Politóloga, diplomada en Comunicación Política y doctoranda en Política y Gobierno (Universidad Católica de Córdoba). Fue parte del equipo de comunicación del expresidente Luis Lacalle Pou.
Sequía: menos kilos por hectárea y calidad menor en los granos de soja, un problema que impacta no solo en el campo.
Foto: Juan Samuelle
19 de marzo de 2026 15:51 hs
Existe una diferencia sutil pero clave entre los sinónimos y la sinonimia. Mientras que los sinónimos implican equivalencia —es decir, palabras que pueden intercambiarse sin alterar el sentido—, la sinonimia opera en otro plano: es el intento —muchas veces deliberado— de presentar como equivalentes situaciones que no lo son, o de suavizar lo que, en esencia, permanece igual.
En el año 2023, nuestro país atravesó una de las sequías más severas de las últimas décadas. Ahí el diagnóstico fue directo: crisis hídrica, déficit, emergencia. Estas palabras no eran accesorias: habilitaban decisiones. Se actuó con la lógica de una situación crítica. Tres años después, con reservas nuevamente en descenso, luces amarillas sobre la sequía, y señales sobre el abastecimiento de agua potable en Montevideo y el área metropolitana, el lenguaje cambió. Ya no se habla de crisis, sino de “fase de excepcionalidad”.
¿Es un sinónimo? No exactamente. Es una sinonimia. Y, en la forma de comunicarse de los actores políticos, esa distinción empieza a consolidarse como patrón. Lo que cambió no es necesariamente la estructura del problema, sino la forma de ser presentado. La fragilidad del sistema persiste. Las soluciones de fondo siguen pendientes.
Y la discusión política sobre un plan de contingencia —atravesada por disputas sobre su ubicación, su diseño y su conveniencia— terminó produciendo un resultado conocido en este periodo de gobierno: la inacción.
Pero el fenómeno no se limita al agua. Durante la reciente ola de frío, el gobierno apeló a la figura de “evacuación obligatoria” para atender la situación de personas en calle. La expresión no es inocente: evita el término “internación compulsiva”, utilizado en el período anterior y cargado de costos políticos y simbólicos. Por esto cambiar las palabras permite reconfigurar el marco de interpretación. Pero cuando ese desplazamiento no está acompañado por decisiones de fondo, el lenguaje deja de ser una herramienta de la política para convertirse en su sustituto. Mientras se corrige la forma el fondo se posterga.
En política, no todo lo que suena parecido significa lo mismo. Y, sobre todo, no todo lo que se nombra distinto cambia la realidad. Por eso, la pregunta no es sólo cómo se dicen las cosas, sino qué se hace con ellas: si estamos gobernando los problemas... o simplemente aprendiendo a decirlos mejor.