Hay mandatarios que forjan su legado durante el período en el que les toca dirigir el destino de un país. Hay otros, como Jimmy Carter –quien murió esta semana a los 100 años– que lo hacen con lo que deciden hacer después de su período presidencial. El mandatario número 39 de Estados Unidos llegó al sillón presidencial en un momento crítico de su país, en medio del horror de una guerra que nadie entendía, Vietnam, y luego del escándalo de Watergate, que minó la confianza en las instituciones.
Llegó desde su Georgia natal, con relativa poca experiencia política. Se lo consideró uno de los primeros outsiders y prometió en su campaña y cuando asumió que nunca le mentiría a su pueblo. En 1976, cuando la tasa de inflación era del 4,9%, Carter logró una victoria improbable apelando a un electorado amargado y desesperado por un cambio. Venía de una familia rural y de un contexto muy religioso y si algo tenía en claro eran sus principios éticos. Nada de eso ayudó a que se lo juzgara con caridad durante su período.
En 1980, cuando la tasa de inflación era del 12,6% y la crisis de los rehenes de Irán seguía sin resolverse, con más de 400 estadounidenses que pasaron casi un año y medio secuestrados dentro de una embajada, Carter perdió la reelección. Algún historiador advirtió entonces que la historia lo juzgaría con una vara más justa. "Para la mayoría de los estadounidenses", escribió Kai Bird, autor de la biografía de Carter, The Outlier, “era más fácil etiquetar al mensajero como un 'fracaso' que lidiar con los problemas difíciles".
Su presidencia es ahora analizada por muchos historiadores con más amabilidad; esta evaluación no tiene que ver únicamente con lo que hizo en el cargo sino también con lo que logró después de dejarlo. De hecho, en encuestas de historiadores realizadas por el Siena College, Carter pasó del puesto 33 en 1982, poco después de dejar la Casa Blanca, al puesto 24 en 2022. Con media docena de presidentes más incluidos ahora en las evaluaciones, eso significa que Carter, que fue juzgado mejor que otros seis presidentes hace cuatro décadas, hoy es considerado por encima de otros 21 presidentes.
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Expresidentes de Estados Unidos, de izquierda a derecha: George Bush, Ronald Reagan, Jimmy Carter, Gerald Ford y Richard Nixon frente a la Reagan Library en noviembre de 1991.
HAL GARB / AFP
La presidencia de Carter estuvo marcada por un delicado equilibrio entre idealismo y realidades pragmáticas, pero fue su labor posterior la que cimentó su legado como una de las voces más influyentes en los ámbitos de derechos humanos y diplomacia internacional.
Llegó a la presidencia con la promesa de un gobierno honesto y transparente, algo que resonó profundamente en una nación ansiosa por recuperar la confianza en sus líderes. Pero le tocó un contexto nacional e internacional complejo. La crisis del petróleo impactó con toda su fuerza en una economía local altamente dependiente del combustible, que venía de un período de "estanflación" —la combinación de inflación alta y crecimiento económico bajo—, lo que lo dejó casi que de manos atadas para implementar reformas significativas.
En sus años de presidencia habló muchas veces de energías renovables, aunque nadie quería escuchar lo que se haría vital en años posteriores. A pesar de grandes logros como lo fueron los acuerdos de Camp David entre los aparentemente eternos enemigos, Israel y Egipto, la percepción generalizada de su pueblo era que le faltaba liderazgo. La meta de la paz, en la que pocos creían, fue liderada personalmente por Carter, que incluso intervino más de una vez para evitar un portazo de alguna de las dos partes enfrentadas.
Carter, además, emitió la Directiva Presidencial 30, que estipulaba que “los países con un historial bueno o que mejoren sustancialmente en materia de observancia de los derechos humanos, recibirán una consideración especial en la asignación de asistencia exterior de Estados Unidos, del mismo modo que los países con un historial pobre o en deterioro recibirán una consideración menos favorable". Esta directiva fue la que determinó que EEUU dejara de asistir -luego de darle mucho dinero y entrenamiento- a los gobiernos militares dictatoriales de Uruguay, Argentina, Bolivia, El Salvador, Guatemala, Haití, Nicaragua y Paraguay. La administración Carter también se opuso a decenas de intentos de conceder préstamos de instituciones financieras internacionales a regímenes abusivos, prometiendo alivio sólo a cambio de mejoras concretas.
En 1979, dijo unas cuantas verdades en un discurso que luego fue analizado de mil maneras y al que se lo bautizó como el “discurso del malestar”. “La amenaza es casi invisible en la forma habitual. Es una crisis de confianza. Es una crisis que golpea el corazón, el alma y el espíritu de nuestra voluntad nacional. Podemos ver esta crisis en la creciente duda sobre el significado de nuestras propias vidas y en la pérdida de la unidad de propósito de nuestra nación”.
Lo que hizo durante su presidencia fue seguramente la semilla de lo que fue su compromiso de por vida con los principios de la diplomacia y los derechos humanos. Luego de dejar la Casa Blanca, Carter volvió a su pueblo natal (donde vivió hasta su muerte) y fundó el Centro Carter, en 1982, una organización dedicada a promover la paz, la democracia y los derechos humanos en todo el mundo. El mismo Centro Carter que estuvo presente en las últimas elecciones venezolanas y que, pocos días después de realizadas llegó a la conclusión pública de que “no se adecuó a parámetros y estándares internacionales de integridad electoral y no puede ser considerada como democrática”.
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Robyn BECK / AFP
El organismo que lideró supervisó elecciones en más de 90 países, asegurando procesos democráticos y justos en naciones donde los sistemas políticos estaban en riesgo. Al mismo tiempo Carter trabajó incansablemente por mejorar temas de sanidad en países olvidados, como la oncocercosis (ceguera de los ríos) y la enfermedad de Guinea.
En 2002, recibió el Premio Nobel de la Paz por su labor humanitaria y su trabajo en pro de la resolución de conflictos. Este reconocimiento subrayó su transformación de un líder político cuestionado a un estadista admirado a nivel mundial.
El legado de Jimmy Carter es una narrativa de redención y servicio continuo. Se convirtió así en un modelo de cómo los ex líderes pueden seguir influyendo positivamente en el mundo, utilizando su plataforma para abordar los desafíos más urgentes de nuestra era. En un mundo y en un país como Uruguay, que no escapa a la tentación de juzgar a sus mandatarios demasiado rápidamente y demasiado duramente, la historia de Carter es una lección que ojalá aprendamos.