1 de diciembre de 2022 16:00 hs

Por Brooke Masters

Ha sido un mes pésimo para la reputación de la inversión profesional.

El colapso de FTX reveló que todos —desde los fondos de cobertura de alto riesgo hasta los respetables fondos de pensiones y soberanos— habían estado invirtiendo dinero en una casa de cambio de criptomonedas con controles financieros más débiles que los de Enron.

Elizabeth Holmes fue condenada a 11 años de prisión por el caso de Theranos, una compañía que promocionaba una fraudulenta tecnología de análisis de sangre que engañó al fundador de Oracle, Larry Ellison, y al magnate de los medios de comunicación Rupert Murdoch.

Las acciones de las compañías tecnológicas que salieron a bolsa durante el frenesí de las compañías de adquisición con propósito especial (SPAC, por sus siglas en inglés) de 2020-21 se han devaluado drásticamente, y numerosas firmas de criptomonedas se están tambaleando. BlockFi se declaró en bancarrota el lunes a pesar de su afirmación de estar "respaldada por los mejores", incluyendo SoFi, Tiger Global y Peter Thiel.

¿Ya nadie hace la diligencia debida? El aburrido proceso de comprobar que las inversiones potenciales pueden cumplir sus promesas ha sido completamente descuidado. Antes, la diligencia debida significaba enviar banqueros a comprobar que una compañía minera realmente tenía una mina de oro en funcionamiento; contratar contadores para examinar los libros de contabilidad; y pedir a los abogados que identificaran los contratos que pudieran resultar problemáticos en caso de quiebra.

Hoy en día, es difícil saber qué significa realmente la diligencia debida. El Plan de Pensiones de los Profesores de Ontario, el cual invirtió US$95 millones en FTX, ha insistido en que sus profesionales "llevan a cabo una sólida diligencia debida en todas las inversiones privadas". Tiger Global, la cual invirtió US$38 millones, paga a consultores externos, como Bain & Co, para que realicen esa labor. Sin embargo, ambas pasaron por alto lo que el nuevo jefe de FTX ha descrito como un "completo fracaso de los controles corporativos". Sequoia Capital, la cual le entregó al fundador de FTX, Sam Bankman-Fried, US$214 millones a pesar de que él estuvo jugando sus videojuegos durante la presentación, ha respondido cautelosamente. La firma emitió una inusual disculpa y prometió establecer estándares más estrictos en el futuro, mientras insistía en que había conducido las comprobaciones adecuadas.

Los negociadores veteranos de Silicon Valley afirman que se ha producido una gradual erosión de los estándares, conforme los inversionistas de capital de riesgo dejaron de intentar seleccionar y cultivar a los empresarios más inteligentes, y empezaron a ‘repartir’ dinero en todas partes. El modelo de capital de riesgo siempre ha supuesto que la mayoría de las compañías incipientes fracasan, pero los inversionistas se ven compensados por esas pérdidas al entrar tempranamente en algunas que resultan ser grandes éxitos.

Sin embargo, décadas de dinero fácil, y una falta de rendimientos decentes provenientes de alternativas más seguras, significa que este enfoque se ha extendido de las primeras rondas de inversión que involucran unos pocos millones de dólares a los gigantescos acuerdos de miles de millones.

Conforme más compañías aparentemente exitosas continuaban como empresas privadas durante más tiempo, el temor de los inversionistas a perderse el próximo Amazon o Google aumentaba. Eso los hizo vulnerables a los charlatanes. Los inversionistas comenzaron a seleccionar compañías basándose en quiénes más eran integrantes de la ronda de financiación, en lugar de en si el plan de negocio del empresario tenía sentido.

Cuanto más tiempo se mantenían las tasas de interés bajas, más se agravaba el problema, ya que los inversionistas institucionales asignaban cada vez más dinero a los fondos de inversión privados. Las firmas claves como SoftBank, Tiger Global y Sequoia, repletas de enormes reservas de efectivo, se jactaban de la rapidez con la que podían desplegar el capital. Eso presionó a sus rivales para que se deshicieran de sus abogados y contadores. Muchos aceptaron invertir con poca o ninguna protección para su dinero. Bankman-Fried se negó a incluir representantes de los inversionistas en la junta directiva de FTX, y utilizó dos firmas de auditoría poco conocidas.

Incluso cuando los inversionistas insistían en hacer las diligencias debidas, el trabajo práctico solía recaer en los abogados, consultores y banqueros más jóvenes. Los veinteañeros de hoy no tienen una significativa experiencia en materia de recesión, por lo que tienen menos experiencia para juzgar la idoneidad de los controles y las cláusulas que sólo importan cuando el dinero empieza a agotarse.

Y definitivamente se ha agotado. La financiación de capital de riesgo durante el tercer trimestre se redujo un 53 por ciento interanual, según Crunchbase. Con el aumento de las tasas de interés y de los rendimientos de los bonos, los inversionistas ya no tienen que hacer descabelladas apuestas para obtener un rendimiento decente. La volatilidad de los mercados nos ha recordado que las valoraciones no siempre suben, incluso para los ganadores: los precios de las acciones de Google y Amazon han bajado más de un tercio desde enero.

Los inversionistas que quieran restablecer los estándares deberían comenzar con los estados financieros. El fiasco de FTX proporciona una razón para insistir en las auditorías adecuadas que profundizan en la forma en que las compañías están gastando su dinero, y que revelan plenamente las transacciones con la parte relacionada. Las rarezas en el flujo de efectivo les dan entonces a los financiadores potenciales una sólida justificación para plantear sus preocupaciones sobre la gobernanza.

Algunos quisquillosos fundadores se opondrán, y algunos visionarios tendrán dificultades para cumplir con estándares más altos. Pero las mejores compañías nuevas sobrevivirán. Incluso pudieran subir más alto si ya no tienen que competir con las mediocridades mantenidas vivas por los inversionistas pródigos.

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