5 de junio de 2024 5:00 hs

El antisemitismo tiene varias fuentes y siendo grueso en los cortes históricos, podemos distinguir el antijudaísmo medieval que finaliza con el Concilio Vaticano II (había en su génesis una cuestión de diferenciación religiosa); luego podemos distinguir el antisemitismo racial surgido a mediados del siglo XIX con las interpretaciones sociales de las teorías darwinianas de la evolución y el creciente nacionalismo que generó los Estados - Nación europeos.

Si bien la Revolución Francesa emancipó a los judíos, las nuevas naciones europeas no los incluyeron en plenitud. Los “judíos eran un agente extraño en el contexto de las naciones” y las teorías raciales servían para justificar este rechazo. El nazismo abrevó de estas ideas y lo llevó a su expresión más violenta, decretando la necesaria eliminación de una “raza”, que por su extraña forma de “evolución” no debía convivir con las demás y principalmente con la aria.

Luego podemos identificar el antisemitismo contemporáneo: después de la Segunda Guerra Mundial y con la creación del Estado de Israel, surgió una nueva forma de antisemitismo, vinculada a la política y vista desde la izquierda como una representación del imperialismo estadounidense. Este antisemitismo se vistió con nuevo ropaje, controlando las palabras pero no los espíritus: se llama antisionismo.

Hay una izquierda que desde el origen se opone al Estado de Israel -ya que desde su matriz internacionalista se opone a los Estados Nación- y además, como señala Fernando Mires, algunas facciones de la izquierda occidental han encontrado puntos de convergencia primero con los movimientos árabes de liberación y luego con sus sucesores, los movimientos islamistas, especialmente en su oposición común al imperialismo occidental y al “liberalismo”. Esta alianza -pasa de ser táctica a ideológica- y se basa en la crítica compartida hacia las políticas exteriores de potencias occidentales, como Estados Unidos, su intervención en el mundo musulmán y también por la supuesta vinculación del judaísmo con la concentración económica.

Este antisemitismo, vestido de antisionismo, se ha vuelto cada vez más virulento, presentando a Israel y a los judíos como opresores y enemigos

Mientras eso sucedía en occidente, en el mundo árabe islámico, hasta los años 90, coexistieron dos corrientes principales: el panislamismo y el panarabismo. El panislamismo dio origen a los Hermanos Musulmanes y al fanatismo islamista, mientras que el panarabismo se constituyó como un movimiento de liberación similar a las guerrillas comunistas (maoístas, guevaristas, etc.). De hecho, Yasser Arafat y la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) seguían esta configuración, y en esos años estas guerrillas colaboraban con el "proceso político" de "lucha".

Lo que la izquierda resiste a ver es que esas “guerrillas” árabes (y africanas) no solo desaparecieron, sino que fracasaron (como todas las occidentales). Y su lugar lo tomó el islamismo fundamentalista, que, a su vez, repele el producto de la Ilustración y la Modernidad. Un dato alcanza: cuando ganó la revolución islámica en Irán: ¿qué pasó con los comunistas y socialistas que habían luchado por la caída del Sha y habían sido aliados del Ayatolá? Los fusilaron a todos.

Además, hay otra explicación que se suma. Tras la debacle del marxismo y el socialismo, las expresiones de izquierda fueron (tuvieron que ir) mutando hacia la “defensa” de identidades, situaciones subjetivas y creación de mitos. La necesidad del marxismo matricial de ver la construcción histórica como dicotómica en lógica opresor/oprimido, hizo que, en esa reconfiguración, apareciera el islamismo como “cuestión” y ocupara el espacio de “oprimido” que resulta, además, funcional a la puja antioccidental y antiliberal que propician esas izquierdas extremas y se produjo el abandono de la defensa de la izquierda de valores universalistas para instalarse en los particularismos identitarios.

En breve: actualmente hay una izquierda que se asocia al antisemitismo por razones ideológicas, históricas y también tácticas.

La negación de los hechos y los mundos paralelos que se suelen crear para sostener mitos hizo que en España una candidata a las elecciones europeas del sector Unidas Podemos dijera que “el islamismo era feminista”. O la actual Vicepresidente del mismo país que llamó al genocidio de los judíos acuñando la tan repetida frase: “Palestina libre desde el río hasta el mar”.

En el caso latinoamericano el extremismo antisemita y pro-islámico no es nuevo y últimamente se ha asociado con las dictaduras populistas como Venezuela, Nicaragua y Cuba.

Recordemos que el símbolo de la izquierda latinoamericana, Fidel Castro, en 2001, reunido en Teherán con el ayatola Alí Jamenei, sostuvo que debía haber una “cooperación irano-cubana” para propiciar “el hundimiento de Estados Unidos”. “Los pueblos y los gobiernos de Cuba y de Irán pueden poner de rodillas a Estados Unidos”, agregó Castro.

Uruguay no está en situación diferente a lo que sucede con las izquierdas europeas y las continentales. Principalmente quienes tienen una concepción internacionalista como el Partido Comunista, no pueden apartarse de adscribirse a ese esquema identitario pro-islámico y por tanto táctica y estratégicamente antisemita. Y esto también estará en juego en la próxima elección en nuestro país.

En el Frente Amplio hoy dominan los sectores comunistas -anti Estados Nación (como lo es Israel)- y otros sectores como el MLN cuyos vínculos históricos con las guerrillas y regímenes árabes e islámicos en los 70 son un dato de la realidad.

La tradición judeocristiana y sus valores que nos identifican: como la Democracia, la Libertad y la Igualdad, -y agrego sin dudarlo: la vida- está amenazada por las visiones extremistas sí, pero cuidado, esas visiones no están lejos.

Por todo ello, hay que cuidar la mano que mece la cuna de Occidente.

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