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Violencia: ¿cómo es posible que no estemos peor?

¿Cómo es posible que no lideremos en todos los delitos, incluidos los secuestros, cuando tenemos porcentualmente la mayor cantidad de alumnos en esa universidad del crimen que es la cárcel?

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20 de marzo de 2019 a las 11:17

En materia de política sociales, delincuencia y violencia los uruguayos venimos perdiendo. Lo insólito es que perdemos dos veces, aunque eso parezca imposible

Perdemos cuando nos va mal y perdemos cuando, haciendo todo lo posible para que vaya peor, no lo logramos.

Incluso dejando de lado la premisa de que lo que se evita no se puede medir, que los niveles de violencia en Uruguay estén donde están es un milagro.

En Brasil hubo unos 300 secuestros en el año, en Argentina 130 y en Chile, con todas sus bondades y ejemplos en la región, 266. El 70% de los chilenos se siente inseguro, a pesar de lo cual el país que lidera el índice de percepción de inseguridad es Uruguay, donde el secuestro tradicional tiende al cero.

¿Cómo es posible que no lideremos en todos los delitos, incluidos los secuestros, cuando tenemos porcentualmente la mayor cantidad de alumnos en esa universidad del crimen que es la cárcel? Y los políticos hacen cola para proponer ideas u otorgar becas para que los malos sean cada vez más malos. Y su error es tan grande que lo cometen dos veces, no logran que la maldad dé grandes saltos cualitativos.

Ya sabemos que a la cárcel entran por hurto y vuelven por rapiña, que entran por rapiña y regresan como jefes del narco. ¿Es que nadie les ha enseñado a secuestrar?

En Uruguay la mitad de los niños nacen en la pobreza. ¿Cómo es posible que esa máquina de generar niños pobres (la tasa de fecundidad es de 1,9 en los sectores altos y de más de 2,45 en los bajos) no devenga luego masivamente en adultos violentos?

Uruguay tiene en relación con su población más presos que Trinidad y Tobago; que Brasil con sus violentas bandas carcelarias; que Chile; que Guyana; que Colombia y los herederos de Pablo Escobar; que México y las mafias más poderosas del mundo; que Perú y sus productores de cocaína; que República Dominicana; que Venezuela y el caos político y social; que Honduras y sus maras; que Guatemala y su liderazgo en materia de homicidios; que Argentina; que Bolivia y sus exportadores de pasta base; que Haití y la mayor miseria del continente; que Ecuador; que Jamaica; que Paraguay y el reino de la mejor marihuana del mundo.

Con semejante cantidad de alumnos en esas cuevas de la violencia, ¿cómo es que no somos más violentos?

Hay un dato invisibilizado que tiene que ver con la cantidad de presos: 15 mil niños tienen a su padre o madre o a ambos presos. “Mi abuelo fue chorro, mi padre fue chorro, yo soy chorro, y tengo tres hijos”, le dijo un delincuente al comisionado de cárceles Juan Miguel Petit. No todos emularán a sus padres, pero basta la violencia de una visita a la cárcel para que quede marcada de modo indeleble en esa cabecita tierna.

Estudios serios en materia de generación de la violencia apuntan cada vez más a la formación del cerebro antes de los 3 años y a los niveles de pobreza y violencia que tienen los niños en el ambiente donde nacen. En Uruguay la mitad de los niños nacen en la pobreza. ¿Cómo es posible que esa máquina de generar niños pobres (la tasa de fecundidad es de 1,9 en los sectores altos y de más de 2,45 en los bajos) no devenga luego masivamente en adultos violentos?

Si la violencia se paga con violencia y 60% de los niños uruguayos sufren algún tipo de agresión antes de cumplir la mayoría de edad, ¿cómo es posible que, ya mayores, no haya más resentidos que les rompan la crisma de un palazo a quienes los sometieron cuando eran criaturitas que no podían ni hablar pero pasaban llorando por las quemaduras con cigarros, con planchas, por los huesos fracturados y por esos gritos e insultos que los hacían sentir violentados de otra forma? La cárcel en casa. Y los vecinos con la persiana baja. Ya vendré por vos también, cobarde.

