30 de agosto de 2013 20:32 hs

La relación de un violinista y su violín es íntima e intensa. Una vez que el músico encontró al instrumento (o una vez que el instrumento encontró al músico), suele haber un compromiso no expreso pero firme y duradero. Esa búsqueda puede ser dolorosa, como la que juntó a Joshua Bell y su Stradivarius, luego de una transacción de cuatro millones de dólares. Ambos estarán en Montevideo el 8 de setiembre en el Auditorio del Sodre, en el marco de las actividades organizadas por el Centro Cultural de Música.

El violín es un instrumento que aparece en el siglo XVII y los más famosos y codiciados en el mundo son los construidos por Antonio Stradivari durante unos 30 años desde fines del siglo XVII hasta principios de siglo XVIII. La forma latina de su apellido, Stradivarius, es la que da nombre y fama a sus violines.

Hay unos cientos de Stradivarius dispersos por el mundo, decenas del período especial en que se construyeron los más cotizados. La mayoría de ellos tiene nombre y pertenece a una colección. Cada tanto se prestan a un violinista famosísimo.

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No hay violinistas uruguayos que tengan un Stradivarius ni colecciones en Uruguay que dispongan de esos violines, pero hay otros ejemplares muy interesantes y la pasión y fidelidad entre instrumento y ejecutante son igual de intensas.

Daniel Lasca, concertino de la Orquesta Filarmónica de Montevideo, dice que en la ciudad hubo muy buenos violines, traídos por inmigrantes europeos, pero que “los dealers internacionales se enteraron e hicieron un despojo terrible”.

Entre esos violines locales hubo un Guarnerius, de los más prestigiosos violines del mundo, a una altura similar a la de los Stradivarius.

Tampoco hay en Uruguay luthiers que fabriquen violines, como sí hay en Argentina. Lo que hay son artesanos que los reparan, lo cual es también muy importante en estos instrumentos que a veces cargan con varios siglos vida útil.

Lasca está muy conforme con su violín, un Upfenreuter de principios del siglo XX. “Era un suizo que falsificaba Stradivarius y que llegó a hacerlos tan bien que uno de ellos fue certificado en Londres como auténtico. Meses después descubrieron el error y Upfenreuter tuvo que escapar y llegó a Argentina”, dijo.

El violín de Lasca fue comprado por su padre en Montevideo y le fue enviado a su actual dueño, que en ese entonces estudiaba en un conservatorio europeo, por el músico Luis Batlle Ibáñez, hermano del expresidente de la República.

Lasca señala que hay coleccionistas de violines Upfenreuter pero que él no sabe cuánto vale el suyo ni lo quiere averiguar. Lo tiene desde 1974 y no tiene ningún interés en desprenderse de él.

Tiempo
No es fácil evaluar la calidad de un violín contemporáneo. Existe un sinfín de variables y una de ellas es el tiempo. “Tienen que tener 30 a 40 años de contruidos para mepezar a mostrar su calidad”, dice Lasca. ¿Y se identifica la calidad por el sonido o hay que verlo o conocer su origen para decir si es mejor o no?

Lasca dice que con solo escuchar un buen Stradivarius se puede afirmar que es un instrumento excepcional. “Hay determinados matices de sonido que no se logran con cualquier violín”, sostiene.

La de violinista es una vocación que exige sacrificios, constancia y mucho trabajo: “Cuesta un buen tiempo, es muy difícil lograr sacar algo más o menos agradable”, dice Lasca. Y así lo demuestra Roger Federer en la foto.

Sin embargo, una vez que se logra, vale la pena. “El violín es el vehículo a través del cual yo expreso todo lo que llevo adentro. Es mi vida”, dice Lasca.

En opinión de Claudio Nathan, también violinista de la Filarmónica, hay buena parte de verdad y también buena parte de mito en las alabanzas que se llevan los Stradivarius y toda la leyenda que los envuelve.

“Un Stradivarius no necesariamente tiene que sonar de manera espectacular” y explica: “Puede tener un sonido muy aterciopelado y faltarle potencia”.

Nathan también se queja de esos coleccionistas de Stradivarius que mantienen mudos a sus instrumentos. “El sonido se deteriora si no se usa”, aclara.

El músico entiende que “hay algo de esnobismo” en las loas a los violines famosos y a la calidad “incomparable” de los Stradivarius. “Siempre se encuentra un Stradivarius en algún sótano y resulta ser un instrumento único”, ironiza.

Él tiene un violín de principios del siglo XIX, de origen polaco, con el que está muy conforme. Y reconoce que hay una relación “de afecto” con el instrumento y que “es muy difícil” desprenderse de él. Nathan explica, sin embargo, que un violín, no tiene por qué ser antiguo para ser bueno y que su hijo Federico, concertista de éxito en Barcelona, encargó un violín hecho “de medida” para él y que “tiene un sonido fantástico”.

Interrogado por teléfono a Barcelona, Federico contó que su violín fue construido por el luthier alemán Stephane von Baehr, uno de los afamados en el mundo, a quien conoció a través del concertino de la Filarmónica de Berlín, quien posee uno de estos instrumentos.

Federico dice que en Europa ya es una moda esto de tener violines contemporáneos: “Se le está dando la oportunidad a los luthiers, como en su momento se la dieron a Stradivarius”. Él cree, además, que este von Baehr será recordado como uno de los mejores y que sus violines del siglo XXI serán muy cotizados en tiempos venideros.

A Federico le costó 25 mil euros la confección del instrumento, que demandó poco más de un año, pero vaya a saber cuánto se cotizará un von Baehr en el siglo XXIV.

El músico define la sonoridad de su instrumento como “más dulce” que la de los Stradivarius y los Guarnerius y “de una calidad superior a los violines de hace 100 o 200 años”.

Stephane von Baehr estudió no solo las características físicas de Federico Nathan, a la hora de hacer el violín, sino que también estudió sus tendencias al tocar, la suavidad y agresividad de su estilo. Lo hizo “para que el violín encajara con mi personalidad”, explica.

El resultado, según el violinista, “es formidable”.

Como una intensidad que no se da con ningún otro instrumento, cada violín tiene su historia, imposible de disociar de la historia de su dueño. Muchos tienen nombre propio y hasta alma.

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