El carnaval es una de las fiestas más lindas de nuestro país, pero cada año también funciona como un síntoma del clima social. Y este 2026 no es la excepción. Lo que se canta en los tablados no aparece de la nada: condensa tensiones, percepciones y malestares que se vienen acumulando durante meses. La murga, en ese sentido, es una de las expresiones más nítidas de la opinión pública popular; esa que durante el año se intenta capturar con encuestas, focus groups o sondeos televisivos, pero que entre enero y marzo encuentra una forma más directa —y menos filtrada— de decir lo que piensa.
Si las encuestas nos dicen qué opina la gente, la murga nos muestra cómo lo siente.
No es nuevo que el carnaval dialogue con la política, y en especial con la política partidaria. Hace años, una murga se animaba a caricaturizar al presidente como un “viejo tarambana”, aislado y sin rumbo. Tiempo después, se cuestionaba que un mandatario tuviera que levantar el teléfono para pedir ayuda en medio de una crisis binacional con Argentina. En 2020, por primera vez de forma más explícita, algunas letras pusieron en tensión al Frente Amplio desde un lugar inesperado para quienes sostenían la idea de una murga homogéneamente alineada con la izquierda.
Ese mito —el de las murgas “amigas” de un solo signo político— vuelve a crujir este año.
Lo interesante del carnaval actual no es solo a quién se critica, sino desde dónde. Las letras ya no se paran en una lógica binaria de buenos y malos, de gobiernos virtuosos y oposiciones obstructivas. Aparece, en cambio, una mirada más cruda sobre la distancia entre el discurso político y la experiencia cotidiana.
Cuando se canta que el MIDES tiene “un refugio al aire libre”, cuando la pobreza infantil sigue siendo una herida abierta, cuando se ironiza sobre el eslogan de la honestidad. Cuando un legislador entona críticas a un presupuesto que él mismo votó. Cuando se afirma que la gente no llega a fin de mes mientras la política continúa discutiéndose a sí misma. No hay sutileza en el mensaje, y tampoco hay ingenuidad. Hay hartazgo.
Ya no se trata de una crítica sectorial ni ideológica, sino de una impugnación transversal al sistema de representación. La murga no interpela solo a un gobierno o a una oposición: interpela a la política como práctica, como narrativa y como promesa.
En ese sentido, el carnaval funciona como un espejo incómodo. Devuelve la imagen de un cuerpo social que ya no se conforma con relatos épicos ni con consignas heredadas. Un pueblo que entiende que la realidad es dinámica, que las verdades absolutas no resisten el paso del tiempo y que las lealtades simbólicas no alcanzan cuando las necesidades son concretas.
Aquí aparece otro elemento central: el cambio en la relación entre ciudadanía y mensaje. Durante años, la política se acostumbró a discutir quién emitía el mensaje, desde qué lugar y con qué legitimidad. Hoy, el foco parece desplazarse hacia otro lado: ya no importa tanto el mensajero como la contundencia de lo que se dice. Y cuando el mensaje se repite —en una encuesta, en un comentario de redes, en una letra de murga— deja de ser ruido para convertirse en señal.
Los tablados ya no solo aplauden. También cuestionan. Y, sobre todo, exigen.
Porque la murga no compite con los partidos, pero sí disputa sentido. No propone programas de gobierno, pero instala marcos interpretativos: señala contradicciones, expone incoherencias y pone en palabras —a veces brutales, a veces irónicas— los malestares que durante el año quedan diluidos en la rotación vertiginosa de la agenda pública.
Lo que se canta hoy es la expresión de un cuerpo social vivo, consciente de que las ideas pueden ser compartidas, pero las condiciones materiales son ineludibles. Que la empatía discursiva no reemplaza a la política pública. Y que los compromisos asumidos, tarde o temprano, deben cumplirse.
Tal vez por eso el carnaval incomoda. Porque recuerda que, más allá de los sets de televisión y los gráficos de intención de voto, hay una ciudadanía que observa, escucha y evalúa. Y que cuando siente que no llega, canta.
La pregunta no es si la política debería escuchar a la murga.
La pregunta es si está dispuesta a entender lo que le está diciendo.