconformidad y la autocompasión. 

Pero la primera trampa y la más difícil de evitar, a medida que transcurren los años, es la de la nostalgia. 

La nostalgia no es la memoria. Es una corrupción de la memoria. Es una manipulación fraudulenta del pasado que, al magnificarlo, hace que ni el presente ni el futuro puedan soportar comparación con él. Y así, contra toda lógica, algo que carece de ser (el pasado) anula lo único que realmente es (el presente) y amenaza lo que posiblemente llegue a ser (el futuro). Mal negocio.

Tomando prestada la filosofía subyacente a aquellas calcomanías que los pobres pegábamos en nuestros Fititos de segunda mano, podríamos decir que la nostalgia sugiere como verdadera, todo el tiempo, la siguiente proposición metafísica: My life before was a Porsche: ¡Mi vida anterior era un Porsche!

Pero es una proposición falsa. Y ningún bien se sigue de sostenerla, ni de vivir como si fuera cierta. Por el contrario, la nostalgia y la autocompasión frecuentemente convierten nuestra única vida en una versión inevitablemente menos talentosa de “La mujer del Boticario” de Chéjov. Alguien que desearía, en el fondo, ser otra persona, huir de su insoportable presente.

Todo esto lo digo por usted, no por mí. Porque si me ha seguido hasta aquí, se dará usted cuenta de que, a pesar de mi actual modestia, yo soy alguien que alguna vez fui alguien. Y para que lo sepa, yo también alguna vez hice un deal de más de un billón de dólares. 

¡Mozo: otro malbec! 

 

REPORTAR ERROR

Comentarios

Registrate gratis y seguí navegando.

¿Ya estás registrado? iniciá sesión aquí.

Pasá de informarte a formar tu opinión.

Suscribite desde US$ 245 / mes

Elegí tu plan

Estás por alcanzar el límite de notas.

Suscribite ahora a

Te quedan 3 notas gratuitas.

Accedé ilimitado desde US$ 245 / mes

Esta es tu última nota gratuita.

Se parte de desde US$ 245 / mes

Alcanzaste el límite de notas gratuitas.

Elegí tu plan y accedé sin límites.

Ver planes

Contenido exclusivo de

Sé parte, pasá de informarte a formar tu opinión.

Si ya sos suscriptor Member, iniciá sesión acá

Cargando...