Toda gran historia tiene espectadores de lujo. Personas que se entreveran entre los protagonistas. En esta historia son hinchas que se mezclan con jugadores de fútbol. Rostros que aparecen en fotos que ahora son gigantografías. Estar en el momento y lugar justo, cuando estaba sucediendo algo importante. Viendo de primera mano cómo un acontecimiento se transformaba en leyenda. Esta es la historia de los tripulantes del avión que trajo de Santiago a Peñarol campeón de América de 1987.
Minuto 87 del 28 de octubre de aquel año, Falcioni, arquero de América de Cali, arma la barrera esperando que Pepe Herrera o Chueco Perdomo pateen ese tiro libre. Ambos derechos, ambos los encargados de la pelota quieta en ese Peñarol. El Bomba Villar mira al banco y le pide al Maestro Tabárez que lo deje patear. El entrenador acepta, y el Bomba también convence al Pepe Herrera. Zurdazo que pasa por afuera de la barrera, gol y grito trepado al portón que está en la frontera de América con Ámsterdam. Peñarol ganaba 2-1 y forzaba una tercera y definitiva final.
En un rincón de la Ámsterdam contra la América, segundo anillo, estaba como siempre la misma barra de amigos, que había hecho de ese lugar del Centenario su lugar en el mundo. En esa barra de amigos, tres en especial, Tito, Nando y Chelo. Ellos habían empezado a trabajar en Pluna en 1980. Antes de salir del Centenario aquel 28 de octubre ya sabían lo primero que harían a la mañana siguiente: pedir que los asignaran a alguno de los vuelos que harían el trayecto Montevideo-Santiago de Chile en ocasión de la última final.
Las gestiones dieron resultado y el 31 de octubre los tres amigos tripulantes de Pluna estaban en un Boeing 737 que llevaba 120 hinchas de Peñarol a la capital chilena. Consiguieron entradas para la tribuna oficial, justo debajo de los hinchas del América de Cali. El tiempo se iba, lo recordaba el tablero electrónico y los colombianos que empezaron una cuenta regresiva: 10, Nando estaba arrodillado con una bandera en la cabeza sin querer mirar; 9, Eduardo Pereira le pega fuerte y lejos; 8, 7, 6, cabezazos para un lado y otro; 5, 4, la pelota le queda al Bomba Villar que la baja para su pierna derecha; 3, Aguirre se la lleva por delante y enfila hacia el arco; 2, se saca de arriba uno de los zagueros y le queda para su zurda. 1; cen... zurdazo cruzado, Falcioni no llega, la pelota entra pegadita al palo.
Tito y Chelo fueron los primeros en tirarse arriba del Nando, lo siguieron el puñado de uruguayos que estaba en esa tribuna. Peñarol era campeón de América por quinta vez. No hubo tiempo para más nada, se desató la locura. Tito es el primero en saltar la reja que separaba la tribuna de la cancha, en el intento se corta la mano con uno de los pinchos, la sangre fue a parar a la camiseta de Diego Aguirre. Nando fue el último de los tres en entrar a la cancha, todavía se estaba recuperando de ser la piedra fundacional de la montaña humana. Cuando logra cruzar lo agarra un carabinero que arrastrando lo comienza a llevar para afuera. “Oficial, no me puede llevar, soy tripulante del avión que lleva a la delegación, solo quiero festejar”, le dijo y lo convenció. “Vaya y festeje”, le ordenó el policía chileno.
Superado ese escollo ve que a Diego Aguirre lo estaban levantando entre dos personas, una de cada pierna, vio una oportunidad, la jugada le quedó servida para que el goleador le quedara en los hombros. Y así fue que el Nando dio la vuelta olímpica haciendole caballito a Diego Aguirre.
