Puede que en las próximas elecciones internas, a celebrarse el domingo 30 de junio, sean las que registren menor votación en la historia. Esta afirmación no tiene sustento teórico, es solo una intuición basada en el instinto.
Parece un hecho. Actualmente, en Uruguay, la gente no quiere saber nada de los candidatos, las propuestas ni los programas. Tampoco sigue a los políticos en redes sociales. A los sectores partidarios les cuesta un Perú atraer personas a actos o inauguraciones de locales. Salvo “los de siempre”, se ven muy pocas caras nuevas en los mítines políticos. Jóvenes interesados en política: una rara avis.
Los fines de semana, tampoco se ven en las esquinas o en la rambla a decenas de jóvenes con sus banderas, entregando folletos, pegatinas o listas como en elecciones pasadas. Simplemente, no hay entusiasmo en la gente. Estas internas no movilizan.
Esta semana, un joven político me llamó para hablar sobre las últimas noticias del Partido Nacional, especialmente la renuncia del presidente del directorio, Pablo Iturralde, tras la publicación en Búsqueda de un intercambio por chat con el exsenador Gustavo Penadés. Luego de comentar y lamentar el caso, pasamos al segundo tema: el desinterés.
Me animé a proponer una o dos hipótesis que podrían explicar las razones de esta apatía generalizada, que reconozco como real.
La primera hipótesis es que no hay ambiente de cambio de rumbo en el país. En este momento, hay una situación de estabilidad social, económica, política e institucional que no amerita grandes cambios, como ocurrió en Argentina. Más allá de que gane el Frente Amplio o la Coalición Republicana en diciembre, hay cuestiones elementales como el manejo serio de la economía, el control de la inflación, el buen manejo del gasto público y mantener a raya el déficit fiscal que no están en discusión.
Por otro lado, con variables como inflación y empleo controladas y emparejándose la paridad cambiaria con Argentina, hay pocas cuestiones criticables en ese terreno. Puede aparecer el costo de vida como tema -la propia candidata oficialista Laura Raffo lo ha puesto sobre la mesa- y una discusión sobre mayor o menor erogación del erario para subsidios a los sectores más desfavorecidos de la sociedad, quienes tienen dificultades para llegar a fin de mes. También está el tema de aumentar impuestos, algo que el Partido Nacional ya dijo que no haría y al Frente Amplio le cuesta admitir. Por el lado económico, no parece haber un problema de cambio.
La interna del Partido Nacional parece resuelta, la del Frente Amplio es competitiva, y la del Partido Colorado es una incógnita. Todas las encuestadoras admiten que pronosticar el resultado de elecciones no obligatorias en invierno, justo al inicio de las vacaciones de julio, es muy difícil. Puede haber sorpresas o batacazos, pero tampoco parece importar.
El tema de seguridad sigue pendiente de todo el sistema político: hasta ahora se han presentado algunas ideas y equipos que trabajan en el tema, se habla de mejorar coordinaciones. En el fondo, es evidente que, aunque la responsabilidad recaerá en el ganador, la solución vendrá con un gran pacto nacional que nadie quiere impulsar. Por ende, lo que se dice entra por un oído y sale por el otro. Vamos aprendiendo a convivir con el problema.
Hasta ahora, las explicaciones son tan aburridas como la campaña misma. Va la segunda hipótesis.
El mundo se encuentra en un cambio civilizatorio sin retorno. Los dos años de pandemia aceleraron exponencialmente cambios y prioridades. La revolución digital y la llegada de la Inteligencia Artificial significan una revolución del tiempo humano, de la relación entre las personas, del trabajo y hasta de la convivencia. Todos esos cambios que ya estamos experimentando han trastocado la vida y las antiguas formas de hacer política. Intuyo que en estas elecciones nadie se ha dado cuenta de eso.
Percibo que los temas que preocupan a los candidatos siguen una lógica del siglo XX cuando estamos a punto de finalizar el primer cuarto del siglo XXI. Pero nadie ha conectado con las preocupaciones o desafíos propios de este siglo y de las nuevas generaciones.
Tal vez este punto es muy rebuscado, pero el hecho de que en los programas de gobierno presentados apenas se hable de la Inteligencia Artificial es una señal. Desconozco cuáles son los temas que realmente preocupan e interesan. Sospecho que la propia ciudadanía tampoco los conoce. Si, por ejemplo, les hacen una encuesta telefónica con respuestas abiertas, no sabrían bien qué contestar, pero sienten que los temas actuales no les interesan. Esta situación es un caldo de cultivo para que irrumpan fenómenos que muestran otra lectura de la realidad y terminen consolidándose sin que nadie los vea venir.
Solo un ejemplo con la música: recordemos la polémica que se instaló el año pasado cuando Spotify anunció que se iba de Uruguay. En pocas horas, miles de uruguayos cuestionaron la decisión política, a tal punto que hubo que dar marcha atrás y alcanzar un acuerdo para que no se fueran. Era obvio que los legisladores que trabajaron la ley subestimaron la reacción o directamente no tenían idea de lo que significa hoy esta aplicación para la vida de las personas.
En esta campaña, la forma y el fondo de las campañas corresponden a una época que se está terminando y que aún no ha surgido quien, desde la política, pueda representar lo que ni la ciudadanía sabe que está pasando, pero que tarde o temprano sucederá.