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La incidencia del alcohol en la violencia doméstica

Controlar el consumo de alcohol sería clave para incidir en el problema 

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05 de mayo de 2019 a las 05:00

Solo en 2018 hubo 39.540 denuncias por violencia doméstica. Es decir, 110 denuncias por día, una cada 13 minutos. Si tomamos en cuenta que solo los hurtos se denuncian con mayor frecuencia, es evidente que hablamos de un problema social grave y extendido.

Más allá de los números, los hurtos y la violencia doméstica son difícilmente comparables. La violencia íntima e intrafamiliar suele producir daños irreversibles en las víctimas, con repercusiones que persisten durante toda la vida. Por lo general, sucede dentro del hogar, aunque también puede darse en el ámbito público y en el lugar de trabajo. Los perpetradores son mayoritariamente varones, si bien ellos también pueden ser las víctimas. Además, con frecuencia se da un círculo vicioso, en el cual los niños que presencian violencia doméstica, o son víctimas de esta, infligen la misma violencia en sus vidas adultas. 

Si nos enfocamos en la prevención, sin duda la solución definitiva pasa por un cambio cultural. Por alterar las actitudes de los hombres frente a las mujeres, y por cambiar la actitud general de hombres y mujeres frente al uso de la violencia. La prevención más eficaz se da por tanto en la niñez y adolescencia, y es ahí a donde apuntan los programas más alentadores. También se trabaja con adultos para que reconozcan y denuncien situaciones abusivas o intervengan en situaciones de riesgo. El sistema judicial tampoco se salva, en tanto sigue estando permeado por una cultura y unos valores que relegan a mujeres y niños, y no permiten una correcta aplicación e interpretación de la ley.

Los cambios culturales requieren tiempo. Por suerte, Uruguay cuenta con un movimiento feminista pujante que ha trasladado el tema a la agenda pública y ha conseguido resultados sorprendentes. Los esfuerzos saltan a la vista y en otra columna analizaremos algunas intervenciones preventivas cuya eficacia ha quedado demostrada en evaluaciones contundentes.

En esta nos enfocaremos en el corto y mediano plazo. ¿Se pueden alcanzar cambios culturales a corto plazo? Probablemente no, pero quizás se pueda hacer trampa. Y es que, en varios aspectos, la violencia doméstica se parece mucho a otros tipos de violencia. Sucede, por ejemplo, en todas las clases sociales, pero ocurre de manera desproporcionada en hogares de contexto crítico. También es cometida principalmente por hombres jóvenes, que en líneas general no difieren tanto de aquellos que cometen otros delitos violentos. 

Estas similitudes se dan porque las formas más graves de violencia sexual e íntima están asociadas a los mismos factores de riesgo que otros tipos de violencia. Por eso, una posibilidad interesante es tomar acciones que a través de dichos factores aborden indirectamente el problema. En este sentido, la Organización Mundial de la Salud reconoce una lista de factores de riesgo de carácter individual, familiar, comunitario y social. Algunos se asocian a la comisión de actos de violencia doméstica, otros a su padecimiento, y otros a ambos. En el caso de los hombres que cometen violencia sexual y física, uno especialmente influyente es el consumo nocivo de alcohol. 

Por lo general, nos referimos al consumo de alcohol con relación a los accidentes de tráfico. Sin embargo, es bien sabido en la criminología que su consumo en exceso suele estar correlacionado con el crimen y la violencia. No solo en las carreteras, también en la vía pública y a puertas cerradas. 

El consumo excesivo de alcohol reduce las inhibiciones y la capacidad de discernimiento, mientras que aumenta la irritabilidad, la impulsividad y la paranoia. De hecho, estadísticas internacionales sugieren que casi el 40% de los crímenes violentos se realizan bajo la influencia del alcohol. Y el porcentaje es aún mayor en lo que respecta a la violencia doméstica: dos tercios de las denuncias podrían estar asociadas a su consumo. En Uruguay esta asociación no ha sido analizada en profundidad, pero un estudio a personas que acababan de ser detenidas en 2004 concluyó que el 26% presentaba una concentración alta de alcohol en sangre. En este caso, además, los motivos para las detenciones del estudio eran variados, pero la violencia doméstica era el más frecuente. 

Cuidado, que un crimen sea cometido por una persona alcoholizada no significa que el consumo de alcohol sea la causa del crimen, y ello aplica también a la violencia doméstica. En otras palabras, existe una relación evidente entre consumo excesivo de alcohol y violencia doméstica, pero esta relación no suele ser causal y tampoco exime de manera alguna a quien la comete. Como ya dijimos, las causas reales de la violencia son siempre más complejas y en muchos casos suelen girar en torno a patrones culturales violentos y patriarcales. No obstante, el consumo de alcohol es un factor de riesgo recurrente que amplifica la violencia de los agresores y aumenta la posibilidad de que ocurra un desenlace fatal. 

En Uruguay, además, su consumo nocivo es uno de los principales problemas sanitarios del país. Según la Encuesta Nacional en Hogares sobre Consumo de Drogas, unos 261.000 uruguayos muestran un consumo problemático de alcohol y se intoxican varias veces por semana. Y como calculó el Centro de Investigaciones Económicas (Cinve) en 2017, los costos que genera este consumo a la sociedad uruguaya son de al menos medio punto del PIB por año. Naturalmente, las consecuencias para la salud son catastróficas, pero también lo son en materia de violencia y crimen.

Esta semana, el presidente Tabaré Vázquez, solicitó que se aprobara a la brevedad el proyecto de ley que regula el consumo de alcohol y que se encuentra trancado en el Senado desde hace más de un año. Su aprobación es una buena noticia. La creación de un registro de comercializadores, la regulación de la publicidad, la limitación de los horarios de venta, y la prohibición de eventos que promuevan la ingesta masiva, son todas medidas que –de ser aplicadas con rigurosidad– a la larga repercutirán positivamente en la violencia que vivimos los uruguayos a diario, y eso incluye también a la violencia doméstica. Me sumo al reclamo de una pronta aprobación.

Hay medidas adicionales que pueden tomarse. La prioridad, evidentemente, debe ser aumentar la percepción de riesgo del consumo de alcohol entre adolescentes, el cual las encuestas demuestran que es preocupantemente bajo. Pero, a corto plazo, una medida interesante es la que viene siendo probaba en Escocia desde hace casi un año: la fijación de un precio mínimo general para toda bebida alcohólica. La norma aumenta indirectamente el precio de las bebidas alcohólicas potentes y baratas. Es decir, del tipo de bebidas que consumen quienes toman alcohol de manera excesiva. Al imponer un precio mínimo, los alcoholes de peor calidad terminan siendo relegados por los consumidores a la vez que se dificulta su consumo frecuente y masivo.

Solo el tiempo dirá si esta y otras medidas referentes al consumo de alcohol pueden ayudar a prevenir la violencia doméstica. Todos los esfuerzos son bienvenidos. 
 

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