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Watchmen: una de las mejores series del año convierte a los superhéroes en villanos

La serie de HBO es una caja de sorpresas que impacta y maravilla episodio a episodio

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22 de diciembre de 2019 a las 05:00

Faltan dos minutos para el fin del mundo. Desde hace dos años el Reloj del Apocalipsis marca las 23:58,  instaurado por los integrantes de la publicación científica Bulletin of the Atomic Scientists en 1947 como una forma de representar qué tan cerca está la humanidad de una catástrofe global. Nuestro mundo nunca había estado tan cerca de la medianoche como ahora. Solo en 1953, en tiempos en los que la Unión Soviética y Estados Unidos estaban agarrándose mutuamente del pescuezo con una mano y tenían la otra en el gatillo de un arma que podía mandar a todo el mundo al garete. La amenaza nuclear hoy sigue vigente, el calentamiento global, la inteligencia artificial y sus potenciales peligros y la guerra cibernética son los factores que hacen que ahora estemos tan cerca del desastre, según estos científicos y académicos.

Pero eso es en nuestro mundo. El de Watchmen es distinto, aunque el reloj también es un símbolo allí. Publicado entre 1986 y 1987, en uno de los tiempos más calientes de la Guerra Fría, este comic creado por el guionista Alan Moore y el dibujante Dave Gibbons nos ponía en una realidad alternativa en la que los superhéroes existen y pueden tener la clave para frenar la guerra atómica.

 En ese mundo, las décadas de 1930 y 1940 ven como surge una moda en Estados Unidos de disfrazarse para combatir al crimen. Parte maniobra de marketing, parte delirio,  parte genuino interés por el prójimo, estos héroes primigenios inspiran a una segunda generación activa en los años 1970 y 1980, y que tiene al único superhumano real: el Doctor Manhattan, un científico que tras un accidente de laboratorio se convierte en prácticamente un dios. Su existencia altera drásticamente la realidad geopolítica del planeta.  No se puede resumir la historia de la novela gráfica con facilidad. Solo cabe decir que fue revolucionaria para el medio, porque deconstruyó a los superhéroes, presentándolos como personas falibles, violentas y patéticas, a la vez que se mete con temas como la justicia, el poder y los peligros del extremismo, sin importar que sesgo o ideología tenga detrás. 

Treinta años después, en nuestro mundo, HBO estrena una serie que nos mete de vuelta en el universo Watchmen. Liderada por Damon Lindelof (Lost, The leftovers), el resultado ha sido una de las mejores producciones televisivas del año, tan sorprendente como hilvanada a la perfección en todos sus rubros. Se disfruta habiendo leído la historia original, pero con acceder a algún resumen sencillo de esos sucesos, se puede entrar con algo menos de bagaje a esta realidad paralela, en la que Estados Unidos ganó en Vietnam gracias a Manhattan y el país asiático es el estado 51; donde Robert Redford es el presidente y lleva adelante un gobierno ultraprogresista tan aplaudido como resistido, donde todos los autos son eléctricos e internet está prohibido al público.

Por fuera es un mundo idílico y pacífico, gracias a lo ocurrido en la historia original. Paz mundial, poca contaminación, felicidad. Pero hay heridas del pasado que no cierran. El legado, tanto el bueno como el malo, es pieza clave de esta historia. Como también lo son la justicia, el poder policial, el racismo y la opresión.

La serie empieza en 1921, retratando un hecho real poco conocido de la historia de Estados Unidos, conocida como la Masacre de Tulsa. En esa ciudad de Oklahoma, la comunidad afroamericana – una de las más prósperas del país – fue arrasada por sus vecinos blancos, entre los que se contaban varios integrantes del Ku Klux Klan. De ahí vamos a un 2019 en donde las víctimas y sus descendientes han sido compensadas económicamente por el gobierno de Redford. Un 2019 en el que la policía tiene que andar enmascarada porque un grupo de supremacistas blancos atacó a todos los agentes en sus casas de forma coordinada durante una Navidad. Para evitar que se repita, nadie conoce las identidades de los agentes, y los detectives tienen alter egos, como si fueran superhéroes.

Una de esas detectives es Ángela Abar, también conocida como Sister Night (Regina King, que cubre un gigantesco espectro de registros actorales y cumple con un papel tradicionalmente reservado a hombres). Abar se termina convirtiendo en el punto en el que convergen todos los hilos de una trama cada vez más compleja que involucra una guerra racial en proceso de gestación, su propia herencia familiar, una conspiración que involucra a Manhattan, y el legado de los demás integrantes de aquella segunda generación de vigilantes enmascarados, los Watchmen del título.

Tic-toc, tic-toc

Mientras que la historia de Moore y Gibbons se enfocaba en la justicia por mano propia, la moral, el uso que se le da al poder que uno tiene, y había también una crítica a las políticas conservadoras de figuras como Richard Nixon y Ronald Reagan, aquí el filtro pasa más por las injusticias históricas estadounidenses, las relaciones de poder entre dominadores y dominados (un Vietnam colonizado por Estados Unidos, la población afroamericana siendo compensada y revalorizada, lo que ofende a los blancos racistas), la rabia contenida por los que sufren violencia y son discriminados, la venganza y la herencia de las viejas injusticias están en primer plano. 

Todos los protagonistas son de una forma u otra víctimas, o al menos fueron afectados por los hechos y obras de los Watchmen, de forma más o menos directa. Los actos de aquellos superhéroes ochentosos moldearon sus vidas, definieron sus traumas y los convirtieron en quienes son, aunque ellos no lo sepan.

Y la sombra de esos vigilantes es aún más larga de lo que parece en primera instancia. Ya el primer episodio termina con un evento sorpresivo, que es apenas el primero de los varios sacudones narrativos que nos hacen explotar la cabeza como si el Doctor Manhattan nos hubiera tirado un rayo atómico. Como si fueran mamushkas, cada caja que se abre revela otro misterio más profundo. En un paralelismo con el cómic original, las sorpresas se van develando, conectando elementos que parecen aislados y agregando capas a un relato construido con detalle.

A eso se le suma la genialidad de King, la música de Trent Reznor y Atticus Ross (ambos integrantes de la banda Nine Inch Nails) y episodios que se sienten innovadores y maravillosos como el sexto de los nueve que componen la serie, un recorrido por las memorias de uno de los personajes más misteriosos, contado en blanco y negro, con tomas continuas, cortes de edición y efectos especiales sublimes. 

Watchmen exige. Quizás sea mejor consumir sus episodios con moderación, porque es una serie intensa. Es también uno de los relatos mejor armados y contados de la televisión en mucho tiempo, y una de las series del año. Aunque los remakes, secuelas y relatos asociados a franquicias ya existentes sean lo que domina el entretenimiento actual, a veces hay excepciones como esta que salen de lo común y de los caminos trillados. El debate, ahora que terminó la serie, es si seguirá con una segunda temporada. Lindelof ha manifestado que no está seguro, y eso sería lo más adecuado. Aunque uno de los personajes diga que “nada termina nunca”, aquí el círculo ya está cerrado.

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