20 de noviembre 2024 - 14:16hs

Ayer (martes) un grupo de alrededor de cien agricultores se reunieron en la ciudad de Béziers, en la región sureña de Occitanie, en Francia, desde donde partieron hacia la frontera con España en una caravana compuesta por decenas de tractores y camiones.

Allí donde la ruta A9 cruza al territorio español, sobre los márgenes de Le Perthus - un somnoliento pueblito en las inmediaciones de Perpignan - los manifestantes agrícolas usaron sus vehículos para bloquear el paso al transporte de carga entre ambos países.

Esta manifestación, cargada de retórica proteccionista y caracterizada por la habitual teatralidad del arte de la protesta en Francia, fue ejecutada por Coordination Rurale, el sindicato de agricultores cercano a la extrema derecha que el día anterior (lunes) había organizado ochenta bloqueos y protestas en todo el país en coordinación con los sindicatos mayoritarios FNSEA y Jeunes Agriculteurs, y que a principios de año había sido el centro del debate público en Francia por otra serie de manifestaciones a favor de mayores protecciones al sector rural, que se hicieron famosas en el extranjero cuando sus adherentes vertieron centenares de kilos de bosta a las puertas de supermercados y edificios públicos en Toulouse a mediados de enero. Piqueteros del mundo, si no lo habéis hecho ya, tomad nota.

Una postal inolvidable del verano en la Occitanie - donde es cada vez más habitual que las temperaturas suban por sobre los 35 °C - es ver a los pequeños agricultores locales utilizar unos poderosísimos pistones de riego para irrigar sus campos de girasoles de poco más de una hectárea en plena crisis hídrica con agua subsidiada por sus municipios.

El girasol, cabe destacar, es un cultivo que requiere poca agua, ya que sus profundas raíces logran extraer humedad de las capas inferiores del suelo. En Francia, sin embargo, los subsidios a los productores rurales representan hasta un 20% de sus ingresos brutos en algunos départements, un estado de las cosas que lleva, invariablemente, a toda una serie de ineficiencias y despilfarros en el manejo de los recursos comunes.

No nos debe sorprender que el combustible con el cual los tractores de los miembros de Coordination Rurale rolaron hasta la frontera española con el fin de obstaculizar el comercio internacional también esté generosamente subsidiado con fondos del Common Agricultural Policy (CAP) de la Unión Europea (UE), un paquete de ayudas casi tan antiguo como la Unión misma - y una de las principales banderas de Francia en el proyecto Europeo, eso es, de su principal beneficiario neto - cuya misión ha sido aquella de mantener la cohesión social en las zonas rurales de Europa, sosteniendo a pequeños y medianos productores y mitigando los efectos negativos de las adversidades económicas y climáticas que los azotan cada vez con más fuerza.

Una alianza de larga gestación

El rumor de motores y el olor a diesel que despertaron a los quinientos paisanos de Le Perthus a la hora de la siesta este martes, y que sacudieron a casi toda Francia el lunes, tienen una causa efectiva más concreta que la histórica tendencia hacia la protección estatal al campo en ese país.

Esta causa es, también, una entre aquellas que llevaron a su presidente, Emmanuel Macron, no a levantarse de la siesta - hábito que no se le conoce, y que ciertamente no encajaría con el personaje - si no a reunirse este fin de semana con su par argentino, Javier Milei, en Buenos Aires.

Hablamos del hecho que la Comisión Europea entrante, liderada nuevamente por Ursula von der Leyen, está pisando el acelerador para llegar a firmar un tratado de libre comercio entre el Mercosur y la UE en el correr del 2025.

El acuerdo, que se comenzó a negociar en 1999, y cuyo texto provisorio fue finalizado 20 años después, en 2019 - hito que llevó al entonces canciller argentino Jorge Faurie a las lágrimas - es refractario dentro de la UE.

En Europa, hay países para los cuales los beneficios de un eventual acceso al mercado sudamericano serían claros. El golpeado sector automotriz en Alemania, motor de la economía Europea si los hay, es uno de ellos. Los sectores de maquinaria industrial, donde Italia es líder, también serían netos beneficiarios.

Los países con grandes sectores rurales, y con una cultura de defender los valores que dichos sectores encarnan a los ojos de sus dirigencias, como lo son Francia y Polonia, sin embargo, se han manifestado fuertemente en contra.

