28 de marzo 2023 - 5:00hs

Por: Dr. Guillermo Fossati (Ph.D)*

Aún sin contar con datos válidos y confiables, puede uno afirmar que son muchos los niños, adolescentes y jóvenes que en mayor o menor grado han tenido o tienen problemas directa o indirectamente vinculados con situaciones de acoso u hostigamiento. Estas particularidades de la conducta pueden observarse tanto en estudiantes en situación de desventaja socio-cultural como en estudiantes que tienen un importante capital cultural familiar.

A nivel de los centros de enseñanza, siempre existieron alumnos que han aprendido (habría que revisar la historia de sus vínculos) a usar la agresión (que puede escalar a violencia) para manipular o intimidar a otros; perseguir y victimizar a sus compañeros de clase. Alumnos necesitados de protagonismo que recurren a lo que sea para lograr captar la atención de los demás. Siempre existieron alumnos que sufren crueles burlas y son objeto de intimidación, acoso psicológico y agresiones físicas durante sus años de estudio. Siempre existieron también compañeros (cómplices pasivos) que presencian y contemplan la puesta en escena de estas conductas por parte del agresor y callan (sea porque lo disfrutan o porque temen la reacción del agresor). Si bien estas cosas no deberían suceder, suceden.

El fenómeno del denominado “bullying” no se explica por simples peleas con los compañeros. No podemos confundir episodios aislados de violencia, con rasgos o patrones recurrentes y persistentes de conductas de acoso. El hecho de que la agresión sea reiterada es un indicador clave a la hora de determinar que se está ante una situación de acoso.

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El hostigador, en su extremo, manipula, amenaza y se gratifica humillando y dominando a sus víctimas. Intimidar a los demás puede estar expresando la necesidad de demostrar a los demás y a sí mismo cierto control y ejercicio de poder, la procura del respeto de su grupo por un camino equivocado. Aquellos que se suman a las acciones del hostigador (agresor) y se convierten en copartícipes de las burlas y agresiones a la víctima, y aquellos que adoptan la posición de espectadores pasivos contentos de no ser ellos los receptores de la burla y la agresión, si bien pueden no haber sido iniciadores de estos actos son actores importantes de la dinámica del bullying. Si dejan de festejar el acoso, el acosador se queda sin el reconocimiento que necesita para proseguir con el bullying y deja de acosar. Una de las mejores formas de prevenir el bullying es modificar aquello que lo sustenta.

En pocas palabras, en términos no absolutos sino relativos y probabilísticos, todas estas experiencias, convertidas en esquemas cognitivos y emocionales (estructuras centrales de la persona), pueden tener impacto y dejar huellas en el autoconcepto de cada uno de los involucrados.

Para finalizar, una sugerencia, considerar la implementación de técnicas y dinámicas de grupo en educación media. El bullying es un fenómeno grupal. La intervención grupal es una opción práctica a privilegiar por su gran potencial de efectividad con los adolescentes y con amplias aplicaciones posibles: trabajar en la prevención y atención de las situaciones de violencia entre pares en el ámbito educativo, trabajar la comunicación y el conflicto a partir del trabajo de los vínculos, desarrollar conductas pro-sociales (altruismo, empatía, actitud solidaria), prevenir el consumo de alcohol y drogas, mejorar el clima social de los centros educativos, etc.

El paradigma de atención en la infancia y la adolescencia debe dirigirse prioritariamente al desarrollo de acciones que pongan mayor atención en la prevención. Podemos focalizar nuestra atención en el alumno y hacerlo responsable de su fracaso para adaptarse, relacionarse, integrarse y funcionar correctamente. Podemos, por el contrario, ampliar nuestros esquemas y dirigir nuestra atención también a las insuficiencias y características del entorno que le ofrecemos a ese alumno para desarrollarse y crecer emocionalmente. La interacción del alumno (niño, adolescente) con su entorno (familia, centro educativo) constituye un complejo sistema de influencias cruzadas. Las características individuales (temperamento, estilos de relacionamiento e interacción) al ponerse de manifiesto provocan reacciones en los demás que confirman y refuerzan las conductas y tendencias iniciales. Es así como se van consolidando patrones específicos de comportamiento individual.

La familia no tiene como única función la reproducción biológica, debe también asegurar parte de la transmisión de valores y juega un rol central en la socialización de los hijos. La socialización refiere a las pautas de conducta que están en conformidad con las reglas y expectativas de la sociedad en la que uno vive. Dos componentes principales: una disposición general a evitar la conducta antisocial -resultado del miedo al castigo, incluido el auto-castigo a través de la culpa-; una disposición general hacia conductas pro-sociales (altruismo, empatía, actitud solidaria, etc.)

La educación tiene un papel fundamental que cumplir. Vale destacar la importancia de incorporar al currículo el desarrollo de competencias interpersonales (comunicación, colaboración, empatía, trabajo en equipo, etc.) y competencias intrapersonales (autocontrol, auto-regulación emocional, auto-monitoreo, adaptabilidad, etc.). Competencias no cognitivas que hoy tenemos que considerarlas como metas explícitas de la educación.

*Director del Instituto Nacional de Evaluación Educativa (INEEd)

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