Cumplido el ritual de la vuelta olímpica, el Tito arrancó de rodillas al arco del agónico gol. El mismo donde en 1982 había convertido Fernando Morena contra Cobreloa. Chelo sin embargo volvió a la tribuna, al palco donde se estaba entregando la copa. Y fue así que su cara quedó a la altura de la panza del Contador Damiani en el momento justo en que Eduardo Pereira levantaba la copa. En el momento justo en que un fotógrafo decide disparar. Esa foto, la foto, está ahora en el Campeón del Siglo y estuvo en el despacho del contador Damiani.
Vuelta al hotel y prepararse para trabajar, pasar de hinchas a tripulantes baño de por medio. En eso les informan que hubo cambio de planes, eran la tripulación asignada para volver en el avión que traería a la delegación aurinegra a Montevideo. El vuelo de vuelta fue una fiesta. Era todo cánticos, alegría y champagne. Sobrevolando la provincia de Buenos Aires el avión se empezó a mover con turbulencias de las que hacen abrocharse el cinturón. El único ajeno al miedo era el Zurdo Viera, con cara de gurí en montaña rusa. Mientras sus compañeros usaban la bolsita para el mareo, el Zurdo alegremente las recogía.
Al tocar suelo vieron que una multitud los esperaba en la pista. Vieron venir un avión que tenía dos banderas de Peñarol asomando por las únicas ventanas que se pueden abrir, la de las cabina del piloto. Los comandantes Ricardo Soto y Fernando Roldán también eran manyas. Ricardo, además, se volvía con un zapato del Tito Goncalves que el jugador había tirado a la tribuna.
Los móviles de televisión prontos para captar el momento en que Eduardo Pereira baja del avión con la copa. Y allí, a su derecha, dandole un beso a la copa estaba el Tito, que luego levantaría su pulgar y quedaría inmortalizado en unas imágenes que se replican hasta el día de hoy. Ese grupo de hinchas siguió en contacto con Diego Aguirre y cada 31 de octubre Nando le escribe a la Fiera: “Feliz Cumpleaños”.
La anécdota de la Copa
A Tito Goncalves lo echan en la fase de grupos, en el último partido de la serie contra los peruanos y por una reacción que no le gustó nada al Maestro Tabárez. A partir de ahí lo sentó en el banco en cada partido de Copa Libertadores.
Un día, a la salida del Centenario después de un partido por el campeonato uruguayo, se le acerca una señora y tienen el siguiente diálogo:
–Usted tiene que jugar si queremos ser campeones de América–.
–Bueno, muchas gracias señora–, responde el Tito amablente
–Digale a Tabárez que si queremos salir campeón usted tiene que jugar–, insistió la doña muy segura de lo que decía
–Bueno, dígaselo usted que a mi mucha bola no me da–, responde el jugador.
Entonces el Tito le pregunta de dónde venía tanta seguridad en lo que estaba diciendo.
–“Siempre que Peñarol salió campeón de América había un Goncalves en cancha”– dijo la señora cual verdad revelada que explica el funcionamiento del mundo.
Inmediatamente Tito piensa en las Libertadores ganadas por su viejo en los años 1960, pero claramente su padre no había jugado la de 1982. ¿pero quién era el 10 de 1982? Jair Goncalves.
Con ese dato irrefutable fue a hablar con el Maestro.
–“Mire Maestro, me dijeron esto, usted vea que hace, eso de andar tentando al destino es cosa seria”–.
Primera final en Colombia, Tito no entra, 0-2 y baile incluido.
Segunda final, Centenario, el partido 1-1, en ese momento solo se podían hacer dos cambios, y Peñarol ya había hecho uno. Minuto 81, había que ganar, y Tabárez cambia zaguero por zaguero, sale Rotti y entra Tito. Pocos minutos después gol del Bomba y partido ganado.
En Santiago, otra vez Tito de suplente, pero entra en el segundo tiempo, como si fuera poco de volante central, misma posición y mismo estadio donde ya había sido campeón su padre.
Creer o salir campeón.