El Día Internacional de la Democracia pasó casi inadvertido en nuestro país. Uruguay suele presentarse como una de las democracias más estables del mundo, con instituciones consolidadas, alternancia pacífica y hasta gestos simbólicos que son reconocidos en el exterior —como presidentes y expresidentes compartiendo escenarios públicos—. Pero cuando miramos hacia adentro, la foto cambia: en la vida cotidiana encontramos una sociedad más cansada que movilizada. Ese contraste revela un problema profundo. Mientras la política insiste en relatos que se repiten, buena parte de la ciudadanía se vuelve distante.
Habitamos nuestros derechos políticos, sociales y civiles como si fueran un dato dado, pero prestamos poca atención a cómo los demás logran ejercerlos en igualdad de condiciones. Nos hemos acostumbrado a esquivar personas tiradas en la calle, a escuchar cifras de homicidios como un dato más o a naturalizar las dificultades de acceso a servicios básicos. Es como si la rutina nos hubiera vacunado contra la empatía. Esa anestesia colectiva funciona como espejo de la política: discursos que ya no movilizan porque no logran resolver lo que ocurre a nuestro lado. El riesgo, en ambos planos, es idéntico: naturalizar la desconexión como si fuera parte de la normalidad. Ese mismo dilema atraviesa el debate presupuestal.
Se discute sobre eficiencia, equidad y distribución de recursos, pero muchas veces sin definir lo esencial: ¿qué modelo de sociedad queremos construir? Sabemos que el Estado no puede hacerlo todo ni estar en todos los espacios, pero sí debe generar oportunidades y sentar las bases para que la sociedad pueda desarrollarse. Durante años se repitió que la política era “el arte de lo posible”; hoy el desafío es más exigente: trabajar para que lo posible efectivamente ocurra. De ahí la urgencia de volver a pensar la democratización no solo como un principio, sino como un proceso. Democratizar significa apropiarse de los espacios de discusión y comprensión, abrir ámbitos donde la participación ciudadana no se limite al voto, sino que construya sentido común, control y orientación de las políticas.
Las movilizaciones no deberían responder únicamente a intereses sectoriales: tendrían que inscribirse en una lógica más amplia, de defensa de derechos para todos. La democracia puede sostenerse en instituciones, pero solo se renueva en la práctica ciudadana. No alcanza con votar cada cinco años ni con escuchar relatos que se repiten: hace falta discutir, participar, incomodar y construir. Tal vez ese sea el verdadero sentido del Día Internacional de la Democracia: recordarnos que la democracia se vacía cuando la damos por hecha y solo se fortalece cuando la hacemos nuestra.
La democracia no se mide solo en lo que tenemos, sino en lo que estamos dispuestos a construir juntos y también, en lo que no estamos dispuestos a tolerar.