En una carta abierta en Le Monde, el principal cotidiano Francés, 622 parlamentarios franceses (entre representantes de la Asamblea Nacional, miembros del Senado y del Parlamento Europeo) se expresaron en contra del acuerdo, arguyendo que los productores europeos (léase: Franceses) se estarían abriendo a una competencia desleal, dado que la producción agrícola en Sudamérica no está regida por los mismos estándares ambientales y las mismas prohibiciones en términos de hormonas, pesticidas, y de modificación genética que pesan sobre el costo de producción en Europa, algo que los gobiernos del Mercosur no desmienten.

El contexto geopolítico - o, por así llamarlo, geocomercial - se augura adverso para la economía de la UE, con un gobierno estadounidense entrante que por un lado planea elevar los aranceles a los productos que importa desde Europa, y que por otro espera que sus aliados hagan un desacople de sus sectores estratégicos de la economía China, justo cuando los europeos más necesitan de insumos que requieren cadenas de valor donde la potencia asiática domina, como lo son las nuevas generaciones de autopartes para los vehículos eléctricos con los cuales la UE busca suplantar los motores a combustión antes del 2035.

Por ende, a pesar de suscitar oposición, el potencial acceso al gran mercado de Brasil, pero también a recursos específicos en otros países, como el litio extraído en Argentina y en Bolivia (el último país en unirse al bloque sudamericano, en julio de este año) son de gran interés para la Comisión von der Leyen 2.0.

La Unión tiene como uno de sus principales pilares la libre circulación de productos y servicios entre sus estados miembros. Por lo tanto, cualquier regulación (o desregulación) del comercio exterior debe hacerse en forma de bloque, y es una de las competencias concretas de la Comisión Europea - su “poder ejecutivo”, por así decirlo - de negociar los acuerdos arancelarios o comerciales que el bloque tiene con países extracomunitarios. Estos acuerdos, a menos que se efectúen cambios jurídicos inesperados, deben ser ratificados por unanimidad por los países miembros, lo que brinda a París un efectivo veto sobre el acuerdo UE-Mercosur, un veto que viene con ventajas diplomáticas palpables.

El refugio en la diplomacia

Macron, luego de perder su mayoría en la Asamblea Nacional este verano boreal, encargó el gobierno a un grupo de conservadores del partido tradicional de derecha Les Republicains. Este gobierno se sostiene con el apoyo tácito de las fuerzas parlamentarias de su archirrival, Marine Le Pen. El presidente, devenido casi irrelevante en el ámbito doméstico, se replegó a las funciones reservadas a su cargo por la constitución de la Quinta República, es decir, a las altas esferas de la política internacional.

Macron se jacta de conversar con todos, aun con los que se encuentran en las antípodas de sus ideales. Se recordarán sus contiendas de virilidad con Donald Trump, cuando ambos cursaban sus primeros mandatos, retorciéndose las manos en interminables apretones de mano cada vez que se encontraban; se recordarán también las incansables conversaciones telefónicas de Macron con su par ruso, Vladimir Putin, en el invierno de 2022, con el fin de disuadirlo de invadir Ucrania.

La reunión del presidente francés con Milei en Buenos Aires en la previa de la cumbre del G20 que se dio estos días en Río de Janeiro no es la excepción: además de posturear como gran estadista - una obsesión que lo acompaña desde su primera presidencia - Macron tiene una genuina convicción que sus poderes de persuasión - de los cuales abundan anécdotas entre todos aquellos que han trabajado para él - pueden alterar el curso de la historia cuando se despliegan en el frente internacional.

En su encuentro bilateral este fin de semana - que incluyó una cena privada en la residencia de Olivos y una reunión de trabajo en la Casa Rosada - Macron habría instigado a Milei a no abandonar la agenda climática del G20 - una causa amena al francés y a la UE, pero tóxica a los ojos del argentino - argumentando que esta sería una traba al acuerdo de libre comercio entre el Mercosur y la UE.

Parecería haber funcionado: cuando todos esperaban lo peor, habiendo marcado sus reservas y efectuado algún capricho, la Argentina firmó el documento redactado por los mandarines de su némesis regional, el presidente de Brasil y huésped de la cumbre, Lula da Silva, que incluía, entre el menú de horrores para el estómago libertario, no solo un aval de las políticas a la mitigación del cambio climático, sino también a la lucha contra el hambre y a los impuestos a los “super ricos” para financiarla. Los mohines de Lula y Milei en su foto oficial lo dicen todo.

Un fuerte acierto, sin embargo, para la diplomacia francesa: merci, Manu.

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