En Chile, 70% tiene miedo a la violencia, pero solo el 2% de sus niños creció falto de alimentación, mientras que en Uruguay por años eran el 10% los niños con retraso en la talla por falta de comida. Ahora es del 4%, el doble de los admitido por los organismos internacionales, que siempre consideran ideal alguna cifra detrás de la cual sufren miles.

¿Cómo es posible que esos pibes, una vez crecidos, no vayan, por las buenas o las malas, por la comida que vaya a saber quién les quitó de su planto cuando apenas se estaban formando sus neuronas?

Un estudio del psicólogo Robert Parrado mostró que el 100% de un grupo de hombres abusadores sexuales habían sido ellos mismos abusados cuando niños. Cada día se reciben seis denuncias de abuso infantil en Uruguay, 180 al mes, 2.160 al año.

¿Cómo es posible que el ejemplo regional que es Chile en materia de violencia registre un promedio de 26 violaciones cada 100 mil habitantes y Uruguay solo 5 al año? ¿Será que soportamos más el dolor psíquico para que no se convierta luego en odio contra el otro?

Al norte de avenida Italia los niveles de discapacidad intelectual son similares a los del África Subsahariana, dijo el neurólogo Gabriel González. No hay necesidad de que comparemos a Uruguay con ese mundo de guerras étnicas, masacres y campamentos de refugiados.

El psicólogo Ariel Cuadro contó que en el mundo el promedio de la población con dislexia es del 3% al 5%. Pero en sectores de Uruguay llega al 27%, producto de los efectos del ambiente, llámese pobreza, abandono, desnutrición. Y afirmó que puede ser la causa de que esos niños se conviertan en adultos violentos. Allí, en esas zonas, es donde más niños nacen.

¿Imaginan que un porcentaje importante se convirtieran efectivamente en adultos violentos? El propio ambiente, las esmeradas abuelas, las madres jefas de hogar, una red de vecinos cada vez más endeble y políticas sociales cada vez menos efectivas pero presentes al fin seguramente salven a muchos de una vida violenta, pero las condiciones están.

Entre todos los países de América del Sur, Uruguay encabeza la tabla como la nación en la que más jóvenes abandonan la educación secundaria: 6 de cada 10. Muchas veces solemos buscar en el ámbito educativo este desastre, cuando quizá debamos mirar hacia los rancheríos más que hacia los liceos. Nos ayudaría a pensar que todo podría ser peor.

Ya hablamos de las cárceles, pero, con su insondable violencia, son el purgatorio al lado del infierno de los hogares de menores infractores donde algunos pasan 22 horas al día encerrados. Si conoce las características de un adolescente, su rebeldía innata, sus ansias de libertad, ¿se lo imagina 22 horas encerrado con otros cuatro en una celda pequeña, durmiendo en el piso? Obvio que luego salen directo a la cárcel, pero no dejo de preguntarme cómo no salen aun más violentos y “apenas” hay unos 30 muertos al año en rapiñas, cuando se cometen más de 20 mil de estos delitos al año. ¿Cómo es que no aprietan con más asiduidad el gatillo con todo ese odio que les debe quemar adentro luego de los golpes hogareños, el abuso sexual, el hambre diario, las horas de encierro en las cárceles de menores, la violencia aprendida en la prisiones de mayores? Me cuesta entender la ausencia de más muertes violentas.

¿Manejar la hipótesis de que todo debería ser peor de lo que es significa salvarle la petisa al gobierno? Y no estoy hablando solo de lo que se evita, hablo de lo que pasa, de cómo lo que pasa no pasa más seguido, no es más violento, de cómo no pasa peor. El mérito lo estamos haciendo. Quizá nos volvimos inmunes a nuestros propios horrores. Vaya uno a saber.

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