23 de septiembre 2024 - 8:36hs

Hace unos días, un amigo lejano con el que no hablaba desde hacía algunos meses me comentó: "No te pregunto cómo estás porque igual te sigo en las redes". Esta frase, que parece un simple comentario, me dejó pensando. ¿Realmente creemos que sabemos todo sobre alguien solo porque lo seguimos en Instagram? Las redes nos ofrecen una versión completamente editada de la vida de los demás, pero esa visión fragmentada nos hace olvidar que lo que mostramos en línea es solo una parte de la realidad.

Este fenómeno no es nuevo. Hace tiempo que noto cómo, cuando me encuentro con alguien a quien no veo hace mucho, hay una falsa sensación de cercanía. Como si haber visto mis publicaciones en redes les diera una comprensión completa de lo que estoy viviendo. Pero sabemos que la vida no es solo lo que mostramos en esas fotos o videos. Los momentos de incertidumbre, las dudas y los desafíos suelen quedar fuera de esa narrativa digital.

Vivimos en una era donde lo instantáneo y superficial prevalece sobre lo profundo. Nos acostumbramos a consumir pequeños fragmentos de la vida de los demás, creyendo que eso es suficiente para conocerlos. Nos conformamos con un "me gusta" o un comentario rápido, y muchas veces olvidamos que detrás de esas publicaciones hay mucho más: la complejidad de la vida cotidiana, los miedos, las inseguridades, las victorias que no son necesariamente públicas.

Este tipo de interacción superficial está cambiando nuestras relaciones. En lugar de preguntar, de ahondar en cómo está realmente el otro, nos limitamos muchas veces a observar pasivamente su feed o sus historias. Al final, lo que obtenemos es una versión curada, donde solo se muestra lo que queremos que vean los demás. ¿Cuántas veces dejamos de preguntar por la vida de alguien porque "ya lo vimos en sus redes"? Esa distancia disfrazada de cercanía es una trampa en la que todos caemos, yo incluido, claramente.

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A veces me pregunto si nos estamos conformando con saber lo básico de las personas, si la inmediatez de las redes ha hecho que valoremos menos el proceso de conocer a alguien. Porque conocer de verdad a una persona lleva tiempo, esfuerzo, y requiere mucho más que deslizar el dedo por una pantalla. Necesitamos retomar esas conversaciones más profundas, las que no se pueden resumir en una story de 15 segundos o en una foto con mil filtros.

No es que las redes sean el enemigo. Como todo, tienen su valor y utilidad, pero no pueden convertirse en el único canal por el cual entendemos la vida de los demás. Si nos quedamos solo con esa versión digital, estamos perdiendo la oportunidad de profundizar en nuestras conexiones, de hacer preguntas reales, de escuchar respuestas genuinas.

Lo interesante de todo esto es que, aunque parezca que estamos más conectados que nunca, en realidad, nos estamos alejando de lo que significa verdaderamente estar cerca de alguien. Saber lo que una persona publica no es lo mismo que saber cómo se siente, qué la preocupa o qué sueña. Y aunque las redes nos ofrecen una ventana, no debemos olvidar que no es la casa completa.

Quizás sea el momento de replantearnos qué significa realmente conocer a alguien en la era digital. No se trata de desconectarnos, sino de recordar que lo que vemos en línea es solo una parte de la historia. Tal vez deberíamos empezar a preguntar más y a asumir menos. Porque las redes no cuentan todo, y para conocer de verdad a una persona hay que hacer algo más que seguirla.

Y, si lo pensamos bien, lo más valioso de nuestras relaciones no es lo que publicamos, sino lo que compartimos cuando nadie está mirando.

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