- Lolo, nuestra “lucha” se ve amenazada con la baja de la inflación y la suba del salario real. –Sí, ni me digas Pancho. Pero venimos bien con la recolección de firmas. Es que la propuesta es irresistible: trabaja menos años y jubilate con más plata. –Me pone un poco nervioso que nuestro brazo político, en especial sus principales figuras, no se deciden a apoyarnos con eso…
Unos meses después: -Bueno Pancho, ¡al final nos sobraron firmas! –Sí Lolo, pero viste que desde el plano político nadie se anima a respaldarnos. –No te preocupes, al final ella, él y todos los compañeros se van a terminar sumando. No pueden estar contra nosotros, somos el pueblo. –Eso es verdad. Igualmente hay que seguir reforzando las promesas. Machaquemos con la fórmula: jubilarse antes, cobrar más. –Pero hasta los nuestros nos caen con la financiación, o mejor dicho, la imposibilidad de la misma. –Eso está resuelto: se puede utilizar el viejo cuento de Robin Hood, siempre rinde. Digamos que le sacaremos más a los ricos, y con eso se arregla.
Emparchar la Constitución agregando artículos que defiendan “nuevos derechos”, que supuestamente solucionan problemas coyunturales que “queman”, o –mayoritariamente-, proponiendo para la Constitución lo que no se pudo lograr por votos en el Parlamento, no es algo tan novedoso.
La pelea colectiva en un Shopping, ocurrida hace poco, me recordó aquél intento que capitaneara el (ex) político Pedro Bordaberry. Como la mayoría del Frente Amplio en el gobierno impedía actualizar la normativa legal penal, se pensó en plasmar la baja de la edad de imputabilidad en la Constitución. La sensación de inseguridad campeaba y se identificó a menores participando en varios hechos delictivos. Daba la impresión que la propuesta tenía un gran apoyo popular. Las encuestas daban optimismo. Sin embargo, rápidamente se formó un grupo de “resistencia” a dicha propuesta y su slogan fue “ser joven no es delito”.
¿Cuál fue el mensaje que se dejó? Era obvio que la baja de imputabilidad no pretendía culpabilizar a todos los jóvenes. Ser adulto tampoco es delito. Ser hombre o mujer, no es delito. Y podríamos seguir. Delito es cometer una conducta delictiva. Probada en un proceso judicial, vale agregar. Entonces, repito, ¿cuál es el mensaje? Buena pregunta para los que creen que todo se explica como una “construcción” social. Los entornos sociales influyen, por supuesto. Pero no se puede llegar al punto de querer borrar nuestra realidad como personas libres y, por tanto, responsables individualmente. Repitamos: no todos los jóvenes (vale para mujeres, políticos, etc.) son delincuentes. Por supuesto que no. Tampoco son inocentes simplemente por su condición de tales.
Es cierto que la iniciativa de Pedro–discutible por la forma y por la sustancia- contenía otros puntos interesantes para abordar la problemática de la delincuencia juvenil. Todos susceptibles de regularse legalmente. De hecho, el aspecto referido a mantener los antecedentes penales de menores para delitos graves (por ejemplo), se concretó posteriormente a través de la LUC.
Resultado de aquella votación: ganaron “los colibríes”. El pajarito de colores fue otro símbolo usado para sensibilizar y de alguna forma victimizar a los menores infractores. Victimización que, por cierto, parece funcionar ante cualquier situación. Sus promotores aseguraron que iban a impulsar propuestas alternativas a las de Pedro. De eso no se supo más nada. Lo que sí pasó, es que alguna figura se catapultó a la vida política. Algo totalmente legítimo, pero –que se había asegurado- no era el fin perseguido por la desinteresada militante social.
Lo más decisivo para el resultado, fue el hecho que las reformas constitucionales necesitan mayoría absoluta a su favor. Gracias por ello a los constituyentes del pasado. De esa forma, el voto “negativo” tiene una ventaja, no solo matemática, sino también logística muy importante. Probablemente ello también termine afectando a los plebiscitos propuestos para el próximo mes de octubre.
Con respecto a la pelea organizada por redes sociales; unos instigan, muchos se acercan y pocos participan activamente en los hechos de violencia. Las causas de fondo son profundas y la falta de respeto a la autoridad –a veces confundida en forma premeditada con autoritarismo- es una de ellas. Hay ciertas posturas ideológicas que promueven dicha idea y romantizan los actos de desafío a las reglas. Como grafitear la propiedad ajena.
También se buscan teorías pseudo-científicas que solamente ahondan una visión egoísta, hedonista, falta de valores. Una postura filosófica que termina licuando la responsabilidad personal. No puede pretenderse excusar la violencia, para todos los casos, en supuestas privaciones de tipo material. Es muy evidente que no es por ahí, y en este suceso en particular quedó claro. Nuevamente: ser joven no es delito. Tampoco es un permiso para hacer “lo que sea”.
Por otro lado, si la policía actúa, es represión Si no lo hace, hay quejas y se la culpa por la violencia creciente… El origen ideológico de esa “manija” es siempre el mismo.
Párrafo aparte para un tema que ya se trató desde este espacio. En estos días recobró su vigencia y, como corresponde, está consagrado en la Constitución: el Principio de Inocencia. Conviene volver a reafirmarlo. Todos somos inocentes hasta que se pruebe lo contrario. La presunción de inocencia no la esgrimo solamente cuando me conviene, mientras que la pisoteo de forma expresa cuando –también por conveniencia- me sirve para ganarle a mi sector político alguna cocarda como “defensor de las …”.
El logro de Lalo y Pancho, que como se expresó más arriba en estas líneas, llegaron a las firmas para una reforma constitucional del sistema de seguridad social, podemos analizarlo después.
Total, hay que esperar que la Corte cuente las firmas (¿?). Mientras, construimos otra ciclovía. Hay que seguir.