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Woody Allen, ese pequeño hombre imperfecto

Tan celebrado como odiado, el realizador llega a los 80 con una carrera que desborda neurosis

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01 de diciembre de 2015 a las 05:00

En sus siete letras, la palabra lo define. Encapsula a la persona que es o al personaje que ha creado en sus 80 años de vida. Woody Allen es el estereotipo de lo que en yiddish se denomina "nebbish": temeroso, inseguro, tímido e incapaz de enfrentar responsabilidades o discusiones.

Sin embargo, esas cualidades no siempre fueron sinónimo del director, escritor y actor, sino que se consolidaron hacia la década de 1960, cuando los escenarios de los shows de stand-up le comenzaron a demandar una identidad propia y distintiva.

Desde los 15 años, Allan Stewart Konigsberg había escrito chistes y artículos satíricos para periódicos, luego dedicándose a elaborar bromas para otros comediantes o guiones para talk shows y sitcoms.

Una vez detrás del micrófono, Allen logró un maridaje perfecto de neurosis e intelectualidad que no solo le dio un nombre en la industria del entretenimiento, sino que además pavimentó la imagen del típico neoyorquino. Es aquel hombre luego encarnado por Louie C. K. o Larry David, que no puede escapar al vértigo de su propia ciudad y que siempre se encuentra preparado para el fracaso, para el peor de los infortunios.

El acercamiento al cine, antes explorado en un solo año de universidad, fue a través del guión de What's New Pussycat? (1965), que antecedió a su debut como director, What's up, Tiger Lily?, una sátira que convertía a una película de espías japonesa en una comedia sobre la búsqueda de la mejor ensalada de huevo del mundo.

Lente prolífico

Luego de Bananas (1971) y Todo lo que usted siempre quiso saber sobre sexo (1972), Allen le dio inicio a un ritmo de casi una película por año que se mantiene inalterado hasta el día de hoy.

Al poco tiempo de haberse iniciado, Annie Hall (1977) y Manhattan (1979) le permitieron garantizarse un lugar único en la generación del New Hollywood (o la "nueva ola" norteamericana). No solo tenía un humor claro e inigualable, sino que su miraba se filtraba por igual en la cámara y en el guión, cumpliendo el doble rol de director y escritor en todas sus producciones.

Sin embargo, su lugar como actor también lo desmarcó del resto, al ubicarse a sí mismo, ese eterno perdedor, en la piel del galán romántico. Con Allen, el héroe era aquel enclenque y pequeño intelectualoide, de poco pelo y lentes gruesos, incapaz de desligarse de sus inseguridades incluso cuando captaba la atención de Diane Keaton o Mia Farrow.

A partir de 1980, la influencia de sus ídolos europeos Ingmar Bergman y Federico Fellini comenzó a permearse en películas como Días de radio (1987), Hannah y sus hermanas (1986) y Recuerdos (1980), al tiempo que los elementos trágicos y existencialistas se enlazaban cada vez más con el humor o lograban sobrevivir por cuenta propia.

Aunque la ambientación no siempre fuera en Nueva York, la ciudad siempre pervivía, respirándose en la ansiedad y el aire burgués-intelectual de sus protagonistas.

Pese a ser consistente en su estilo, Allen no ha logrado mantener su popularidad intacta, alternando altos (Medianoche en París) con bajos (Scoop) y sin alcanzar el revuelo de sus obras maestras en blanco y negro.

El genio de las dos caras

Al tiempo que la calidad de sus historias es cada vez más cuestionada, su arte no puede desvincularse de la reputación del hombre que yace detrás.

El detrimento de su figura comenzó en 1992. Ese año su pareja, Farrow, encontró fotografías de desnudos de su hija adoptiva de 21 años, Soon-Yi Previn, en posesión de Allen. A la disputa legal que sucedió por la tenencia de los tres hijos de ambos, Farrow sumó acusaciones de abuso hacia la única hija del cineasta, Dylan, de entonces 7 años. Aunque el equipo médico encargado de elucidar el caso desestimó la posibilidad de un abuso, Dylan reiteró la versión en una carta abierta publicada el año pasado.

Tal como sucede con el director Roman Polanski, la imagen de Allen es una de las más controvertidas de la industria del cine, pues la brillantez de la obra se ve opacada por la oscuridad del hombre. Sin redención posible, entonces, el pequeño hombre imperfecto resultó ser justamente eso.


Las mejores

Annie Hall (1977). Con el guión más divertido del cine según los guionistas estadounidenses, la película sigue uno de los vínculos románticos de un neurótico comediante.

Manhattan (1979). Un neoyorquino de mediana edad se debate entre su novia de 17 años y la amante adulta de su mejor amigo.

Hannah y sus hermanas (1986). El vínculo entre tres hermanas se desmorona cuando el marido de una de ellas se enamora de su cuñada.

Delitos y faltas (1989). Más drama que comedia, el filme plantea los caminos paralelos de dos hombres enfrentados a problemáticas morales.

La rosa púrpura del Cairo (1985). En la Gran Depresión estadounidense, el camino de una camarera se cruza con el del protagonista de su película favorita.


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